jueves, 16 de noviembre de 2006

¡FAMOSO ESCRITOR DEJA LAS LUMINARIAS POR UN PEDAZO DE TIERRA! UN PEDAZO DE TRESCIENTAS HECTáREAS, PERO PEDAZO AL FIN





Un día, el Maestro se cansó de todo: de las luces de la fama, del trajín, la presión de las editoriales, y decidió perderse en un rincón de tierra; y lo encontramos aquí, en esta cabaÑa perdida en una alejada playa de la Costa Azul (o sea, alejada de acá. La cabaÑa está a cinco minutos del centro de Mónaco.)


P. nos recibe vestido con sencillez, con un conjunto de lino blanco (con costuras de hilo de oro de 18 kilates) y un sombrero Palm Beach que lo emparenta físicamente con Hemingway, visto medio de lejos. Nos convida con una copa de vino artesanal y un ají puta parió de su propia huerta orgánica, y nos ofrece una silla de mimbre blanco mientras contenemos las arcadas.


Maestro, ¿podría decir que encontró Su Lugar en el Mundo?

P: Sí. Y es que en cierto momento de la vida te empezás a cuestionar si vale la pena seguir en contacto con la Fama, con el oropel vacío de los flashes, los premios y las entrevistas, si tiene sentido seguir en esta loca carrera de consumo. ¿Para qué quiero, por ejemplo, veinte televisores y doce plasmas, si con diez y cinco me alcanza? ¿Para qué quiero seguir publicando un libro cada diez aÑos, si con mandar a mi asistente a buscar a Argentores las regalías de los dos primeros libros pedorros que escribí y que logré meter como material obligatorio en la Facultad me alcanza?


¿Y le resultó difícil abandonar el consumismo?

P: Bueno… En realidad, desde que denuncié allá por el Proceso a mis compaÑeros de… ¡Ah, el consumismo! Perdoname, te entendí “el comunismo”. Mirá, te confieso que al principio me costaba un poco calmar la ansiedad por no contar con mis tres plasmas semanales. Fue una especie de .período de abstinencia. que tuve que pasar (Se ríe). Pero ya está, ahora paso mi día en mi huerta orgánica y eso me llena de paz. Eso y reventarme diez lucas todas las noches en el casino; uno debe conservar algunos pequeÑos vicios de la Maldita Civilización.


¿Para no olvidar el pasado?

P: Sí. Para no caer de nuevo en su trampa; cada vez que veo que me estoy olvidando de todo eso, que corro el riesgo de pensar que tal vez esa vida no era tan nefasta (cosa que ocurre diariamente; el Hombre es un animal de Poca Memoria), voy y me reviento la cuarta parte de las regalías semanales en el Casino. O me doy hasta con el agua del florero. Para no olvidar.


¡Qué lección de vida, Maestro!

P: Luego .al día siguiente, desde las doce del mediodía hasta las dos de la tarde .me purifico, trabajando en mi huerta orgánica. Con el contacto con la Tierra. Con el Verde. Con mi Cuadrilla de Doscientos Inmigrantes Extracomunitarios Ilegales.


Es diferente de los círculos que solía tratar usted, ¿no?

P: Es un tipo de contacto completamente diferente, sin hipocresía, sin palabrerío .a la mayoría no le entiendo ni en qué habla ., sin pretensiones. Con decirte que se las arreglan con un par de escudillas de arroz al día y un piso de tierra para dormir. Y sin perder, por otra parte, el cariÑo de los lectores: la mayoría son admiradores que laburan gratis a cambio de que les permita poner comentarios en mi .weblog., esta maravillosa herramienta literaria del nuevo siglo.


P. se encamina hacia la huerta y me muestra cómo trabaja. Esta cronista confiesa que no imaginaba que el cultivo de hortalizas fuera tan sencillo; con sólo echar una mirada .llameante .caen sobre sus manos los Frutos de la Tierra, alcanzados con premura por los lectores del Maestro, que lo miran con algo más que respeto: con miedo.


El Maestro muerde un tomate, fresco y jugoso, y mira con indulgencia a sus trabajadores, que se colocan en posición fetal hasta nueva orden. A mí me vuelve alcanzar un ají.


¿Y no extraÑa la literatura, Maestro? ¿La emoción de construir una novela?

P: No. La experiencia del último libro fue agotadora. La lectura de los borradores de mi equipo de .redactores. .casi todos inmigrantes extracomunitarios -, las reuniones mensuales con mis .coordinadores de escritura., la lectura para su aprobación final (¡a veces con letra muy pequeÑa!), los llamados telefónicos amenazadores a los editores para que paguen, las recepciones de premios. La verdad es que pienso que algunas cosas ya están muy alejadas de la literatura, por ejemplo tener que llamar al delivery para que le traigan comida a los dialoguistas. O no escribir, por ponerte otro ejemplo.


Es verdad, no escribir tiene poco que ver con la literatura.

P: (Se arrebata) ¡Te diría que nada! ¡pero nada, eh! Disculpame si sueno un poco extremista. Pero a esta altura de mi vida ya no necesito callarme nada. No tengo miedo. Para algo este pequeÑo refugio del Mundo está rodeado por un alambrado electrificado.


El Maestro mira al horizonte. Muerde el tomate. Me mira, con paternal reproche, invitándome a que muerda el ají. Lo muerdo y lloro. Y él ríe. Aquí, lejos de todo, de oropeles, de envidias, de colegas que lo quieren agarrar a golpes por sus polémicas declaraciones, es más que un escritor. Es un Hombre. Es feliz.


.Ahora por favor andate que me cansé., dice, con una sonrisa, y sus inmigrantes nos expulsan, amenazándonos con sus instrumentos de labranza.


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