martes, 4 de septiembre de 2012

¡Una buena idea puede destruir el mundo!


“No se les cae una idea”, dice el Segundo Sub-asistente del Dto. de Marketing de tu empresa y con esto el tipo se ganó el día; con esto, ganó un par de días de no hacer nada mientras le tira el fardo a los otros tipos hasta que a estos se les “caiga” una idea.



Y yo pregunto: ¿De dónde salió esta expresión tan horrenda e imbécil? Yo se los voy a revelar: de la gente que no tiene ideas nunca. La prueba está en que este tipo de subhumanos bien vestidos creen que las ideas se “caen”. Que aparecen mágicamente en raptos de inspiración bajo la forma de un Unicornio Fantasma con los cascos llenos de Florecitas Parlantes que te susurran ideas al oído. Sin embargo, los tipos que tienen ideas buenas suelen ser sujetos oscuros, de espaldas encorvadas y expresión agria, que pasan sus días y sus noches encerrados en un cuartito, consultando viejos volúmenes llenos de polvo, lanzando frases inconexas al azar y realizando bocetos en un cuadernito hasta que de todo ese garrapateo estéril surge un susurro, una punta de ovillo, el asomo de un fantasma de espectro de espíritu envuelto en una voluta de humo, que con mucho trabajo, más garrapateo, recursos nobles e impíos, leves dosis de robo y prevaricación puede convertirse en una idea entre chota y burda. Con muuuucha suerte, una menos mala.



El Sub-asistente, entre consulta de Facebook y seteo del Happy Hour de la fecha, ni siquiera llega a ese estadio, y sigue en su halitosa nube de pedos, creyendo que las ideas “se caen” como manzanas o cascaritas de sangre coagulada.



Dicho esto, pasemos a hablar mal de las ideas. Porque en primer lugar, como escuché por ahí, “con una idea no se escribe un libro”. Y en segundo lugar, pocas cosas pueden ser tan dañinas y paralizantes como las ideas. Y convengamos además que no hace falta estar especialmente dotado para tener una idea. Ideas tienen hasta los perros. Por ejemplo, yo tenía un perro que tuvo la idea de cagar en la escalera. Muchas veces la tuvo. Era una idea digamos recurrente, casi una obsesión artística, como la de Borges con los laberintos y la de los creativos de cerveza Quilmes con los lúmpenes de barba candado. Pero una idea al fin.



Pasemos a categorizar los más siniestros tipos de ideas, y cómo combatirlas:



“PIERRE NODOYUNA”: Llamamos así a la buena idea, mal ejecutada, por torpeza, escasa suerte o poca colaboración de nuestro peludo y risueño co-piloto. Es en esta categoría que vemos claramente la enorme distancia entre el universo etéreo y platónico de las ideas y el mundo tosco y mal terminado en el que vivimos, y cuyo representante más acabado somos nosotros mismos.



De un lado, la idea, prístina, pura, brillante e intocable como el legendario diamante Koh-i-noor, ganadora del Oscar, el Nobel y la Cucarda, o de algún premio que combine a estos tres, especialmente inventado para reconocer nuestra obra maestra; del otro, su ejecución torpe, desmañada, incompleta. Está realizada en cartón de caja de pizza, con marcador al agua verde y todos los personajes tienen el mismo nombre porque no se nos ocurrían otros. No está mal, pero tampoco está bien. Pasa sin pena ni gloria y nuestros familiares más queridos la leen con una sonrisa a media asta, y evalúan: “Qué bien que te estés dedicando a lo que te gusta”.



Cómo se arregla: O se pasan años tratando de acercar la ejecución a la idea, cosa que es RE DIFÍCIL, o acercamos la idea a la ejecución; se llama “bajar las pretensiones” y comprendemos que no damos un William Faulkner, pero capaz que arañamos un Sidney Sheldon, lo que no está mal (y, no, tampoco está bien).



“THE UNBORN”: Pariente cercana de Pierre Nodoyuna, “The Unborn” es sencillamente la idea no ejecutada jamás. El motivo es el mismo: la idea es tal vez demasiado buena. Probablemente sea mejor que nosotros mismos y toda nuestra familia y nuestros amigos y nuestro barrio. Y, tal comos si una Raquel Welch de dos metros se nos presentara completamente semidesnuda en nuestros aposentos y dijera “Hazme lo que quieras”, nos paraliza completamente, sin saber ni por dónde empezar; y culminamos fláccidos y en un rincón, en posición fetal, repitiendo una letanía.



Cómo se arregla: Releer “Pierre Nodoyuna”.



LA “IDEA”: Este tipo de ideas revela hasta qué punto ejecutivos, funcionarios, burócratas y contables se han apoderado del mundo. Porque lo que ocurre aquí es que en realidad la “Idea” no se trata de una idea per se, ni nada parecido. Es más bien una expresión de deseos, o la acción de poner guita, o un vapor indefinido ocupando el cráneo de alguien. Pero no es nada ni remotamente parecido a lo que los occidentales entendemos por una idea.



Este tipo de ideas suele ser expresada de este modo: “Tengo una idea: Quiero hacer un policial”. O “Quiero inventar algo que revolucione el mundo de las comunicaciones”. O “Tengo una idea, quiero ganar tres billones de dólares”. Lo que suele seguir a esta tormenta cerebral es que el tipo se pone con unos morlacos (o con un gran poder de persuasión basado en promesas e ilusiones sobre lluvias de dólares, ponele) y obliga a otras personas a tener una o más ideas y si es posible escribirlas y ejecutarlas. Por supuesto, una vez puestas en práctica, el emprendedor de turno pondrá el broche de oro: un cartel bien bien grande, en letras mayúsculas que reza “Idea de Roberto Pappalardo”.



Cómo se arregla: Ganando el Quini o recibiendo una cuantiosa herencia, que permita dejar a los Robertos Pappalardos sin su principal herramienta de confusión. Entonces, podrá ud. mismo ser el que le encarge el trabajito a los demás, mientras se va a cerrar contratos millonarios al Club Med bajo el hechizo de un masaje profesional.



EL “NIÑO PRODIGIO”: La idea es genial. En el papel, la idea es perfecta, no deja resquicios ni abujeros a duda y no entendemos cómo nadie la hizo antes. Como uno de esos niños que leen de corrido a los tres años o tocan el violín a los seis, creemos estar ante una promesa monumental. Lo alimentamos, nutrimos y mandamos a los mejores colegios.



Pero cuando el niño crece no sólo no pasa de ser un adulto que lee de corrido sino que no lo hace tan tan bien (medio que se trabuca cuando aparece un diptongo), y su concierto de violín se tolera sólo cerrando los ojos y recordando lo chuchi que este gordo de barba candado y remera de La Renga era a los tres años.



A diferencia de “Pierre Nodoyuna”, la ejecución ha sido irreprochable. Hemos seguido el esquema inicial milimétricamente, midiendo con regla, sin obviar un solo paso y respetando el Manual. Lo que entonces descubrimos es que la idea no era tan tan tan tan buena. Que la tuvimos una noche de entusiasmo alcohólico, pero evaporados los efluvios mágicos, tras un análisis superficial comprendemos que era una pavada; y por qué, además, nadie la había llevado a cabo. Entre otras cosas, porque además de ser una pavada, es una pavada irredituable, que es peor.



Cómo se arregla: Evitando el alcohol.



LA “IDEA AJENA”: No hace falta explicar demasiado. Puede ser una idea buenísima, pero tiene el defecto de ser de otro. Y ya sabemos que el otro es un estúpido. Ni siquiera hace falta voluntad de plagio para realizar una idea ajena. A veces se trata de una coincidencia fatal, con la desgracia de que el otro –maldito estúpido- coincidió antes. O un residuo que quedó enterrado en nuestro cerebro, muy al fondo y cubierto por capas y capas de sinapsis y falsos recuerdos, y que luego sale a la luz fingiendo que ha sido una idea nuestra, como en la película esa que hicieron ahora (que es una mezcla de “Pierre Nodoyuna” con “El Niño Prodigio”) y de ahí al juicio y el descrédito eterno hay medio paso. En suma, por el sólo hecho de ser ajena, la idea ya pasa a ser inservible. A menos que logremos disimular muy bien este detalle, claro.



Cómo se arregla: No haciendo nada, nunca.



THE SHADOW: Finalmente llegamos a la PEOR IDEA DE TODAS. La idea que puede llevarte al manicomio o a al infierno de la depresión y el caos. Se trata de la idea de que tuviste una idea muy buena, pero no te podés acordar cuál es. Aparentemente esta idea la tuviste el otro día, en el colectivo, o ayer antes de dormir, o tal vez en un sueño o mientras tenías una conversación muy íntima con otra persona y no podías decir “che, bancame que anoto algo que se me ocurrió mientras vos movías los labios haciendo ruidos”. Esto no sería grave si automáticamente nos olvidáramos de que la tuvimos. Pero no. Queda una especie de archivo temporal que se limita a informarnos que tuvimos una idea buenísima, pero ay, ay, ay, los detalles, digamos, el cuerpo, el meollo, el contenido de la misma, no, no, no, no te puedo decir. No está. No sé, ya va a venir.



Pero “The Shadow” no vuelve a presentarse con el rostro desembozado jamás; y enloquecemos tratando de recordar los detalles, o alguna puntita de donde desenroscarla y sentimos un cosquilleo en los dientes. Luego viene la segunda etapa de la enfermedad: la duda acerca de si “The Shadow” existió o fue sólo una ilusión o un dejá vu al revés. Pero no nos resignamos y pasamos una tarde horrible, rebotando entre los intentos de recuperarla y el esfuerzo de desecharla para siempre. Por suerte después uno se olvida hasta de que se olvidó; incluso cuando James Cameron tiene tu misma idea cinco años más tarde y se hace aún más multimillonario de lo que es. El Dr. Tiempo, ese Psiquiatra piadoso e impecable.



Cómo se arregla: Ya te dije el otro día: Hay que anotar, siempre hay que anotar. O no tener ideas, cosa que tampoco es tan difícil.


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