lunes, 10 de diciembre de 2012

¡El País Submarino Internationällzy: La Cena de los Cineastas Caritativos!


25 de octubre, Los Angeles.

No estoy bien, no. Ya he perdido unos 15 kilos -de los cuales sólo no me sentaban bien 13. Mi “Síndrome de la Mano Extraña” (culpa de la ausencia de palanca de cambios en mi Chevy malibú automático) se está agravando: ayer descubrí al miembro rebelde intentando acogotarme. Por suerte, acostumbrado como estuve a manejar un taunus durante toda mi vida la dirección hidráulica del Chevy me ha producido una suerte de “atrofia de brazos” por contraste, así que entre esto y mi debilidad general, la diestra no tiene el suficiente ímpetu como para acabar conmigo.



Kathlyn me acaba de llamar. Se cayó el guión generado por su mega-equipo de guionistas. Aparentemente, el hecho de haberles dicho que “al final, casi casi no sé para qué me necesitan” les dio la idea de que casi casi parece que no me necesitan. Le renunciaron en masa y fueron a ofrecerle el guión a Steven, que se los compró ipso facto por un par de palos verdes, produjo la película y ya está en todas las salas cinematográficas de la costa oeste, donde ya ha roto varios récords de recaudación. Hoy por hoy con el cine digital te sacan una película en un abrir y cerrar de ojos. Por suerte tuvieron que estrenarla con otro nombre, ya que tomé la precaución de decirles que el mío lo tenía registrado (Le pusieron “Orsai”, que parece que estaba libre).



Kathlyn ni siquiera me da tiempo a deprimirme. Me explica, con su voz siempre cordial, siempre sonriente, siempre afable, de conductora de programa de cable matutino, que está todo bien, que ya está, que la cagada ya está hecha. Y que tiene “un guión de Orson Welles y William Faulkner inédito que compró a precio de oro en una subasta. Podemos cambiar ‘Orson Welles’ y ‘William Faulkner’ por ‘Podeti’, que seguramente nadie se va a dar cuenta”. Y lanza una de sus risillas características. En otro estado de salud y ánimo, sería capaz de discernir si es una risilla sarcástica o una risilla afable, pero ya bastante esfuerzo me cuesta tenerme en pie. No me pidan más. Le pregunto si le parece que vale la pena sacrificar ese guión en mi carrera y me explica que para ella lo principal es su clientela y que “si tengo que arrancarle los testículos con los dientes a un bisonte embravecido y con una enfermedad venérea, y luego escupirlos sobre la cabeza inocente de mis hijos, no me tiembla el pulso ni la mandíbula”. Risilla.



Me pregunto si la pasión por la eficacia profesional de Kathlyn es digna de imitar o de huir de ella aterrorizado, pero como en este caso es a favor de mí no es tan grave. Me visto rápidamente (abro el pack de 25 calzoncillos que me compré en el Target de Av. La Brea y descubro horrorizado que los talles norteamericanos son elefantiásicos. Pasaré toda la tarde realizando afeminados contoneos con la cadera para mantenerlos en su sitio) y voy al restaurante mexicano-cajún sobre Hollywood Blvd., donde nos encontraremos con Francis, que prepara su espectacular regreso al cine.



Es emocionante conocer a este monstruo del cine. Me pregunta sobre Argentina, y le cuento los últimos avatares políticos y sociales de mi querido país (la mitad de los cuales me los invento porque mucho no sé). Luego leemos juntos el guión.



No es de lo mejor que hayan escrito juntos Welles y Faulkner, pero está bastante bien, bastante bien. Hay que recordar que ambos eran alcohólicos. Incluso en algunos diálogos los personajes dicen cosas como “bwahhhaaahh the frensh shampainge”. Se notan algunas incoherencias, personajes que aparecen y desaparecen, incluso en la misma escena. “Fades outs” donde debería haber “Fades ins” y “Cowboy shots” donde debería haber “Close ups”. Pero en líneas generales está bien. Por momentos reí a carcajadas, por momentos sentí el escalofrío de estar frente a la verdadera Grandeza y durante la lectura todos lloramos a moco tendido, yo, Francis, Sofía, Robert, Al, el otro Robert (que quisieron acompañarlo a ver si garronean algún papelito) e incluso la gélida Kathlyn, que por primera vez (creo que en su vida) demuestra una emoción humana. Pero bueno, no es lo mejor, no es lo mejor, hay mejores, no es un “Ciudadano kane” –que mayormente no la vi. Pero está bien, está bien el guioncito.



Acompañados por unos burritos a la Quetzalcoatl, unos Tacos Chipotle, un par de cuencos de Guacamole Inferno, Camarones Cajun y ensalada de arroz a la birmanesa (menú que no me hace gracia, pero tengo que hacer de tripas corazón. Casualmente, sospecho que si sigo evacuando como los últimos días terminaré con el corazón donde tengo las tripas), discutimos los pormenores profesionales, especialmente el tema de mis paga. Tengo la oportunidad de ver a Kathlyn en acción: es despiadada, fría, salvaje, agresiva y arriesgada como un buitre hambriento. Francis, viejo zorro del mundo del cine, discute acaloradamente, rebaja, insulta, degrada, finge completo desinterés, imposta indignación y furia, exige algunos favores sexuales indecorosos (los cuales Kathlyn negocia sin el más mínimo pudor, sugiere algunos nuevos y my creativos y –para mi consternación- creo escuchar mi nombre involucrado en el tema, aunque Francis no se muestra muy interesado) y por fin, sollozando por segunda vez en la noche, por fin acepta, resignándose a no comprar un par de viñedos este año. Al terminar, todos sonríen como si nada hubiera pasado. En lo personal, luego de escuchar el cruce de contraofertas salvajes y feroces acusaciones que conformaron la ”negociación”, me siento pálido y cansado.



Luego ocurre algo un poco incómodo. En la mesa queda una montaña de las pantagruélicas porciones de comida que nos han servido. Robert –el otro- sugiere que tal vez deberíamos regalárselas a alguno de los homeless que hormiguean en Hollywood, así que pedimos algunos recipientes. Cada uno los rellena los con sus correspondientes sobras, pero noto que a mí solo me queda algo de arroz blanco y algunos protos negros. Me parece injusto; Francis, por ejemplo, lo rellena con guacamole y camarones. “Mi homeless me va a odiar”, pienso.



Después de todo él es un director famoso y multimillonario (bueno, ahora un poco menos, gracias a Kathlyn) y se comió casi todos los camarones que había en el centro de la mesa. Podría tener la decencia de dejar que los demás regalen las mejores sobras. Me parece una actitud un poco ávida, acaparadora. No digo que esté mal, pero no sé. No me parece.



Cuando salimos, Al, Robert, Sofía, Kathlyn y el otro Robert reparten sus recipientes entre los miembros de una encantadora familia latina que yace en el piso. Francis y yo vemos un homeless afroamericano (algo sopbreproducido tal vez, envuelto en una frazada a manera de túnica y con una especie de báculo, como un leproso medieval) y con educación pero firmeza le intercambio su recipiente a Francis, que me parece que corresponde. Que él regale el arroz con porotos de mierda, si quiere, o qué, qué pasa, tiene miedo de que salga en TMZ el titular “Miserable director de cine regala arroz & porotos a homeless después de comerse todos los camarones”.



La operación no es tan sencilla; Francis no larga el recipiente plástico, clavando sobre el borde pulgar e índice a manera de tenaza; forcejeamos amablemente, pero tengo la desventaja de tener que contonear el culo como hembra en celo para que no se me caigan los calzoncillos para norteamericanos obesos (un problema que Francis no tendrá jamás) y eso me impide concentrarme. Sin embargo prima la juventud y la gallardía, y al final el célebre director se queda con las indeseadas sobras. Entrego las mías orgulloso, y no tanto mi contrincante.



Cuando nos alejamos, escuchamos a nuestro homeless cubriendo a Francis de una andanada de putiadas pletóricas. Sonrío triunfalmente, aunque Francis me susurra en un perfecto castellano “No sé si notaste que todavía no firmé ningún contrato”.





Un poco cariacontecido, me despido del grupo y voy a Melrose, donde me meto en un negocio de juguetes que parecen diseñados por los escultores de “La naranja Mecánica”. Confío en que Kathlyn no haya presenciado este incidente.


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