Escribe el Dr. Arturo Ribeiro Paz
Constitucionalista Salvaje y Escritor de Cartas a los Diarios
todoesanticonstitucional@gmail.com
Sr. Director:
Días atrás con mi mujer decidimos, haciendo uso de nuestro derecho constitucional de transitar a lo largo y a lo ancho del Territorio Argentino, visitar el monumento al Ganso sito en Gral. Paz y Balbín -del lado de Provincia, pero a sólo unos metros de la Capital, por lo que creímos (¡cuánta ingenuidad!) que nuestra integridad física no correría peligro; en el camino, sin embargo, decidimos desviarnos unas treinta cuadras para recorrer el Centro Comercial a Cielo Abierto (?) de la calle Artigas, con el objeto de visitar un cotillón donde adquirir unos dracu-dracu a ser utilizados en juegos sexuales de índole privada (porque he sido educado en la creencia de que las acciones privadas de los hombres son PRIVADAS).
Cuán grande y desagradable sería nuestra sorpresa, Sr. Director, al pasar frente a una casa de indumentaria infanto-juvenil y observar, con desagrado, que ya se encuentran en exhibición (¡al día 5 de febrero, Sr. Director!) para su posterior venta toda clase de uniformes y guardapolvos para que los niños acudan a la escuela. Esta “inocente” promoción comercial no hizo sino recordarnos (por metonimia) el fin de las vacaciones, que se encuentran sin embargo ciertamente alejadas en lo temporal, en el día 28 de febrero.
Entonces, ¿por qué debemos sufrir este desagradable recordatorio con tanta anticipación? ¿Acaso preténdese vulnerar nuestros derechos como trabajadores de disfrutar de nuestros merecidos días de descanso –incluso a pesar de la licencia psiquiátrica que me ha conferido mi estudio desde el año 2008- refregándonos por las narices el principio del año lectivo, como un sádico tutor que les narra los horrores de la agonía y la Muerte a sus entenados en mitad de sus juegos infantiles? ¿Y qué decir justamente de los niños -¡el futuro de nuestra nación, Sr. Director!- que aún no terminan de adaptarse a la rutina vacacional (¡se me parte el alma de sólo pensar el rostro de congoja de nuestro hijo imaginario Marquitos!) que ya tienen que hacerse a la idea de madrugones, deberes de aritmética y matones de patio de recreo?
A esta altura un poco escéptico acerca de las posibilidades de generar un cambio en el alicaído status institucional de nuestra Patria no tenía intenciones de intervenir; sin embargo, a instancias de mi mujer (“deciles algo, no puede ser, cómo te dejás pasar por encima, el verdulero es mucho más hombre que vos y es enano, me das asco”), tomé la decisión PERSONAL de hacer un reclamo. Y ante la negativa del empleado de la tienda (un muchacho joven, muy maleducado, de rasgos autóctonos) de cerrar el local y rediseñar la vidriera, fingí ser un no vidente y comencé a correr por todo el local llevándome todo por delante y embistiendo a la clientela y pisoteando la indumentaria que tiraba al piso y refregando las suelas de mis zapatos en ella como si de felpudos floridos se tratase, mientras destruía lo que se presentaba a mi paso con una rama de árbol (que encontré camino a la calle Artigas y traía providencialmente en la mano “por si pasaba algo”) a modo de bastón blanco, mientras gritaba “¡soy un cieguito, soy un cieguito, no veo, no veo, ayuda, señor, no veo!”. Mi mujer y compañera de vida se sumó a mi proyecto, colocándose los dracu-dracu, subiéndose al mostrador y lanzándose al cuello de los pocos clientes que –paralizados por el pasmo- aún no se atrevían a huir del local.
Pero aquí no terminan nuestras penurias, Sr. Director, ya que al poco rato se apersonó un oficial de Policía (¿es que acaso vivimos en un Estado Policial donde los agentes de Policía tienen poder de Policía?), convocado por el muchacho de rasgos autóctonos (que por esto mismo imaginábamos que debería tenerle miedo a la Policía, pero lamentablemenbte en nuestro país ya no se puede estar seguro de nada), así que debimos encender una docena de pastillas de Gamexane (mi mujer lleva la cartera llena de éstas) con el objeto de aprovechar la confusión, el humo y las emanaciones tóxicas y trasladarnos a otro lugar, mientras pateábamos cosas y gritábamos “¡Satán!”.
No es muy alentador para las instituciones de nuestro país que un ciudadano deba apelar al encendido de pastillas de Gamexane a la hora de realizar un reclamo constitucional, legal y razonable, pero ese es el estado de cosas al que hemos llegado tras años de debilidad institucional e inseguridad jurídica.
Pero nuestra odisea no terminó allí, Sr. Director, ya que luego de entrar a un bar (cincuenta cuadras más adelante, donde decidimos detener nuestra carrera) para pedir un vaso de agua y dos kilogramos de amarettis, volvimos a tener la misma amarga sensación, al contemplar en el televisor del local una publicidad de repuesto de hojas escolares (Insisto: ¡5 de febrero, Sr. Director!) de una conocida marca: sumada a la hipocresía de los “creativos” de la pieza, que pretendían moderar la agria connotación escolar del producto a través de una forzada relación con el conocido juego del “Tutti Frutti”, fuimos presa de justa indignación, Sr. Director; empezando por mi mujer, que tomando cartas en el asunto me dijo cosas como “Deciles algo”, “Papá tenía razón, qué poca cosa que sos, qué bronca, qué asco, no sé cómo te puedo mirar a la cara”, “Cualquiera con un mínimo de sangre en las venas ya habría quemado todo” y “Tenés el pito chico, igual que tu hombría”.
Atendiendo a estas razones que con femenina sensatez suele propalar mi compañera de vida, no pude sino tomar una botella de Fernet de la mesa de otro parroquiano (a las 11 de la mañana, Sr. Director, lo que mal habla de las campañas contra el alcoholismo que deberían llevarse adelante en un país más serio, pero esto es harina de otro costal), y lanzarla contra el aparato, que explotó ruidosamente.
Debimos allí confrontar la actitud patoteril del mozo del lugar (un señor de rasgos autóctonos), que nos INSULTÓ haciendo referencia a nuestra salud mental. Esto habla a las claras del maltrato a que nos hemos acostumbrado y a la falta de educación de los sectores menos educados, ya que me parece una falta total de respeto que se acuse de problemas psiquiátricos a una persona, especialmente cuando precisamente están bajo tratamiento psiquiátrico como yo y mi esposa, cosa que pasé a demostrar exhibiendo las recetas de los psicofármacos que debemos ingerir y que lamentablemente han vencido debido a que utilizamos nuestros ingresos en otras cosas, como la Wii, rollers y Gamexane; y como esta “persona”, ciertamente “sacada” por la rotura del televisor no prestara atención a estos documentos, pasé a demostrárselo entrando en un estado de paroxismo, desgarrándome la ropa, gritando y diciendo palabras inventadas y desarrollando a voz en cuello teorías de la conspiración que involucraban a Hitler y Ovnis y el tsunami, mientras pateaba las mesas vecinas. Esto pareció convencerlo, tomando una actitud de resguardo tras el mostrador. Luego, hartos del maltrato, salimos del local aullando y arañando nuestros pechos desnudos hasta hacerlos sangrar y despedazando animalitos callejeros (imitando a las terrilbes Ménades griegas, único método, Sr. Director, que parece dar resultado para que se respeten nuestros derechos).
Mientras con honda preocupación intento terminar mis vacaciones en la tranquilidad de mi hogar y haciendo arreglos caseros (estoy pintando toda la casa, incluídos los muebles, los libros y la ropa de cama con látex negro), me pregunto si algún día podremos vivir en un país normal. Espero que esta modesta queja sirva para que las autoridades (si es que en el país del “viva la pepa” queda alguna) tomen cartas en el asunto.
Atte,
Dr. Ribeiro Paz
lunes, 7 de febrero de 2011
¡Constitucionalista contra el “adelanto psicológico” del ciclo lectivo!
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