miércoles, 12 de diciembre de 2012

¡Famosos muertos: Una modesta proposición!


La otra vez falleció el legendario Jean Giraud, más conocido como Moebius, el genial dibujante francés creador de Harzack, The Long Tomorrow, el Teniente Blueberry y co-editor de la revoucionaria revista francesa Metal Hurlant, un ícono insoslayable de los años 80. Como suele ocurrir, su muerte ha significado un verdaderro sacudón entre periodistas y aficionados y, que se apresuraron a escribir homenajes al genio y a reproducir sus viñetas e ilustraciones en las redes sociales.



Voy a ser lo más crudo y sincero que puede serlo un varón pequeño burgués de más de cuarenta años, es decir, un poquito: Esto del famoso que se muere me tiene podrido. El tipo no sólo es famoso, junto con los beneficios extra que la fama conlleva (dinero y vida sexual solucionada), sino que la Gran Igualadora, la fuerza cósmica que equipara a reyes y mendigos, la democrática Muerte, también tiene su favoritismo. Su cholulismo. A diferencia del muerto ignoto, el muerto famoso se multiplica como la peste en las palabras, réquiems y lágrimas de gente que hasta ayer no sabía quién era, pero que lo ha conocido justamente porque el tipo se murió. Del pez gordo más aterrador al perejil más insignificante, todos se ven obligados a decir algo sobre el finado, y el que quiere evitar el tema parece que quedara en falta. Que te dejaran afuera de la danza macabra.



Para peor no hay semana en que no la palme alguno. Los oradores de entierro ya empiezan a repetirse, a quedarse sin guión. Incluso tienen que empezar sus elegías con alguna referencia a la plaga de decesos, diciendo cosas como “ah, oh, qué año que estamos teniendo, primero se fue X, después Y, ahora Z, el último que apague la luz, etc”. Si a esto le sumamos el hecho de que gracias a Internet cada vez hay más famosos me temo que en unos años nuestra vida se transformará en un responso continuo y permanente. Entonces la noticia consistirá en que no se murió el artista Fulano y que el músico Zutano sigue con vida.



Pero más que los famosos muertos, que en definitiva no tienen el 100 % de la culpa de morirse, lo peor son sus llorones y lloronas. Maulas sin corazón que recibieron la muerte de su tío Osvaldo con una perplejidad indiferente, ahora se jactan de haber soltado varios kilos de lagrimones ante la muerte de tal o cual ídolo popular. Y entonces pegan en sus blogs o Facebooks algún video, alguna foto, algún dibujo del finado, “para seguir honrando y perpetuando su memoria hasta el fin de los siglos”.



Se me ocurre que hay un error de concepto en estos homenajes basados en la reproducción compulsiva y viral de la obra del muerto. Repetimos youtubazos o frases célebres porque porque es cómodo, porque nos bajamos la película de Cuevana o copypasteamos el libro digital. Y ya conocemos cómo funciona la oferta y la demanda en la mente humana. Cuanto más accesible es algo, su valor baja estrepitosamente. En definitiva, los homenajes continuos y sostenidos solamente convierten la obra del famoso en un libro de mesa de saldos.



Propongo invertir la lógica de estos mal llamados homenajes: Así como los emperadores de la antigüedad que exigían que junto a ellos se enterraran sus tesoros, caballos, esclavos y esposas, deberíamos destruir completamente la obra del famoso muerto. Que no quede nada, reducir a cenizas hasta la última canción, el último opúsculo, el último archivo mp4. Imaginate que mañana se muere, no sé, Paul McCartney (me veo obligado a usar un famoso extranjero, a ver si se me muere uno de por acá y todavía me echan la culpa). ¡Bam! Quemamos toda la obra del ex beatle, y de paso todos tus hermosos recuerdos asociados al tipo. ¿Así que debutaste escuchando “Let it be”? Bueno, te cuento, no la vas a escuchar más. ¡Se murió McCartney, se murió Let it be, y si me presionás, se murió un poquito tu debut! ¡Tu ídolo no vive más “en todas las hermosas canciones que escribió” (y que habitualmente llevás en un rincón polvoriento de tu mp3): Se murió enterito! Ahí te quiero ver, llorón. Ahí sí vas a poder compartir un mínimo sentimiento de pérdida con los deudos de verdad. ¡ESO es un duelo!



Tal vez chillen un poco los herederos, que pensaban vivir como pachás gracias a las regalías de sus padres, pero al mismo tiempo le estaremos haciendo lugar a los artistas jóvenes. No sólo eso: tendrán la total libertad de escribir de nuevo los libros y canciones que no nos dejaron los muertos y que hasta ahora no podían escribir (¡porque ya estaban escritas!). Porque, ¿cuál es el verdadero objetivo de morirse sino dejarle un poco de espacio a nuestros hijos?


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