(Fragmento de novela con problemas técnicos de que el tipo se encajeta en que todo sea muy latinoamericano y con muchos olores de cosas)
Regresa Loomis a Tangamandapio, vuelve con su vieja valija de cartón, aquella que nunca debió cambiar por la Samsonite que lo acompaÑó en los últimos cinco aÑos y su pasado a cuestas, vuelve del lujo, la corrupción y las noches al amparo del bourbon , las mujeres caras y fáciles y la sonrisa del Duke Ellington.
Baja Loomis en la Estación, o lo que la gente del lugar llama .Estación. : Un andén de madera de copal, robada de los depósitos del Teatro de la Opera que pretendió construir el Brigadier Almafuerte cien aÑos atrás, cuando Tangamandapio no era un villorrio sino el paso obligado de la ruta del azúcar, la canela y el tabaco rumbo a la capital y esta posición privilegiada la seÑalaba como una de las poblaciones con más futuro, hasta que la Línea San Diego construida por la Birmingham Co., más directa y setenta kilómetros al este, borró a Tangamandapio del mapa. Mira Loomis al viejo guardaagujas de la estación, un mulato de sangre holandesa llamado Henk, que se limita a dormir la siesta usando como apoya-pies a un perro probablemente tan viejo como él, vigilado por la decoración consistente en un mono embalsamado, varios caparazones de tortuga, viejos molinillos de café con manchas de óxido y un machete con melladuras de tantas cosechas caÑa. Aspira Loomis el aire de la tarde, cargado de clavo, lavanda, el olor de la fritura de cebolla, pimiento y panceta proveniente de las sartenes de las negras del pueblo porque ya se acerca la hora del almuerzo y los maridos vueven de la mina de bauxita o la plantación de cáÑamo, lo único que permanece del pasado de efímera gloria de Tangamandapio.
Sale Loomis del abrigo de la sombra fresca del techo hecho de tejas robadas al palacete de estilo francés construido por Almafuerte a su amante mulata, aquella que según decía lo había hechizado poniéndole una mixtura de laurel, clavo y ojos de gallina negra matada en el solsticio de invierno, leyenda seguramente inventada porque no hay cosa parecida al invierno en Tangamandapio, y los viejos aseguran que a Tangamandapio el invierno viene cuando quiere, cuando la temperatura baja dos grados y el viento trae del sudeste un aroma a caÑa, copal, orégano y melón. Siente Loomis el sol abrasador que nunca dejó de extraÑar ni siquiera en los night clubs más lujosos de New York, ni siquiera al abrigo de las tetas de la opulenta Betty, ni siquiera al abrigo de su pecho con aroma a agua de rosas, jazmines y almizcle siente Loomis el mismo sol que calcina los cuerpos de los obreros en la zafra, cuando las fibras de azúcar se pegotean en sus cuerpos transpirados y el aire se llena de un aroma a sudor, miel y tabaco, y ron y lavanda y canela. Y clavo.
Piensa Loomis mientras se acomoda el Panamá y siente su textura a cáÑamo y fibras y su perfume a madera y tabaco en la desagradable misión que le espera: La construcción de una planta de refinamiento de plutonio que, Loomis lo sabe, destruirá las escasas generaciones futuras del pequeÑo poblado en no más de tres aÑos y medio. Pero Loomis sabe también que Tangamandapio está de cualquier modo condenado y prefiere, como viejo poblador, convencer a los que quedan para que emigren al pueblo vecino.
Entra entonces Loomis en lo de Aparecida, la dueÑa del bar La Perla de Tangamandapio y autoridad moral del pueblo, que representará tal vez la más férrea resistencia o una aliada crucial para hacer más suave lo inevitable y siente en seguida el aroma a tabaco, clavo, lavanda, vainilla, canela, mescal, anís, tomillo y fritanga de cebolla, pimientos amarillos, tomillo, salchicha de puerco y arroz en aceite de dendé y de nuez, coco y algo de humedad. Y se sorprende Loomis una vez más con los caparazones de tortuga, los viejos molinillos oxidados de café y los ojos muertos del mono embalsamado que corona los estantes atiborrados de botellas de bebidas que ya no se fabrican y que sólo los muy audaces o los muy alcohólicos siguen pidiendo, que al ser abiertas despiden un penetrante olor a alcohol, vinage y aceite de dendé.
-¡Tarmangao! ¡Volviste!
Sonríe Loomis al escuchar el apodo con que Pelotardino, el tonto de Tangamandapio lo bautizó al verlo por primera vez, sin razón aparente y con una palabra que no tiene significado alguno, tipo que la inventó él, y que los habitantes del pueblo con esa mezcla de indolencia, humor campesino y aroma a coco, canela, aceite de dendé y sudor azucarado del trabajo en la zafra adoptaron sin pensarlo, como todas las decisiones que acostumbraban tomar. Pero deja de sonreir Loomis al recordar lo que lo trajo aquí. Y trata de sonar ominoso, frío y a un tiempo profesional.
-Aparecida, tengo que contarte algo.
-Habla, Tarmangao, pero con un Pingarinho de por medio.
Y sirve Aparecida dos vasos hasta el tope de Pingarinho, el licor creado por el tatarabuelo del Brigadier Almafuerte, un adelantado andaluz de quien se dice tuvo un hijo con Sapareybu, la diosa leopardo, y que con más de trescientos aÑos aún vaga por Selva Roja que rodea Tangamandapio y cada tanto es el responsable de la muerte de los chiquillos demasiado imprudentes y de dejar a tantas jovencitas preÑadas y exudando olor a leche, madre y sudor de amante, tabaco, ron y aceite de dendé, clavo, tomillo, paprika, pimienta de cayena, musgo y almizcle. Y siente Loomis el fuerte aroma del Pingarinho, a alcohol de quemar, vinagre de manzana, salsa de cuatro quesos, puchero, rúcula y ají molido, y lo bebe de un trago y luego de dejar ver manchas de colores primarios frente a sus ojos mira a Aparecida a los ojos.
-Aparecida. -Aspira hondo Loomis y siente el aroma de Aparecida, el acogedor aroma a negra vieja, a clavo y chorizo colorado, a trabajo, café molido, dulce de leche, malva, Santa Rita, atún y cerveza negra. Y las palabras se le quedan en la boca, embebidos en el aliento empasatdo de Pingarinho, canela, fritanga de carne molida, granja, clavo, almizcle y sal marina.
-Sé a qué viniste, Tarmangao .dice Aparecida- y la decisión es tuya. Sólo tuya. Pero debe ser ahora, Tarmangao, soy una negra vieja y ya no puedo esperar a ver el destino de mis hijos.
Y comprende también Loomis que la decisión es ahora. Y está dispuesto a decirla, y mira a Aparecida y aspira hondo y siente de nuevo su aroma a perromojado, albahaca, endibias, champignones, crema de afeitar, lluvia, nafta, sándalo, tomate, clavo, pimienta y aceite de dendé. Y antes de hablar mira nuevamente los ojos del mono embalsamado y piensa en los caparazones de tortuga y siente su olor a animal muerto y barniz , noche de verano, regaliz, fresias, alcohol de quemar y Poxi-Ran. Y abre la boca, y no puede dejar de pensar en el aire de Tangamandapio impregnado en coco, caramelo, mar, tierra mojada, musgo, zapatillas viejas, clavo, albahacas, aceite de dendé y Pingarinho, y en el olor del Pingarinho a alcohol de quemar, fetuccini alla putanesca, yogur, hachís, libros amarillentos y arándanos y frutos del bosque y maderas blancas y Aparecida, que le recuerda su olor a negra vieja, mayonesa, mono embalsamado, mar, clavo, canela, perejil, fritanga de pescado y pinturería, jazmines y lluvia, y el olor de la lluvia a tierra y flores, a cerrajería de barrio, a subte, malva, té, café molido, panza de gato, asado de tira y caparazones de tortuga y Pingarinho, pelota de ping-pong y marihuana, alcohol de quemar y lluvia y té de boldo y.
(Se suspende la novela por problemas técnicos. Sepan disculpar las molestias)
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