LA CUMBRE: En principio pareciera que lo natural es que el Hombre tenga Barba. O sea, la Barba te crece, si no hacés nada, tenés Barba, con lo cual estás alineado con la dirección que toma el Universo espontáneamente, cosa que no sé si es tan tan tan buena. Pero la Barba, desde este punto de vista, es un Canto a la Vida y al Regreso a la Naturaleza, a una vida sin artificios ni químicos corrosivos, ni espumones de afeitar, navajas homicidas o tóxicas colonias after-shave; es el Hombre en su Estado Puro y Primigenio, sin conocimiento del Bien, el Mal o la Mar En Coche; sin los vicios de una civilización cada vez más enferma y corrupta. Es un asomarse del Buen Salvaje de Rousseau por entre los humos embriagadores y perversos de las Ciudades y sus diabólicos atractivos. El Hombre que se deja la Barba busca ser no tanto un individuo racional sino una Fuerza de la Naturaleza, como el Rayo, la Luna o el Sexo, y deslizarse por entre fenómenos primarios como uno más. Allí está su hermano, el Sol. ¡Salúdalo, Hombre con Barba! Tu amante la Ola, tu primo el Viento, tu cuñado el Chancho. ¡Abrázalos y revuélcate entre ellos, pues no eres ya más el Rey dela Creación, el Soberbio Hombre Civilizado que busca mediante máquinas de vapor y colisionadores de hadrones grandes, sin atisbos de conciencia o siquiera un poco de cortesía, convertirse en su Amo. Y no un Amo superior, despiadado y omnisciente, sino un Amo mediocre e ignorante, casi un capataz, capaz de criar con mimo a la Fiera del Átomo para luego abandonarla en la ruta lleno de terror. ¡No! ¡Ahora eres un camarada más! ¡Levanta tu puño junto a ellos, en lugar de oprimirlos bajo tu pulgar! El Hombre con Barba, además de ser Hermano del Viento y Amante de la Ola, zafa un poquito con el tema de la papada o la falta de mentón o ambas cosas combinadas que debe ser un horror. Y aparte en los 80 estaba de moda un tipo que se llamaba Eugenio Barba que robaba con el timo de la “Antropología Teatral” y todo lo que nos haga recordar a los 80 está bien. Virus, Sumo, La Organización Negra, ahhh, qué época gloriosa, no como ahora.
LA CONTRACUMBRE: Sin embargo, el Hombre es un producto de su Tiempo y su Lugar, un animal Social, imposible de separar de la Cultura, así que, ¿qué es esa boludez de tener pelo en la cara? O sea, al Hombre Primigenio se le caían todos los dientes a los diecisiete años y no por eso vamos a vaciarnos la boca. Quiero decir, capaz que nos la vaciamos, pero no por eso sino por no ir al dentista durante siete años. El Hombre Primitivo levantaba túmulos sobre los cadáveres familiares y hoy a nadie se le ocurre andar rejuntando ladrillos sobre la parcela de la Tía Emilia. Pará, en serio, ¡barba! ¡Tenés barba! Es un anacronismo total. La barba pica, ensucia, se te llena de migas y dentífrico, te deforma el volumen de la cara y yo creo que se te tapan los poros. ¡Y en verano! Mamita querida. Y de nada sirven los intentos de domesticarla o tomar control sobre ella. Más bien resultan en experimentos afectados e insanos: la barba candado te pone garca, el bigote te afacha, la chivita te ahippia. No, nadie en su sano juicio se dejaría este fútil accesorio capilar. Me temo que es la barba otra de esas conquistas femeninas sobre el hombre; Nos dejamos la barba porque a nuestras esposas, novias o primas les resulta más masculino, y por no aceptar (¡como hombres!) la realidad de este abyecto sometimiento hemos descendido al último y más triste escalón de la obediencia: aquel donde el Esclavo cree que hace las cosas que ordena el Amo por su propio gusto. Decía un amigo personal que tal vez quiera permanecer en el anonimato (después le pregunto, ahora no tengo tiempo) que lo mismo ocurría con los bóxers y su Alegre Retablo de los Testículos Danzarines. Era el pensamiento de este amigo que el slip contiene, agarra y reconforta (e incinera el esperma, claro, pero ese es un tema ya de índole biológico-reproductiva); sin embargo, a las mujeres no les gustan los slips, por lo que desechamos su uso para agradarles. ¿Cuántas veces hemos escuchado a las mujeres quejarse amargamente de que el lápiz labial, el corpiño o los tacos altos o los enteritos plateados de chica del espacio son una nefasta consecuencia del Patriarcado? Bien, los bóxers sostienen el mismo rol invertido y a un punto en que el varón actual que se calza un slip se siente abochornado, amujerado y desnudo -cuando apenas está semidesnudo.
Pues yo digo que lo mismo ocurre con la barba, sólo que con el agravante de un insulto insinuado: que, si vamos al fondo del razonamiento, te piden que te dejes la barba cuando sin ella te encuentran poco hombre. El hombre masculino, el hombre de rasgos duros y curtidos por el trabajo al sol y los navajazos recibidos en tabernas portuarias no necesita seguramente contar con ese accesorio. Pero agrego, y protesto: ¿Acaso tengo yo la culpa de tener el rostro agraciado de una muchachita de dieciséis años? ¿Es un crimen haber sido bendecido con un exceso de belleza física en un mundo donde Javier Bardem es un seductor irresistible y Adrián Dargelós cuenta con manadas de groupies que se pelean por hacerle tocar el cielo con las manos -y no me refiero necesariamente a las manos de Adrián Dargelós? Y digo, y agrego y protesto y advierto a mis congéneres: ¡Cuidado, hombres, cuando vuestras mujeres os hablen de lo linda que os queda la barba! Porque me temo que no es un elogio, sino un grito de auxilio sugerido mediante la perversa sutileza que hay como arroz en el corazón femenino; un manotazo de ahogado de la Hembra, con el cual intenta convencerse de que el dueño de su corazón no es la nenaza que parece ser; y en aquellas ya resignadas, que por lo menos no parezca ser la nenaza que es. E insisto, ¡Cuidado! Porque entonces tal vez no sea barba lo que necesitáis, sino hormonas de mono macho inyectables.
Bueno, tampoco es que nunca estén de más.
martes, 23 de noviembre de 2010
¡Cumbre y contracumbre de la barba!
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