miércoles, 5 de diciembre de 2012

¡Famoso escritor homenajea a un tipo que se murió!


La inesperada muerte del escritor Gustavo Rabanal Solá (tenía 103, pero sucumbió sorpresivamente al cáncer de nalga contra el que venía luchando desde hace 53 años) suma una nueva tristeza a los grandes nombres que nos han dejado a lo largo del año. Un año para olvidar, si es que para el 31 de diciembre queda alguien para ello.



Conociendo la larga y fructífera amistad que lo unía a P. (con quien escribió varias novelas en colaboración, “bajo el seudónimo de Gustavo Rabanal Solá”, según declarara varias veces su amigo y superviviente), no pude menos que llamarlo para pedirle unas palabras. Al principio de la entrevista, evidentemente superado por las emociones P. parecía no entender quién era Rabanal Solá y luego –confundido por el desconsuelo- hasta dijo “no me hables de ese chantapufi. ¿Todavía no se murió?”. La noticia posterior –que, seguramente producto del shock dio la impresión de importarle un bledo- y mi promesa de que todo lo que dijera saldría en un medio masivo de comunicación por fin dieron paso a su conmovedor testimonio.



¡Qué añito, Maestro! ¡Nos vamos quedando solos!

P: Es la ley de la vida, querida. Pero desde luego, ello no evita el desgarro en el corazón que esta ley nos provoca, máxime cuando se trata de un amigo y colega de toda la vida como Rabanal Soulé.



Solá.

P: ¿Seguro?



Sí.

P: Bueno. Justamente de éste y otros temas hablo en mi nuevo libro La banana espiritual, de Editorial Galaxia, próximamente en las nuevas librerías, ¡y a sólo $67! Una ganga si lo pensás un poquito. Por ejemplo, el otro día por una pizza miserable…



Disculpe que lo interrumpa, Maestro. ¿Qué palabra le viene a la cabeza cuando piensa en Rabanal Solá?

P: Admiración. Una admiración ferviente, desatada, que él nunca dejó de profesarme sin ambages y confesarme en los momentos de soledad, una admiración que, según me decía, lo hacía sentirse “como una dulce muchachita de trenzas frente a su musculoso y maduro instructor de equitación”. Una admiración rayana en lo enfermizo. Creo que tenía un altar con fotos mías en el sótano de su casa. Pero así era Rodrigo.



Gustavo.

P: Sí, bueno. Y esta admiración, que yo nunca dejé de agradecerle, porque los escritores, seres indispensables para el quehacer humano pero también muy vanidosos, vivimos de las regalías que nos dan nuestros modestos escritos –y que como bien sabrás vivo donando a diversas entidades de bien público, aunque por pudor les he rogado que si les preguntás, lo nieguen- pero sobre todo del aplauso de nuestros “fans”, como dicen los chicos de ahora. Y para mí Rabanal Solari fue un amigo y un colega, pero antes que nada un admirador. Cosa que se nota en varios de los –abro comillas- “cálidos homenajes” –cierro comillas- que me ha hecho en casi todos sus libros.



Y dejando esto de lado –que me parece medio discutible- ¿cuál es, de toda su obra, su novela favorita?

P: Ahhh, no lo pienso dos veces. La merienda interminable. Sin duda, un libro fundacional, absolutamente recomendable.



¡Pero ese es suyo, Maestro!

P: ¿Perdón?



La merienda interminable es suyo, no de Rabanal Solá.

P: ¡Sí, ya sé! ¿A mí me lo vas a decir? ¿Sabés lo que me costó terminarlo? Por ejemplo, esa escena magistral donde el tipo agarra y…



¡No, Maestro, lo que yo le preguntaba es qué libro de Rabanal Solá es el que le gustó más!

P: ¡Ah! ¿Qué?



La nota es para un homenaje a Rabanal Solá. Necesito que me hable de Rabanal Solá. ¿Cuál es su novela favorita de Rabanal Solá?

P: Bueno, bueno. Tampoco hay que obsesionarse tanto. Y… Dejame pensar… A ver…



Se produce un largo silencio al otro lado del teléfono. El Maestro, apabullado por la pérdida, seguramente no logra elegir un libro de entre toda la profusa y extraordinaria obra de Rabanal Solá. Es comprensible.



¿Hola?

P: Sí, pará. Estoy pensando.



Bueno.

P: ¿La invención de Morel es de él?



No, Maestro, ésa es de Bioy Casares.

P: Ah, sí.





P: Ése es bueno, ¿no?



Sí, es muy bueno, Maestro.

P: Por ahí se me hizo un poco larga la parte del medio.



Es una joya de la Literatura argentina. ¿Y de Rabanal Solá, Maestro?

P: ¿Sabés qué pasa? Como vos bien me informaste hace un rato, Rabanal Solaz era, para mí, antes que un admirador y un colega, un amigo. Y yo a mis amigos no los juzgo, y por eso trato de no leer sus libros. Especialmente cuando, según me han dicho, los libros de Rabanito (así le decíamos los amigos) últimamente venían en picada. Pero no digo que sea culpa de él, eh, no digo que sea culpa de él. Es muy difícil mantener el nivel toda la vida, sea cual fuere el de él. Es el famoso tema de la Decadencia Inevitable, temas que, al igual que el de la Maldad del Hombre y la Imposibilidad de la Felicidad, se tratan a lo largo de toda mi obra y culminan en La banana espiritual una etapa oscura, no exenta de genialidad pero un poco oscura. Aquella tesis que planteé en labios del protagonista de ese escrito de la primera juventud La merienda interminable (“todo es una mierda incluido vos y tu hermana”) ha sido continuada hasta el paroxismo en mis siguientes libros, hasta culminar en un sorprendente “quiebre filosófico” en esta mi última novela, donde se deja entrever un lugar para la esperanza en el Género Humano, un verdadero “tour de forcé” entre el desengaño y la felicidad. ¡Y sólo por $67 y en las mejores librerías!



Bueno, Maestro. Está bien. Le prometo que cuando salga de acá le compro el libro. Le pido unas breves palabras en memoria de su amigo y colega, Gustavo Rabanal Solá y no lo molesto más.

P: ¡Pero cómo va a ser una molestia hablar de un amigo de toda la vida! Me ofendés. Y él también se hubiera ofendido, eh. Él siempre me decía “Si hay algo que admiro de vos, P., es tu enorme lealtad y capacidad para hacer de la Amistad un culto. Entre otras cosas, porque también me admira tu enorme talento, tu inmensa humanidad y tus ojos sensibles pero varoniles”. ¿Y sabés qué? Algo de razón habría de tener, todo el mundo me lo dice, desde mis amigos que más que amigos son discípulos, hasta la interminable seguidilla de bellísimas amantes que se han sucedido en mi vida. Y lo digo con la humildad de los verdaderamente grandes. ¿Viste que los tipos más grosos solemos ser los más humildes? ¿Por qué será?



¡Algo, Maestro! ¡Diga algo de Rabanal Solá!

P: ¡Pero si estamos hablando de Soliuyiuyiuuu hace horas! ¿Quién es, tu novio? ¿Cuándo vamos a hablar de mí?



¿No puede contar una anécdota aunque sea?

P: ¡Sí, claro! Una vez me estaban por dar un premio en…



De Rabanal Solá la anécdota.

P: (Resopla) Una vez estaba Rabanal Solís en una entrega de premios. ¿Y adiviná a quién le tocó? A papito. La cosa es que me llaman, me sorprendo gratamente y subo, una dama en cada brazo. Y Rabanaque Solá, que era medio envidioso y mediocre me dice… Bueno, no me acuerdo, la cosa es que remato con “No sé, a lo mejor Dios se hizo a mi Imagen y Semejanza”. La gente se mató de la risa. Años después Ravanna Solartz todavía se reía con mi salida. Luego la incluí en Las paperas del General, uno de mis libros más queridos aunque la crítica, que es estúpida y no entiende nada, no supo comprender que era una certera alegoría sobre la ascención del nazismo, justamente el otro día lo estaba releyendo y me sorprendí a mí mismo con esa escena brillante en la que el tipo agarra y…



Adiós, Maestro.

P: ¡Pará, pará! ¿Querés una primicia? El martes estaré firmando mi nueva novela en…



La voz del Maestro se corta abruptamente, motivada por el corte de teléfono que acabo de ejecutar. Aún pienso en las palabras llenas de nostalgia y admiración del Maestro por su amigo y lo bueno que hubiera sido que las dijese. Me queda sin embargo el eco de aquel párrafo memorable de La banana espiritual, aquel que dice “Me llamo P. y soy un viejo enfermo de mierda que vive en la calle Desembargador Barroso 557 9° piso y me encanta que venga la gente a putiarme por el portero eléctrico o que me apuren cuando voy al Havanna de la esquina todos los viernes de 10 a 12”.



Creo que era algo así, no sé si dice exactamente eso, pero ese es el espíritu.


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