Desperfecto n° 148: Bueno, esta vez lo que se rompieron fueron los frenos. Y no me refiero a que “andaban un poquito mal” o que “los sentí medio flojos”. No, me refiero a que dejaron de funcionar. Kaput. Como que apretabas el freno y no pasaba nada. Es en esos momentos cuando el jocoso apodo con que suelo llamar al Taunus -”Ataúd Rodante”- me deja un regusto amargo en el paladar. En fin, Dios bendiga al VISIONARIO que inventó el freno de mano (confieso que si me hubiera tocado participar en el brainstorming donde se decidió la invención del freno de manos yo lo habría tirado al bombo, al grito de “es una chantada. ¡Si ya tiene frenos! ¿Para qué le vas a poner otro? Qué boludez, para eso pongámosle veinte. ¿Por qué no cuarenta? Es el clásico caso de aparatiuquis al pepe que se ponen para encarecer el producto, no, yo estoy re en contra y quiero que mi opinión se deje asentada en el acta”. En fin, por suerte yo no estaba).
No se preocupen por mí: Este “artículo” prueba que salí vivo de la prueba. En cuanto a la rotura en sí, no hace más que reflotar el viejo tema tocado en este blog acerca de las “roturas al revés”. Un desperfecto que, en realidad, se manifiesta a través de que el aparato anda, sólo que demasiado.
La función del automóvil, más allá del limpiaparabrisas, la radio y el aire acondicionado (porque he escuchado que hay autos que tienen aire acondicionado) es andar. El hecho de frenar, es decir, que deje de andar, estaría en contra de la naturaleza misma del automóvil, de su meollo, de aquel principio esencial que hace que el automóvil -hecho para moverse- sea un automóvil y no una maceta -hecha para estar ahí, quietita. Por lo tanto la rotura de frenos desde el punto de vista filosófico no es un defecto del aparato: lo hace más automóvil que nunca. Tanto más si tenemos en cuenta que “automóvil” significa “que se mueve solo”; en este caso, incluso contra los deseos y las conveniencias de sus ¿amos?, que atrapados en su interior miran con desconcierto cómo se les acerca el culete de un colectivo más allá de lo razonable.
Pero la humana es una raza egocéntrica, y nos preocupamos más por nuestra seguridad personal que por el sostén de un Universo Racional donde cada cosa tiene su función y su consistencia. Es así, nada que hacer, no cambiamos más, por eso estamos donde estamos, etc. Y por eso hemos instalado en el automóvil un dispositivo -”los frenos”- que conspira contra la lógica interna de la máquina.
De vez en cuando, sin embargo, el automóvil se rebela; considera que la Ciencia y la Razón están ante todo, y se le rompen los frenos. Y entonces anda y anda y anda, como debería ser en un Cosmos platónico.
Bueno, sí, OK, OK, ya sé que esto a nivel humano es un problema. Pero me llama la atención que sea tal, si no hace más que cumplir con su propósito. Se me ocurren otros posibles ejemplos de desperfectos por exceso de funcionamiento: Por ejemplo, una bomba que no pare de estallar nunca, o un somnífero del cual no te puedas despertar. Por supuesto, estas cosas existen, sólo que no se llaman así: éste se llama “veneno”, y aquella se llama “Universo”.
¿El destino actual del Taunus? La eterna esquina del taller mecánico (donde los vecinos ya lo saludan por su nombre de pila y le preguntan por la patrona y los pibes). Esta vez no llegó de la manito de Mamá Grúa, sino conmigo al volante, luego de una breve travesía a 5 km/h con la mano derecha alerta sobre el freno de mano, como un duelista del Viejo Oeste, lista para disparar sobre la Naturaleza de T.
Es que yo también cada tanto me rebelo e intento hacer fuercita para manifestar mi naturaleza esencial, en este caso la de mi masculinidad; y maricotas como soy, es en este tipo de actos ESTúPIDOS y TEMERARIOS (dentro de la modestia de la hazaÑa) donde me reconozco como hombre, así como en el gusto por la carne asada, el escaso interés en la estética personal y la ausencia de temor hacia las alimaÑas; no así, en cambio, en el amor por los gatitos chuchis, el miedo a la violencia física y la necesidad compulsiva de aprobación. Así que, en este caso, andé.
Miren, algunos dibujos del gran Vilar, el de los viejos libros de María Elena Walsh.
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