EL CORTE FUE CERTERO Y UN HILO DE SANGRE SE DERRAMó siguiendo las líneas de mi aceitunado brazo; Quien así actuó, castigándome por haber .salido a correr., no fue un traicionero y decadente noble veneciano ni un feroz turco a sueldo de Barbarroja, sino una planta.
No era un trífido, ni una planta carnívora, ni siquiera un potus .que tienen muy mala fama. Era la típica .planta pinchuda. que por motivos que desconozco, en la Buenos Aires post-cromaÑón sigue sin ser prohibida y exterminada, a pesar del peligro que representa; y es cierto que la planta no se abalanzó sobre mí .no le está dado el hacerlo .sino que yo me encontraba corriendo y al pasar rocé mi antebrazo por su acerada punta, lo que vendría a realizar el mismo efecto.
Que una de estas plantas crezca sola y silvestre es posible, teniendo en cuenta que están preparadas para luchar contra los climas más inhóspitos (y contra los inocentes maratonistas); que no haya hordas de enfermitos de la inseguridad quemándolas es inexplicable. O mejor dicho, tiene una explicación: son estos mismos enfermitos los que las plantan en sus canteros.
Sus objetivos: que ningún drogadicto pueda sentarse en los frentes de sus casas. Que los perros callejeros elijan otro rincón para desahogarse. Y que el mundo sea cada vez un lugar más malvado e inhóspito. Pero lo peor de todo es que el enfermito de la inseguridad plantador de plantas pinchudas, no sólo es perverso; también es COBARDE.
Porque pone una planta pinchuda porque no se anima A TENER UN ROTTWEILER. O mejor dicho, tiene la VERSIóN VEGETARIANA DE UN ROTTWEILER: la planta pinchuda.
Miren, fotos de barcos encallados, el disco de William Shatner y figuras de acción de filósofos.
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