sábado, 8 de septiembre de 2012

¡Cumbre y contracumbre de colectiverismo!


EL COLECTIVERO DE ANTAÑO era un hombre de dedos grandes y apariencia rústica, un trabajador manual que a pesar de su aparente tosquedad era capaz de realizar, en un solo golpe de codo, un volantazo arrancándole el retrovisor a algún coche confianzudo, un cortamiento de los viejos y multicolores boletos de cinco cifras, la recepción de nuestros mugrosos billetes y –con el par dedos que le sobraban al costadito de la mano-el rejuntamiento de las monedas para el vuelto, previo cálculo mental del mismo. Su contacto con el mundo, con la Tierra, su roce con materiales nobles como el papel, el estaño y el peluche ese con que cubrían el volante era cotidiano y profundo, y podemos imaginarlo practicando el froteurismo con sus cortinillas en zig-zag, sus dados afelpados y la bola de acrílico que a veces recubría la palanca de cambios. Era un Hijo de la Naturaleza en conexión con su entorno y con los seres que lo rodeaban, frente a quienes debía realizar media docena de operaciones simultáneas y al tiempo mantener una conversacion fluida, un ida y vuelta del esquema comunicacional de Jakobson en el que estuvieran incluidos cálculos aritméticos correctos, indicaciones geográficas adecuadas e información precisa que cubriera sección, calle y precio, todo sin desviarse de su recorrido preasignado o matar a alguien, cosa que –admitámoslo- ocurría de vez en cuando. El colectivero de antaño, con su impronta de kiosquero al volante, semejaba al viejo calesitero con su pera de madera y sortija de la Tentación; un artesano embroncado, viviendo los Últimos Tiempos, consciente de que su oficio está siendo absorbido por la vorágine del Progreso, mirando con desconfianza cada pequeña amenaza de amague de insinuación de asomo de sombra de sugerencia de cambio, éste ofreciendo maliciosamente el dulce de la vuelta gratis, aquel fingiendo que el servicio que prestaba era un favor y brindando de vez en cuando el néctar reparador del boleto capicúa. Era el viejo colectivero un coloso urbano, graciosa mezcla de vendedor ambulante y banquero, de repartidor de figuritas y arriero, descortés y al borde del soponcio a veces, pero terrenal y concreto, sus yemas sucias de tinta de boleto, mugre de billete y verdín de cobre.



EL COLECTIVERO DE HOY: ¡Ciencia, Tecnología y Cerebro es la Santísima Trinidad del acarreador urbano del siglo XXI! Rodeado de maquinolas relucientes, botoneras, teclados, pantallas de cristal líquido y luces que hacen “bip”, “bop” y “bubip”, nuestro robótico héroe se encuentra cada vez más arrinconado por la Furia del Progreso, su retaguardia custodiada por la soviética Caja de Pandora conocida como “La Máquina” que aún engulle medievales doblones y escupe papelitos de fax, y ahora rempujado de perfil por las Nintendescas lectoras de tarjeta Sube, sofisticadas contables de cargas virtuales y dinero abstracto. Para ambas tecnologías cuenta con teclados separados e independientes, posibilitando –y por qué no estimulando- la atención simultánea de dos pasajeros, sacudiéndolo a empellones contra las cuerdas de la escisión de la personalidad a menos que desarrolle, como un bandoneonista o una mecanógrafa profesional, una destreza dactilar automática que le permita no estrellarse contra edificios y peatones mientras realiza estas complejas operaciones financieras. Debe entonces el Moderno Motorman procurar que las molestas Unidades de Carbono que lo importunan con preguntas, reclamos, quejas y curiosidades sean lo más insignificantes y no-visibles posible, y solicitar un tercer o un cuarto o por qué no quinto aparato (¡que tal vez lea códigos de barra tatuados en el brazo como quiere la Bestia, o escanee nuestro ADN y nos descuente automáticamente centavos o genes!) que lo aísle por completo del imperfecto mundo de la Carne, la Asimetría y el Pecado, para así concentrarse en la relación íntima con sus nuevas ¿aliadas? ¿compañeras? ¿amantes? de silicón, plástico y circuitos integrados; y entonces digievolucionar en una neo-criatura de pesadilla para poder sobrevivir, en un arrogante “Mano” de Oesterheld, una criatura de mil dedos manejando el “Cronomaster” (¿acaso no es el viaje en el tiempo la próxima frontera que buscarán traspasar los paladines de la UTA?), deslizando sus superpoblados brazos por sobre teclas y botones, practicando caricias y shiatzus, movimientos casi eróticos por sobre la fría botonera, seduciéndolas, integrándose con su corazón de polipropilenatuto, adamantium y tritonio hasta perder su Alma por completo, fundir su carne y huesos con los nanotubos de carbono de los aparatiuquis esos hasta reconfigurar sobre sí mismo aquellas abominaciones biomecánicas de H.R. Giger. Bienvenidos al Futuro. Bienvenidos al Horror.


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