Teoría: Las emociones de verdad vienen acompañadas de sonidos inarticulados. Si no es muy muy muy muuuuuy discutible. Tal es el fenómeno que acompaña la risa sincera, franca, cargada de gorgoritos, respiraciones y esputos (la famosa “risa física” ©Igor); la tristeza, con sus moqueos e hipos asmáticos; el enojo, expresado a través de gruñidos y frases entrecortadas de hombre primitivo; y el amor erótico, con su batería de gemidos y babeos varios.
Pone esto en el paredón de los sospechosos una emoción por la que no tengo gran simpatía y que actualmente goza de excelente prensa: La indignación. Una “emoción” pocas veces vista en seres incapaces de mentir, como por ejemplo, el león o el pulpo. Hemos visto a nuestros parientes cercanos los gorilas golpearse el pecho llenos de ira y a los chimpancés lanzar carcajadas, pero no recuerdo a ninguno indignarse, ni siquiera por motivos simiescos.
Se trata de una emoción de juguete, del saborizante artificial de las emociones: Una emoción compuesta casi exclusivamente de nuestro efecto especial favorito, las palabras, sean orales o escritas, y no con demasiada variedad de ellas; y por lo tanto muy fácil de fingir, si no imposible de expresar de otra manera que no sea con cierta proporción de “acting”.
Pero el indignado prolifera. Es una emoción barata y que presta grandes dividendos: Cuando te indignas, oh, Indignado, tu habitual rostro bovino e intereses insignificantes son amortiguados tras un velo de grave majestad, acompañado de ceño fruncido y perfil marmóreo de prócer. Poderes, facultades y licencias especiales te son conferidas tras la declaración a los cuatro vientos de que estás indignado.
Cuando te indignas, te es permitido dejar atrás argumentaciones, racionalidad, autocrítica y sentido del humor, todos esos requisitos que se nos exigen al resto de los mortales para ser invitados a una fiesta; con la diferencia de que a ti te seguirán invitando, incluso tal vez te conviertas en el Invitado de Honor, ¡porque estás indignado! ¿Quién podría rechazar, ignorar u ocultar su admiración por un individuo tan indignado y con el ceño tan fruncido que parece que tuviera un mapa rutero en la frente? ¿Acaso su indignación no le convierte en el más probo de los hombres? ¿Acaso su sola declaración -a través de una serie de refranes e idiotismos extraídos del gran Carrió Ilustrado (o Jorge Jacobson, u Horacio Embón, o el Indignado que vd. quiera utilizar de arquetipo) – de su estado de indignación no lo coloca automáticamente y sin derecho a interpelación en el lugar del Fiscal, donde el acusado sólo tiene puede defenderse lastimeramente entre dudas y tartamudeos y el desconcierto de no estar seguro cómo o cuándo ha llegado al banquillo?
Tiene además el Indignado otro Poder, omnímodo y abarcador, que es -¡porque está Indignado!- la capacidad de convertir en acusado, reo y condenado a quienquiera que se le ponga delante, de cualquier edad, raza y sexo y por el motivo que sea. ¡Ay entonces de quien se atreva a cuestionar la legitimidad de su Indignación! Porque entra entonces el Indignado en una vorágine de auto-reivindicación que lo habilita para subir el volumen de su “emoción”, ya que, ¿a dónde irá a parar el mundo si alguien se atreve a indignarse por mi indignación? ¿Dónde me coloco, cómo me defino como persona y cuál es el rol en mi vida si alguien se indigna contra mí? ¡Contra Míiiiii! ¿Estamos todos locos? Se trata de una situación inconcebible e irracional para quien ha elegido el camino, y entonces arrasa, en su meta-indignación, con más pompa y rayos y centellas y los brazos girando locamente como aspas afiladas, acusando a tirios y troyanos de falsedad ideológica, intereses ocultos, sacrificios humanos y locura lisa y llana. Y ni hablar si al Indignado le decís “bajá un cambio, gordo catrasca”.
En este sector del mundo y en este segmento de la Historia, el Indignado la tiene demasiado fácil y demasiado impostada para que los hombres y mujeres de bien nos subamos a su carro. Por eso, véngase el prójimo con alegría, miedo, tristeza o incluso enojo, pero quien quiera exhibirme su indignación por el motivo que sea, sepa que no tiene en mí a uno de sus adoradores o sus víctimas, y sí a un muchacho con mucha imaginación visual que en el acto lo estará representando mentalmente con gorro de bufón con la etiqueta “Farsante”, belfos babeantes, plumero en el culo y montado sobre el más viejo y feo de los asnos.
jueves, 2 de febrero de 2012
¡Desnudan una “Emoción de Juguete”!
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