Escribe el Lic. Isaías Baralt
Bon Vivant Extremo
lotomosinsodaporqueasipegamas@ubbi.com
Lorenzo Arias Costas ha encontrado en la Slow Bill Food una interesante variante y un verdadero bálsamo para el fragor y el stress de los tiempos que corren. Se trata de una comida conceptual, altamente elaborada, donde la comida en sí no es nada especial (en su anterior local de Barracas, Me quiero Pegar un Tiro, constaba de un menú fijo de fiambre, lechón con rusa y flan, los 365 días del aÑo), pero la cuenta tarda mucho en venir, prolongando los placeres de la sobremesa, la charla franca entre amigos, la caricia de la noche que avanza.
Junto a mi protegée Naty nos pegamos una escapada (y nunca mejor aplicado el término .escapada., ya que aún tenemos las marcas de Chicho, el más joven de los perros de la clínica, en el muslo izquierdo) hasta el nuevo local de Arias Costas Me están cargando, situado en una esquina del nuevo polo gastronómico de Monte Castro, con la expectativa puesta en una extensa velada de espera y charla sobre bueyes perdidos.
Descubrimos que Arias Costas logró superar con creces las esperas logradas en su primer local, e incluso de su fallida experiencia del aÑo 2005, Yo me paro y vas a ver cómo vienen corriendo, donde nuestro colega y Némesis personal, el lic. Bonín, confesó en una ácida reseÑa que luego de las tres horas de rigor estaba pensando en solicitar ser adoptado por Arias Costas, y quedarse a vivir en el restaurante (el ingenio de nuestro querido colega es sólo superado por su escasísima calidad humana).
En este caso, entrées, copitas de jerez, pancito con queso blanco y fines herbes, en fin, todo lo que hace a un placentero prólogo gastronómico, brillaban por su ausencia, lo mismo que el plato principal: la carta, compuesta exclusivamente de postres o café, pero no las dos cosas (el original menú lograba la imposibilidad de una doble elección mediante un juego de espejos y navajas a resorte que ya describiré en otra ocasión), empuja al comensal, casi sin anestesia, a lo que constituye la especialidad del hombre de Olavarría; máxime que el postre elegido por nosotros -Naty optó por una lágrima-, Durazno Glaseado en Colchón de Helado de Almendras Caramelizadas, resultaba imposible de comer despacio (también mediante un ingenioso sistema de navajas retráctiles); por lo que a los cinco minutos de entrar en el local nos vimos compelidos a pedir la cuenta.
Decir que esperamos mucho es decir poco. Arias Costas ha diseÑado un sistema que, de dudar de su buena fe, podríamos calificar de .perverso., en el que los mozos, abundantes y solícitos durante la cena, son tragados por la tierra en el momento en que queremos pedir la cuenta. Si uno de ellos debe cruzar el recinto para atender a un cliente que llega más tarde, lo hace a toda velocidad, o contesta .disfrazado -que .el otro mozo lo va a atender., o cruza sobre nosotros colgándose de las lámparas.
.Todos nuestros mozos han recibido un intenso entrenamiento de invisibilidad ninja., nos confiesa Arias Costas cuando, tras una maniobra de pinzas, logramos atrapar un camarero y obligarlo a firmar un documento en el que se compromete a traernos la cuenta. .Es parte del espíritu del local..
Arias Costas, con verdadero espíritu de anfitrión, nos cuenta que en esta experiencia se ha esmerado para que la espera sea realmente inolvidable, y que entre sus hallazgos ha contratado, para la confección de la cuenta, a un grupo de ancianos analfabetos, equipados con ábacos oxidados, instrumento que no han visto en su vida. Los gerontes deben, por tanto, no sólo inventar un sistema aritmético por su cuenta (el cual deben crear de cero en cada ocasión, ya que los ancianos son renovados a diario), sino aprender el uso del ábaco sin ningún tipo de instrucciones y utilizando su intuición; tampoco ayuda la escasa predisposición de los mozos, que les retacean información en cuanto a los platos requeridos. ¿Cuánto puede llevar este proceso? .Horas. Con suerte., sonríe el creador de tan singular experiencia.
La charla con Arias Costas ameniza un poco la espera, por lo que él mismo se retira lo antes posible. Las horas se suceden y la práctica del .cogoteo., intentando buscar alguna información del personal acerca de la evolución de nuestra cuenta conduce rápidamente a una serie de contracturas musculares; la conversación, por otra parte, hace ya horas que languidece, y tenemos que acudir a todo nuestro savoir faire para seguir entreteniendo a nuestra compaÑera, incluso acudiendo a viejos programas del Animal Planet que anidan en los rincones más polvorientos de nuestra memoria; cuando empezamos a hablar sobre el clima, la preocupación nos embarga, y empezamos a dudar de si la experiencia vale la pena; y a decir cosas como .es increíble., .estos tipos se hacen los pelotudos., .mirá, ese llegó después y ya lo atendieron. y .¿Y si nos vamos?..
Resumiendo brevemente, luego de días y días de espera (perdimos la cuenta luego de la primera quincena), en los que no nos atrevimos a pedir nada de comer por temor a la consiguiente actualización de la cuenta, la misma nos llega, escrita en un papel amarillento; Arriesgándonos a ensuciar nuestra reputación de dandys, protestamos escandalizados, ya que los precios de la misma no coinciden en absoluto con los que figuran en la carta, pero nos explican que, desde el día en que solicitamos nuestra cena, la inflación ha hecho estragos. Nuestra mirada hostil es elocuente, y el mozo agrega .es que tardó mucho en salir la cuenta., en tono de justificación.
Pedimos hablar con nuestro amigo Arias Costas, y se nos informa .que murió de viejo, pero podemos hablar con su nieto.. La infantil puesta en escena termina de desatar nuestra indignación y, sacacorchos pneumático en mano nosotros y tenedores de alpaca volando en todas direcciones por parte de nuestra protegée, logramos alcanzar la puerta, por mucho entrenamiento ninja del que se enorgullezca Arias Costas.
Una vez fuera, nos llama la atención el aspecto ruinoso de la ciudad, y el cartel de .clausurado. de la Clínica. Naty, con el rostro más pálido que de costumbre, nos alcanza un diario traído hasta sus manos por un viento extraÑamente cálido, y es entonces que echamos un vistazo a la fecha. Todo lo que podemos decir es que Arias Costas fue un verdadero artista de su siglo. ¡Cheers!
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