martes, 22 de febrero de 2011

El Motivo


Ubicación espacial: Zamudio y Salvador María del Carril.



Tipología: Cafetín de Buenos Aires.



A ver a ver a ver: El clásico café de los cien barrios porteños que aún sobrevive con todos sus ingredientes y cositas clásicas: Sus clásicos ancianos hablando de fútbol, sus clásicas mesas de fórmica grisácea, su clásico mostrador de madera y estaño, sus clásicas botellas de Legui y licor Mariposa en una estantería, su clásico ejemplar del Diario Popular que sobrevuela de mesa a mesa, no proporcionado por la casa (este detalle es IMPORTANTÍSIMO) como en los bares más conchetos junto al último número de la “Bacanal” o “Lugares”, sino abandonado por algún parroquiano luego de consultar el suplemento de quiniela. Digamos que de tan clásico ya parece un “bar temático” con el tema del cafetinismo. ¡Escuchame, en el fondo tiene una Siam de madera! ¿No lo estarán sobreactuando???





Digamos que le falta un borracho embalsamado parado en el mostrador y el sonido cloqueante de un partido de generala para que uno diga “ah, el típico estereotipo del cafetín de Buenos Aires. No me lo creo.” Fuera de eso está todo más que bien.



De cuánto estamos hablando: Trece mangos el café con leche con medialunas (tres, de grasa, buena calidad, en tazas de cerámica blanca) en febrero del 2011. Digamos que está “bien”, si pensamos que la media barephesca ronda números inverosímiles, irreales, rocambolescos como “quince” o –Dios santo- “diecisiete”. En cambio, si lo ubicamos en el Orden Natural de las Cosas, en el Contexto del Universo, en los cánones del pensamiento racional y objetivo es un robo a mano armada. Pero claro, todo eso que dije antes no existe.





La perlita: Son dos. Una, tiene TERRONES DE AZÚCAR. Sí, no te miento, terrones de azúcar. Yo pensé que no los fabricaban más. O bien “El Motivo” tiene un CUARTITO en el sótano atiborrado de terrones de azúcar que compró en el año 1967 (fue un buen año), o los fabrican ellos. Con una vieja máquina aterronadora de azúcar.





La otra es que tiene un cuadro del dueño del bar junto a Aníbal Troilo. Interrogado el hombre sobre su encuentro con Pichuco, con la voz turbada de emoción cuenta que el “gordo triste” lo despidió con un beso y él “no se lavó el cachete en una semana”. Para reflexionar.


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