martes, 11 de septiembre de 2012

¡McDonalds 1 – Fontevecchia 0!


Si alguna vez tienen la peregrina idea de pedir un combo de algo en McDonalds se encontrarán, desde hace algunos meses o tal vez años, con la siguiente novedad: El cúmulo de colesterol y ácido úrico coloridamente empaquetado con el que agredemos nuestros sentidos es acompañado, ahora, merced a alguna campaña en pos de la alimentación saludable (o alguna ley trasnochada promulgada por algún partido progresista), por fruta. Como para compensar y estimular buenos hábitos en nuestros niños.



No se trata sin embargo de cualquier fruta. Debe ser la peor fruta seleccionada de la peor granja transgénica iluminada con los peores tubos fluorescentes más sórdida, triste y artificial del planeta. Consiste en cuatro o cinco pedacitos de manzana, de un color macilento y moribundo, empaquetadas en un pequeño ziploc plástico. No, no es la imagen que tenemos de “fruta”. No es una manzana lustrosa y rebosante, gorda y roja como los labios de una muchacha en la flor de la edad, una manzana que despierte un deseo casi lúbrico de morderla y sentir sus jugos invadiendo nuestra lengua y garganta. No es una manzana poderosa, insolente y provocativa. No, no. Es el despojo de una manzana. Una manzana que ha fracasado en alguna misión y se la ha enviado aquí: “Su próximo destino, Fernández, será una de esas bolsitas que vienen en un combo de McDonalds” “¿Pero por qué, qué hice??? ¿Qué hice??? Ah, pará. Lo del Informe Kloosterboer. Bueno, a cualquiera se le pierde una carpeta en una feria de ‘Cosplay’. ¡No soy perfecta, soy un ser humano! Bah, ni siquiera: Soy una manzana. Buéh”, dice la pobre manzana. Se trata de una manzana reducida a la servidumbre.



Fíjense qué taimados esos tipos de McDonalds: Les habrá llegado por algún canal indeseado la orden de incluir fruta en su menú, y han reaccionado rápidamente. “¿Querés fruta? Yo te voy a dar fruta. Pero te voy a dar fruta a la manera de McDonalds”. Y así nos entregan una manzana civilizada, domesticada y humillada, una manzana envuelta en plástico; un plástico con la aparente e inobjetale misión de protegerla de las bacterias y la descomposición, pero cuya misión última es transformarla en un producto artificial y lastimoso. Con el resultado esperable: que no queramos probar esta manzana ni bajo apremios ilegales, y probablemente ninguna otra manzana en nuestra vida, y que a su lado el Cuarto de Libra con Queso nos parezca un plato artesanal cocinado por una abuelita.



Así actúa McDonalds: Con astucia e inteligencia maquiavélica. Por eso han llegado donde han llegado.



En el otro extremo, el extremo de la torpeza estratégica, está la revista “Noticias”, con la famosa tapa de la “Cristina Erótica”. Francamente a mí, lector y colaborador de revistas humorísticas con caricaturas políticas y dibujos de pijas, no me escandaliza un ápice la anti-jugada maestra de Fontevecchia (aunque supongo que Fontevecchia no estaba pensando particularmente en mí, mal que le pese a mi ego). Me asombra en cambio, que este muchacho pulcro y exitoso, corte de pelo impecable y rostro de monaguillo no haya evaluado la caracterización inmediata que hacemos de él. Porque la tapa con Cristina orgasmeando y autosatisfaciéndose (o sea, en realidad una persona normal), y el texto donde se la describe como “procaz” y “sensual” -lo que supongo le habrá conseguido millares de inesperados adeptos a la Presidenta (hablando de voto a los 16 años)- puede resumirse, teniendo en cuenta el público anti-K al que va dirigida, en una sola línea o mensaje, el mensaje, el subtexto que Fontevecchia quiere en realidad transmitir: “Cristina es una mujerzuela”.



Ni más ni menos y con un lenguaje menos florido es lo que nos quiere decir el amigo Fontevecchia; ¿y qué clase de persona es la que dice eso de una mujer? No imagino, por ejemplo, a Adolfo Pérez Esquivel, James Bond o Popeye (por citar sólo a algunos de mis máximos referentes morales) expresándose así. No, el identi-kit no es muy halagador. Suele ser el grito de batalla de ex novios rechazados, desesperados, impotentes y resentidos, con manchas de tuco en la remera, ahogando sus penas en ese veneno llamado Quilmes y porno, llamando a hot-lines o a la casa de la madre de su ex novia y de cuando en cuando, escribiendo su número de teléfono en baños públicos (“Soy re puta. Llamame. Evelyn”) junto a dibujitos de porongas de diversos tamaños. La clase de situación por la que más de un varón ha pasado alguna vez pero que le gustaría ocultar en el rincón más profundo y vergonzoso de su memoria y que lo obliga a evitar –poseído por el oprobio- las amistades a las que le quemaba la cabeza con su obsesión marital y autoconmiserativa; esta situación bochornosa, íntima y despreciable, Fontevecchia ha decidido temerariamente exhibirla al mundo y descender de su imagen de poderoso yuppie periodístico opositor a la de gordo llorón revolcándose en sus fluidos.



Fíjense qué resultados tan diferentes: Con un par de gramos de plástico, McDonalds vence y destuye a un enemigo que existe desde tiempos inmemoriales (la fruta), mientras que el vano intento de Fontevecchia lo transfigura en un personaje secundario de un cuento de Bukowski. Le aconsejo algún cursillo de autoestima con uno de esos tipos que trajo Macri, y sobre todo de estrategia política con Ronald McDonald.


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