miércoles, 8 de noviembre de 2006

¡VISITA A .LAS MINAS DEL REY SALOMóN.! SóRDIDO TESTIMONIO DESDE UN HURGADERO CLANDESTINO





Existe una Argentina oculta. Una Argentina que no sale en los medios. Porque asusta. Porque preocupa. Porque la hipocresía de nuestra sociedad prefiere ocultar nuestros problemas bajo la alfombra en lugar de enfrentarlos. Porque asusta. Porque preocupa. Porque da fiaca.


Pero está estallando. En nuestras narices. Literalmente.


En el subsuelo de esta galería del Bajo Belgrano, donde .Yo contra el Mundo. ha sido invitado bajo la promesa de confidencialidad, se encuentra uno de los tantos .hurgaderos clandestinos. del país.


.Antes me hurgaba la nariz en el auto, cuando estaba solo, pero ahora hasta eso me da miedo. Nos juzgan como animales., dice Leandro (28), uno de tantos adultos mayores que se hurga la nariz. Y a quien la incomprensión y los intereses mafiosos han obligado a esconderse en uno de estos antros, donde por supuesto no se cumplen las más mínimas normas de seguridad e higiene.


Recostados sobre mugrientas colchonetas una al lado de la otra, decenas de jóvens y no tan jóvenes se hacinan descuidadamente, entregándose de cuerpo y alma a su única pasión: el hurgueteo. Periódicamente, el encargado del local .un sujeto de cuidado, con un ojo de vidrio, llamado .El Tumba. .reparte, como única excusa para el pago de los $5 que cobra el local por admisión, permanencia y derecho a una colchoneta (media durante las .horas pico.), carilinas para limpiarse las uÑas de los pastosos índices. La mayoría de éstas, sin embargo, quedan tiradas a un lado, sin uso. Y es que cuando el hurgador compulsivo es liberado de los hipócritas frenos de nuestra Sociedad, pierde todo límite. Y más. Pierde la higiene. La dignidad. Y eso asusta. Eso preocupa.


.Y para qué me voy a limpiar si lo único que quiero es seguir dándome masa., dice Roxana (43), uniendo la palabra a la acción. Roxana, aunque parezca increíble por su rostro demacrado y su vestimenta de adolescente tardía (tiene una remera de Hello Kitty algo desteÑida), es madre de dos hijos, Ariel (10) y Aluminé (5). Ambos se encuentran dando vueltas en el sórdido recinto. Seguramente hurgándose.


Sin que emitamos ningún juicio, tal vez al percibir nuestro rostro desfigurado por el horror y el asco, Roxana se justifica: .Hasta los 12 aÑos el hurgueteo es perfectamente aceptable.. Sostenemos su mirada perdida con infinita piedad, sin juzgarla, sólo tapándonos la boca en seÑal de asco y luego frunciendo el ceÑo mientras la taladramos con los ojos.


Otros intentan glamourizar su enfermedad envolviéndola de la .subcultura del hurgueteo.: .Este tiene motivos diaguitas, porque soy un fanático de la cultura nuestra, pero también confeccioné unos con motivos chinos y rúnicos.., dice Damián (25), mostrándonos uno de sus .Dedales de Excavación.. Se trata de eso, de dedales de acero inoxidable, trabajados artesanalmente, con una textura rasposa,que permite mayor agresividad en el hurgueteo. Son realmente hermosos. .Es que a veces hay pedazos que no quieren salir. Con uno de éstos podés desprender el revoque más rebelde., nos cuenta en su jerga de despreciabe enfermo (dicho esto sin juzgarlo).


Su novia, Mailén (23), hurgueteadora extrema (se llama así a los que hurguetean dos fosas simultáneamente, a veces con más de un dedo .en cada una, se entiende), intenta narrarnos una repugnante historia de amor:


.Mi viejo me dijo .si seguís con eso te vas de esta casa., y adiviná qué hice (se ríe con una rasposa y desagradable risa de adicta irrecuperable). Con la última plata que me quedaba me vine acá. Me quedaba a dormir, aunque se supone que está prohibido, pero me dejaban. Y ahí lo conocí a él. Lo ayudo con sus productos y con eso podemos seguir viviendo. Y dándole dale que dale a la pala mecánica sin que nadie nos moleste.. Como toda respuesta, sin juzgarlos, nos metemos los dos dedos en la boca y simulamos un vómito.


Es difícil caminar por los pasillos de .Las Minas del Rey Salomón. (tal el nombre del tugurio). Literalmente. Además de esquivar los decadentes cuerpos de los enfermos, no queremos pisar los resultados de sus investigaciones. Cosa imposible porque el piso está casi alfombrado de los mismos. Sin embargo, es uno de los últimos reductos que les quedan a estas piltrafas (dicho sin juzgarlos), desde que han cobrado estado público los últimos estudios científicos sobre el daÑo producido por el hurgueteo a los .hurgadores pasivos.. Un daÑo que probablemente estamos recibiendo ahora. Pero queremos sacar a la luz esta realidad. Porque asusta. Porque preocupa.


.¡Mirá, mirá, mamá!., le dice Aluminé a Roxana con alegría infantil. El motivo de su orgullo es un trozo especialmente redondo y sólido que ha logrado extraer tras un arduo trabajo de excavación. La madre intenta ocultar su vergüante nuestra comprensiva mirada (apenas escupimos al piso y le susurramos .escupo sobre ti y tu asqueroso vicio, cáncer de la sociedad; si en mis manos estuviera te quitaría a tus hijos y los mandaría bien lejos, para que crezcan lejos de tu infame influencia.) y felicita a la níÑa, que se va amasándolo con esmero.


.El Tumba., un poco nervioso, nos escruta con su ojo de vidrio y nos espeta .¿Y ustedes, no van a hurgar?.. Nuestro compaÑero .otro vicioso a quien hemos sobornado con unos pesos miserables que tirará en este antro inmundo, tan bajo ha caído su espíritu quebrado, todo esto dicho desde el desprejuicio .le explica quiénes somos y que ya habló con el dueÑo. Pero .El Tumba. es categórico: si no hurgueteás, te vas.


Nos alejamos, echando una mirada de piedad (y unos gritos de .Ustedes están. están ENFERMOS!!! ¡ENFERMOS!!! ¡Ojalá que se atraviesen el cráneo y se pudran!!!.). Y ofreciendo este testimonio crudo, para que tomemos conciencia. Para que hagamos algo. Para que o bien, piadosamente, los enviemos a una isla .luego de la extacción quirúrgica de sus falangetas, para que no se sigan hundiendo en la degradación -o los empaquetemos en blísters gigantes y los almacenemos en grandes galpones sin aire ni luz.


Pero metamos nuestras narices en este asunto; aunque suene paradójico.


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