lunes, 6 de febrero de 2012

¡Lanzan distopía ucrónica con el tema de la SUBE!


Kirckpatrick House acaba de anunciar el lanzamiento de “SUBE”, la nueva novela de Graham McGarrahan, el excéntrico novelista inglés que cuenta con hordas de fanáticos entre esa sub-clase inferior de lectores que leen historietas y cositas de ciencia ficción y compran muñequitos y andan mucho en el Facebook y en la pavada.



El excéntrico y bizarro novelista ya ha sido tentado por Hollywood para convertir su obra en una trilogía cinematográfica, oferta que desde su castillo en ruinas de Edimburgo ya ha rechazado enfáticamente: “No primero porque tendría que ponerme a escribir las dos segundas partes y aparte ya sé que me la van a hacer mierda, y segundo porque sólo la haría a cambio de que inventen un hongo alucinógeno que no dé cagadera”. Rumores dicen que la Warner ya le habría encargado a su división de manipulación genética que se ponga a trabajar en dicho hongo. Mientras tanto, varias docenas de guiones ya habrían entrado en preproducción e incluso los hermanos Wachowski ya la habrían filmado enterita, para que cuando llegue la ansiada autorización (si es que llega) sólo tengan que mandar al pibe de la moto a los cines de todo el mundo (Algunas de las escenas –el 99 % de las mismas, salvo dos o tres partes donde el tipo piensa- ya se habrían filtrado a Internet, por lo que los Wachowski ya estarían terminando la segunda parte, mientras esperan que McGarrahan escriba la novela en la que se basa el guión).



La novela narra, como todas las novelas de McGarrahan, una bizarra distopía ucrónica (aunque hay cierta polémica entre la crítica acerca de si es una distopía ucrónica o una ucronía distópica, o tal vez ambas) ubicada en un futuro cercano e imperfecto, donde el Gobierno controla los viajes en colectivo de todos y cada uno de los ciudadanos a través de la tarjeta SUBE: ¿Realidad o fantasía?



El objetivo de este gobierno totalitario es someter a la ciudadanía a su control a través de una élite fascista de expertos en logística urbana (llamados “Los Taxistas”), que evalúan el desempeño de los ciudadanos a bordo de colectivos y subtes y los aconsejan, premian o condenan según los distintos casos. Aquellos que toman los colectivos correspondientes y en hora son premiados; aquellos que se suben a un colectivo, se dan cuenta a la mitad de que va para el otro lado o no es el colectivo correcto, tocan el timbre gritando “¡Parada! ¡Parada!” y se bajan por adelante, son multados y/o encarcelados. Todo re delirante y re bizarro.



La novela arranca cuando Milton Mordechai, un insignificante ingeniero empleado del Secretariado Estatal de Planeamiento Edilicio Paraestatal decide esperar el siguiente 67 “porque venía muy lleno”. A los pocos minutos, un “Taxista” lo llama para recriminarle que su deserción acaba de redundar en una baja de 0,72 % en la eficiencia del transporte colectivo. Mordechai intenta defenderse explicando que en el 67 anterior había subido “una vieja que llevaba dos bolsos de este tamaño con videocassettes viejos”, pero la protesta sólo sirve para que su Taxista lo cite en el Ministerio de Traslados Intraurbanos.



Cuando llega al Ministerio, su taxista le pregunta por qué no se tomó el 152, cuyo recorrido es mucho más directo que el del 59, o en todo caso por qué no se tomó el 60 y luego el subte, te bajás en tribunales y caminás cuatro cuadras a paso sostenido por la vereda par de Uruguay (que es más ancha y por lo tanto tiene menos obstáculos). Además volvió a dejar pasar un 59, perdiendo valiosos 7 minutos. ¿Qué pasó? ¿Acaso fue al kiosco que está en la esquina de Cabildo y Monroe? ¿Para qué? ¿Qué necesidad había? ¡Si no necesita comprarse una Rodhesia para conseguir monedas! ¡Ahora tiene la SUBE! Aparte si quería un alfajor también es medio cuestionable porque tiene un par de kilos de más. A continuación, en una de las escenas más bizarras y delirantes que se hayan leído, el taxista le requisa la tarjeta SUBE y-explicándole que está “a prueba”- le coloca una tobilllera con localizador (pero se la coloca en el recto), que lanza una descarga eléctrica cada vez que el usuario se toma un colectivo innecesario o erróneo, mientras simultáneamente larga una voz que dice “¡Pero no, tomate el que viene atrás, este va para Congreso, tomate el que viene atrás!”



¡Mordechai, entonces, no aguanta más y se une a un grupo terrorista de cyberpunks del transporte (entre las cuales hay una chica con el pelo teñido de azul y un arito en el clítoris con forma de jeroglífico egipcio, vestida con un enterito de plástico negro que se llama “Scherezade”)! Éstos se dedican a robar monedas, fundirlas y con la materia resultante falsificar tarjetas SUBE, que al ser pasadas por las maquinola transmiten una información contradictoria –tipo te subís al 766 en El Paestro y Desembargador Barroso y la tarjeta marca que te subiste al 1 en De Vicenzo y Av. General Vilcapugio. El poder de la élite de Taxistas es tan grande que la información, en lugar de ser descartada, pasa al Minsiterio de Megaplaneamianto Urbano, que reestructura la ciudad según el falso trazado resultante. Todo re bizarro y re loco y re delirante.



Mediante una serie de reconstrucciones parciales programadas por esta información falsa pre-diseñada, el grupo de guerrilleros post-apocalípticos del transporte fuerza al Gobierno a reconstruir la Ciudad en forma de espiral ascendente donde el Ministerio queda en la punta de todo, hasta que –al colocar el último ladrillo- éste colapsa y cae al abismo. ¿Un símbolo sobre la futura caída del poder Estatal? Y Mordechai tiene sexo con la chica vestida de plástico negro.



La novela, que mientras termino de escribir esta nota ya está agotada – lo mismo que su continuación y la tercera parte- ya ha sido superada en ventas por otra trilogía escrita por McGarrahan (recién), acerca de una bizarra y pesadillesca ucronía distópica y/o distopía ucrónica que gira alrededor de que bajó el kilo de limón (recién).


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