BUENO, LO QUE ME PASÓ AHORA ES QUE TENGO UN CUADERNITO. ES UN CUADERNITO PEQUEÑO, RAYADO, CON “ESPIRAL” (EN REALIDAD, UNA HÉLICE), Y QUE ENTRA EN MI BOLSILLO. ALLÍ ANOTO todas las cositas que tengo que hacer. “Ah, sí, genio, cráneo, premio Nobel, eso se llama ‘agenda’, corré a patentarlo”, me dirá algún sagaz lector.
No, no es agenda. Yo creo que no tiene aún el status de “agenda”, aunque aspira a serlo, cuando sea grande. La cosa es así: así como la adquisición del taladro marca el momento en que uno se convierte en un Hombre de Verdad, la adquisición de la Agenda significa la entrada a la adultez, al mundo de los hombres y mujeres de maletín y corbata apretujada. O de pañuelo apretujado o lo que sea que usen las mujeres, después me fijo. Y yo, miembro de la lamentable generación Nesquik, recién a los 43 años estoy empezando a completar este proceso.
He tenido “agenda” en otras ocasiones, pero no la usaba correctamente. Anotaba y no me fijaba, o me fijaba y no hacía nada al respecto, o hacía algo y dejaba la cosa por la mitad al primer obstáculo. Y cuando no cumplía con algo, ese algo quedaba rezagado en las hojas anteriores, a la espera de que se solucionara solo (cosa que sólo ocurría en el 75 % de los casos. Reconozcamos que este modesto porcentaje ha sido suficien te para permitirme sobrevivir hasta el día de hoy).
Yo digo que esto no es una “agenda” porque mi método personal es un poco engorroso: En lugar de asignar tareas a un día y una hora, anoto en una seguidilla de cuatro o cinco páginas absolutamente todo lo que tengo que hacer el resto de mi vida, desde pagar Edenor la semana que viene a llamar a Obdulio por lo del carbón y a comprarme una casa sobre un acantilado en veinte años. De ese modo, si no cumplo con algo, sigue pendiente, sin abandonar mi persecución –como una eterna espada de Damocles- hasta que la hago. Y allí, cuando la hago, llega el momento del clímax: la tacho. Una vez por semana reescribo tooooooda la lista, ítem por ítem, excepto las cosas que ya taché, y agregando las cosas que se me ocurren en el camino.
Este método, a simple vista tan obvio, básico y primitivo, parece estar resultando en un menor boludismo de mi parte, cosa que siempre es positiva. Sin embargo hay algo que me preocupa: Me pone demasiado feliz el momento del tachado. Es como que soy un resultadista. Un bilardista de la agenda. Por ejemplo, ayer me dejé el cuadernito en casa y no sólo me sentí perdido, sino que extrañé la adrenalina del momento en que tacho y grito “¡Cagaste , hijo de puta!” (así les digo a mis tareas pendientes). Tengo que confesar algo vergonzoso: A veces, por ejemplo, cumplo una tarea y cuando voy al cuadernito descubro que no la tenía anotada. No hay problema: La anoto en ese momento, y acto seguido la tacho.
Supongo que esto habla de un aspecto adictivo de mi personalidad, pero sobre todo de una relación no muy adulta con la tarea pendiente: Como si la tarea pendiente fuera una figurita. ¿Recuerdan las grillas numéricas que venían al final de los álbumes de figuritas? Si te tocaba la figurita 21,la pegabas, y después tachabas el 21 en la grilla. Y cada tachón iba oscureciendo la grilla, y existía un deleite secreto, paralelo a recorrer el álbum, en contemplar cómo la grilla estaba toda sucia y tachoneada y quedaban sólo diez o doce cuadritos en blanco. Así me siento ahora. Contemplar los ítems enterrados bajo un revoltijo de dolorosos tajos de birome azul me hace sentir un placer algo malsano. A veces me quedo un rato mirando una hoja llena de tachones, y me regodeo, no del todo sexualmente (con risitas perversas y privadas) en mi letal eficiencia.
Lo que entiendo es que no soy un hombre grande haciéndose cargo de sus responsabilidades, sino de una especie de inmaduro coleccionista, de coleccionista de tareas tachoneadas. Las tareas más inalcanzables –como la casa en el acantilado- son figuritas difíciles. Y la Plastibol supongo que será la Muerte. Lo que todavía no hay es la posibilidad de intercambiar “repes”. Por ejemplo, si tenés que hacerte dos veces el mismo análisis de sangre, no se lo podés dar a otro para que éste, por ejemplo, te pague Edenor. Eso todavía no está bien reglamentado. Pero es coleccionismo al fin.
Y ya sabemos lo jodido y ponzoñoso que es el espíritu del coleccionista, que llega a invadir el noble oficio de la paternidad. ¿Viste cuando tenés un hijo varón? Lo primero que te dicen es “Ahora te falta la nena. La parejita. El casalito”. Fijate lo enfermos que están estos tipos: Quieren que completes la colección. La colección de sexos de hijos. Aún no he escuchado que digan “Ahora te falta el que tiene disforia de género”, pero esto no tengo dudas de que se empezará a escuchar cuando el tema sea menos tabú.
martes, 18 de diciembre de 2012
¡Macabra reflexión sobre coleccionismo!
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