lunes, 9 de mayo de 2011

¡Crónicas de T: De entre los Muertos!


Desperfecto n° 150: Cuando T., mi viejo Taunus vendido a un fanático de la remodelación de vehículos parecía haber quedado en el olvido, recibo su llamada desde la tumba. Y no una “llamada social”, tipo para preguntarme cómo andan mis cosas, sino una llamada amenazante; un mensaje “cuasi mafioso”. Básicamente, se me incendió un auto.



Mi hermano tuvo la gentileza de prestarme su Taunus (sí, aparentemente somos involuntarios miembros inconcientes de uno de esos “Clubes del Taunus”) para movilizarme los fines de semana, y me encontraba dirigiéndome a un lugar y tiempo determinados cuando observé una humareda saliendo del motor; y antes de que terminara de evaluar si se estaría “recalentando el motor”, llegó la respuesta afirmativa en forma de amenazantes lenguas de fuego, sumado a la colaboración de gente que me gritaba cosas como “se te prendió fuego el motor”.



Caos, desesperación y zozobra, con la cabeza llena de imágenes sobre coches explotando en las películas, finalmente conseguí apagar el incendio con la ayuda de varios matafuegos prestados por otros conductores (de los cuales funcionaba un procentaje bastante bajo). Una autopsia posterior dio como resultado que, salvo varias mangueritas, tubos, cables, correas de distribución y otras cosas sin las cuales el auto no anda y que resultaron derretidas y chasmuscadas, no hubo mayor daño; la culpabilidad parece haber recaído en la electricidad, esa destructiva fuerza de la Naturaleza cuya utilidad aún no ha sido descubierta, esta vez bajo la forma de un “cortocircuito” (y una manguerita recalentada por donde pasaba nafta). Luego llegaron, en este orden: los bomberos, la policía y finalmente mi hermano y su esposa y a Dios gracias me retiré de allí antes de que arribara Crónica TV.



En mi defensa tengo que decir que no hice nada raro y la falla parece haberse dado espontáneamente; en mi ataque, se puede sospechar que mi viejo Mr. T. no está dispuesto a dejarme seguir mi vida así nomás. Digamos que le cuesta “dejar ir”. Ya había dado muestras de sus celos enfermizos con la desperfección (lanzada “a distancia”, como logran dañar curanderos y pais) del auto de mi hermana, aunque esa vez sencillamente logró que el auto dejara de andar. Esta vez el atentado fue un poco más espectacular. Como que va subiendo peldaños de agresión.



La solución, si no quiero que el próximo coche sobre el que ponga mis manos explote o se caiga por un barranco o cobre vida y me dirija a toda velocidad contra un tren, parece ser que no vuelva a tocar un coche en mi vida. Pero temo que –al igual que en “Atracción Fatal” y otras películas de la tradición- ni eso logre hacerlo descansar. Si me subo a una bicicleta, temo que ésta se pliegue sobre si misma y me arranque un brazo o un testículo. De una moto ni hablar, porque ahí la carrocería sos vos. Y no creo que tenga reparos en lanzar un desperfecto mortal sobre una unidad de transporte público, sea esta colectivo, barco o avión.



Puedo ser un peatón por el resto de mi vida si hace falta, pero de nuevo: ¿por qué creer que su Poder va a restringirse a los vehículos? ¿Es acaso improbable que pueda influir sobre desperfectos humanos? ¿Puedo asumir despreocupadamente que la causa de ese “dolorcito acá” se encuentra en la índole de lo médico?



Preguntas que se responderán con claridad si se encuentran mis restos entre residuos de combustión espontánea. Miren, Sumo en “Domingos para la Juventud” (robado del Facebook de un tipo, ¿ves que Facebook sirve para algo?)


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