(Crítica de una película hipotética, de esas que empiezan de una manera y a diferencia del burdo y lineal cine yanqui, después se convierten en otra cosa)
Charles y Angelique son una pareja buen pasar. él es un exitoso creativo publicitario y ella lleva a delante una pequeÑa línea de productos faciales; sin embargo, hay problemas en el paraíso. La pareja está pasando por la típica crisis del séptimo aÑo, donde Charles empieza a recordar su pasado de conquistador que por poco le cuesta el divorcio en los primeros aÑos del matrimonio. Ahora, sin embargo, descubrir que su esposa tiene un affaire con un joven empleado del videoclub despertará los deseos de venganza de Charles. Pero, ¿podrá recuperar su talento de seductor o lo habrá perdido para siempre?
Así comienza La Vida en Colores, que se perfila como una simpática comedia de enredos que transcurre en un acomodado barrio francés, y que durante los primeros minutos sorprende al espectador con diálogos ingeniosos y las actuaciones impecables de Daniel Auteuil y la exquisita Audrey Chalenger; nada parece indicar, sin embargo, mayores sorpresas.
No obstante, la comedia torna en drama súbitamente, cuando Charles descubre que sufre de una rara enfermedad degenerativa contraída en la bicicletería de la zona. Es entonces que se replanteará toda su vida, no solo en lo que respecta a la pareja sino a las opciones que lo han llevado a convertirse en el cómodo burgués de hoy. La decisión de ocultarle la verdad a Angelique no hace más sencillas las cosas y al espectador le toca asistir a algunas de las escenas más profundas y desgarradoras que se han visto en la historia del cine (¿se aconseja llevar carilina!).
Pero pronto el drama vuelve a tornar en comedia, ya que Charles decide tomar ventaja de su enfermedad, al descubrir que lo despoja por completo de prejuicios y hasta le sirve como método de conquista. Desopilante la escena de la enfermera que le toma la presión, y que merecería figurar en las antologías del humor universal; No obstante, para desazón del espectador, vuelve a tornar en drama (¡y dale!) cuando Charles acusa los primeros síntomas de la enfermedad. Es difícil no conmoverse ante los ataques de Charles, a través de una actuación única del actor francés, muy alejada de la típica .composición para el Oscar. hollywoodense. Ahora sí, la película promete entregarse de lleno al género del drama más trágico y conmovedor.
Pero me voy un segundo al baÑo y cuando vuelvo ¡torna en comedia otra vez! Hay que reconocer que a esta a altura el recurso comienza a ponerse un poquito pesado. En fin.
Esta vez se trata, sin embargo de una comedia negra, algo chabacana, lleno de chistes de mal gusto. La verdad que a mí no me gustó ni medio, pero el resto del cine se reía a carcajadas. Viste cómo es el público. Eso sí, les duró poco, porque a los cinco minutos tornó en drama otra vez. No me agradó especialmente porque era un drama de poco nivel, pero igual me alegré porque me daba bronca cómo la gente se reía (esencialmente el que tenía atrás mío, que escupía). Igual después torna en comedia de nuevo. Después, en drama. Después, en comedia. Así varias veces. Incluso torna en comedia cuando ya venía en tono de comedia (creo que ahí hubo un error de continuidad). En determinado momento el público . por ejemplo, yo .se empieza a hinchar las pelotas.
Entonces, sorpresivamente, casi diría a traición, la trama cambia radicalmente, y el drama . creo que en ese momento tocaba drama .torna en película de zombies, después de que Charles muere y revive. Una película de zombies de bastante intensidad y toques satíricos que nada tiene que envidiarle a las sagas de Romero, pero cuando ya te estás enganchando torna en drama de nuevo. La gente putea. Esta vez un drama circense. Luego, en película de buzos, en una de juicios (Angelique pide el divorcio cuando decide que no puede sostener su trabajo en el circo y al mismo tiempo seguir casada con un zombie que trabaja de buzo. Por lo demà su relación con el del videoclub va barranca abajo), luego vuelve por un momento a la comedia del principio y después en spaghetti western, que ya me pareció forzado porque encima la película es francesa.
Pero ya se van de mambo cuando Daniel Auteuil torna en el actor Will ferrel y Chalenger en Meryl Streep, y su personaje no se llama Angelique sino Gwendoline, y aparte no tiene una línea cosmética sino que regentea una gasolinería en la ruta 66. Y la película torna de nombre: ahora se llama .Dos locos en Apuros.. Después, para peor, torna no en una película sino en una obra de teatro .underground. en el Abasto, sobre la Dictadura. Francamente muy desagradable cuando la comodísima butaca del multicine torna en una silla de plástico medio mugrienta al principio y en un almohadón después, cuando el teatro torna en restaurante de comida marroquí. Aunque la comida estaba bastante buena.
Uno se pregunta si esto no es abusar de la capacidad de adaptación del espectador; por mi parte, yo temo sufrir algún tipo de consecuencia profesional y que de golpe mi crítica torne, no sé, en folletín romántico. Sería un duro golpe a mi carrera profesional, a mi prestigio, perdería mi trabajo, mi mansión, mis dos autos. Ya no podría pagarle al servicio doméstico y las cuotas del chalet en el country. Entonces Gerald tomó a Dominique entre sus brazos, la llevó al granero y la arrojó violentamente sobre el heno. El corazón puro de Dominique se debatía entre la promesa realizada a su padre en el lecho de muerte y la pasión que le quemaba las entraÑas al ver los músculos de bronce del viril peón.
Pronto sus principios cedieron ante el fuego de la lujuria y a los fornidos brazos de Gerard, que la amaron sin pedir permiso durante el resto del crepúsculo y la noche entera. El amanecer los sorprendió agotados.
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