martes, 6 de abril de 2004

¡LOS PEATONES SON RAROS!





cadillac.jpgCuando me arrastraba por el planeta en mi condición de peatón consideraba que los automovilistas eran una mezcla de asesinos seriales y subhumanos sin moral. Ahora que tengo la suerte de estar motorizado me doy cuenta de lo equivocado que estaba: En realidad, manejar un automóvil es la papa de la vida. Es cuando nos trasladamos de un punto A del espacio a un punto B que somos realmente libres: nadie nos controla, no estamos haciendo nada productivo, no somos parte de la maquinaria (bueno, en cierto modo somos parte de la maquinaria de nuestro auto, pero no me refería a eso). Podemos soÑar, proyectar viajes, perdonar a nuestros enemigos y de tanto en tanto controlar si tenemos luz verde. En resumen, no es exagerado decir que los automovilistas somos el pináculo de la Evolución (Y más si lo somos a bordo de un estilizado y curtido Taunus del 80. y no sobre esos ridículos autos amorfos que se hacen ahora).


Esto viene a cuento porque hace muy poco que me doy cuenta de lo raros que son los peatones. Me refiero a los peatones que me conciernen, que son los que se cruzan delante de mi auto durante las luces rojas, y hablo en el sentido más literal de la palabra raro.


En primer lugar, ¿a dónde van? En vez de ir a un lugar normal, todos se empeÑan en ir en dirección transversal a la que voy yo. ¿Qué puede haber de interés para ese lado? Por mucho que reflexione no puedo imaginármelo. ¡Sólo un perverso interés en perturbar el campo visual de nosotros los amos del volante puede explicar este comportamiento!


Pero hay algo más, algo más inquietante y extraÑo. Cualquier automovilista puede coincidir conmigo: La fauna circense que desfila delante nuestro no nos causa risa sólo por el más intenso sentimiento de pena que genera. Trajes dos números más chicos, peluquines de pésima calidad, rockeros de cincuenta aÑos en equipo de gimnasia. Parece que cada senda peatonal estuviera regenteada por un desequilibrado director de performances de los aÑos 80.


Cuando era peatón no recuerdo que yo fuera tan raro. Supongo que la perspectiva cambia mucho. Dentro del automóvil uno es casi una fortaleza humana, un caballero de una desproporcionada armadura acerada cuyo rostro emerge majestuoso de entre las elegantes líneas de diseÑo americano. Fuera de la cáscara, el patético peatón es una figura informe, sus debilidades y asimetrías físicas más evidentes. Me doy cuenta de que es triste e injusto.


Lo que no impide que aferrado a mi volante, al verlos pasar como una caravana de cómicos medievales, brote de mi garganta un grito involuntario y pleno de horror: ¡Peatones, son RAROS!


Publicado a las 08:32 p.m.


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