miércoles, 3 de noviembre de 2010

¡Revelan el drama de los “Menores Gratis”!


El Evento dura unos pocos segundos, pero es lo bastante intenso como para dejar su huella. Arranca en el alma de un Hombre Puro, que sólo pretende regalarle a sus hijos un rato de sano divertimento.



¿Acaso se puede concebir intención más noble? La alimentación forma parte de las obligaciones básicas y nadie puede envanecerse de ésta; la compra de ropa pone en marcha inocentemente, como un gatito apoyado sobre el botón que acciona un potro de tormento (en el caso de que se accionen con botones, no sé, nunca tuve uno, no sé, ahora no tengo tiempo para mirar en Internet), el siniestro engranaje de la explotación y los buques factoría. En cambio, nada puede encontrarse de Oscuro en la visita a una exhibición de dinosaurios o un paseo por el río.



Y entonces la voz abotargada por el hastío y la repetición, cuya dueña se marchita del otro lado del mostrador o en una claustrofóbica cabina –los párpados a media asta pintados de un gris sucio, los labios agrietados, la joroba prematura- desencadena los mecanismos más mezquinos del Alma, al pronunciar las sencillas palabras: “Menores de 7 años, gratis”.



Y el Hombre Puro, que hasta ese momento vivía en el breve Edén del sábado a la tarde, desconocedor de la Maldad, el Pecado y la Tentación, es asaltado de golpe por los turbios vapores –exquisitos y embriagadores- de la Avaricia y el Engaño. Y entonces, alto, atlético y rosagante dentro de su complexión oficinesca, sus rincones interiores le son expropiados y se instala, maligno titiritero interior, un espíritu viejo y mezquino. La barba puntiaguda, los codos ásperos, un pútrido aroma a colonia rancia y la ropa raída y apolillada a pesar del inmenso tesoro que acumula en alguna caverna de los Infiernos, con Dinero como su único dios, el Espectro clama con desesperación: “Un centavo ahorrado es un centavo ganado”; Y luego, como la letanía de un Rain Man victoriano murmura entre dientes: “Hoy no se fía, mañana sí”, “Menos plata, pedime cualquier cosa” y “Yo tengo un pajarito / que canta noche y día / y en su cantito repite / no se fía, no se fía”, y otros clásicos de la Tacañería Popular. Y luego, con voz meliflua e infinitamente hipócrita agrega “ni siquiera tendremos que mentir; sólo deberemos estirar la Verdad unos centímetros, o mejor dicho unos meses –o años”.



Y el Hombre otrora Puro suelta, ejecutando polifónicamente la Codicia, la Falsedad, la Amoralidad y la Cardaurez algo así como “Ah, sí, sí, tiene seis”, mientras señala a su primogénito de nueve y pico que –para peor- como todo el mundo dice, “es bastante alto para su edad”.



Sin poder vanagloriarse siquiera del encanto de un estafador profesional o un arrapiezo callejero, que unen a la mentira cierto hechizo personal para que ésta se transforme en un rito compartido entre el mentiroso y el mentido, la prevaricación es expulsada titubeante, excesivamente seria, con imperdonables variaciones rítmicas – tal vez muy lento al principio y como una exhalación al final-, salpimentada de tics y ojos huidizos. Un experto en lenguaje corporal de esos que hay ahora encontraría varias docenas de señales en la torpeza del improvisado embaucador. Un interrogador profesional lograría quebrarlo con un leve levantamiento de ceja.



Pero nada de esto ocurre. La gran hereje, la Necesidad, unida a cierto gozo enfermo en la confirmación de la maldad humana, y tal vez –sólo tal vez- algo de piedad por el miserable, programan a la expendedora de entradas en la aceptación inmediata de esta clase de falsedades. No obsta ello para que le ahorre al Caído su cuota de humillación, y un rictus, casi una sonrisa escéptica, sumada a un imperceptible entrecerramiento de los ojos ya entrecerrados au naturel cruzan la ventanilla, clavándose por décimas de segundos en los ojos del estafador novato. Éste suda profusamente, pero para adentro, para que no se note, convirtiendo sus entrañas en un sauna orgánico, e instintivamente sostiene la mirada que lo quema como los mil fuegos del Infierno, asfixiándolo, acosándolo con los tormentos nacidos de la Culpa Cristiana; pero sabe que a esta altura no es posible echarse atrás; siente –o tal vez el demonio anciano lo ha convencido de ello- que la confesión bajo presión no lavará su Pecado, y que agregará al mismo la tortura de la humillación pública y explícita, y su derrumbe personal ante los ojos de sus retoños. Y se produce un duelo breve, brevísimo -¿Tres segundos? ¿Dos?- en el que una mirada dice “sé que es mentira, pero voy a dejarte pasar; eres tú quien tiene que vivir con tu conciencia y la pesada carga de tus actos impuros” y la otra dice “¡Haz lo que quieras! ¡Puedes golpearme y quemarme con antorchas, arrancar mi piel con alicates y cepillos de carpintero! ¡Estoy dispuesto a sostener mi posición hasta el final! Y aparte veinticinco mangos son veinticinco mangos”.



Armada una de un infinito desprecio y el otro del mismo valor con que un mendigo defiende el contenido de su tacita de latón, las dos miradas se sostienen a través de la Eternidad, eslabonadas una con la otra, no parpadean, se llenan de lágrimas, amargura y venas. Un aroma a ozono, producto de la electricidad psicosomática liberada, invade el aire y hace toser a un transeúnte alérgico. Un pájaro pasa demasiado cerca y pierde el conocimiento y una bombita eléctrica explota.



Por fin, la expendedora apoya el boleto en el mostrador con un golpe inexpresivo, y sus pensamientos vuelan hacia otro lugar; ni siquiera vale la pena dedicarlos al Caído. Éste paga una única entrada o boleto o pasaje con la sensación de un triunfo a un costo excesivo, y abre sus poros por medio de la voluntad, con lo que el sudor contenido es expulsado de golpe.



Se aleja sin mirar, dispuesto a ¿disfrutar? del paseo.


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