sábado, 18 de agosto de 2012

¡Revelan drama oculto tras el boom gourmet!


Martín (36) es un exitoso profesional del marketing, lo que le permite sostener un buen pasar para él y su familia, conformada por Estela, su mujer, y sus hijas Diana y Zoe. “Estamos por terminar de construir nuestra cabañas de vacaciones en Santa Ana, Uruguay”, cuenta, con orgullo, mientras nos muestra algunas fotos de lo que parece un lugar paradisíaco. En suma, Martín es un ejemplo más de los miles de argentinos que logran salir adelante pese a los vaivenes económicos del país.



Sin embargo, un nubarrón opaca la mirada de Martín cuando le mencionamos el tema que nos ha traído de visita, un poco porque el deber es el deber y otro poco porque nos dieron bronquita las fotos de la cabaña. Y con las mejillas pálidas por la desesperación, admite: “Y… Ese fantasma siempre me acompaña”.



Y con “fantasma” no se refiere Martín, claro, a un espectro transparente de ropajes anticuados y cadenas arrastrándose mientras ulula agudamente, sino a un problema personal que tiene; es una forma de referirse a este problema. O sea, no es un fantasma de verdad. Esta no es, desde luego, una columna sobre fantasmas. Ya habrá tiempo de hablar de fantasmas en otra ocasión. No, hace falta aclararlo. ¡Uh, loco, cortala con los fantasmas, no existen los fantasmas ya lo expliqué diez veces!!! Martín, en lo que respecta a su “fantasma”, no sabe leer recetas de libros de cocina.



Martín se apresura a aclarar que no tiene ningún problema con la lectura per se. “Sé leer, sé leer, eh, sé leer”, cosa que le creemos, dado su título terciario. Incluso aclara que lee “libros difíciles” y que una vez leyó un libro “así” en una semana. El problema particular de Martín respecto de las recetas de cocina, compartido secretamente por miles de personas en el mundo, tiene que ver tal vez con cierta perversidad de sus redactores.



“La otra vez agarré una receta que parecía facilonga. Besugo a la vasca. Empiezo, leo los ingredientes, empieza bien, tipo, salar, pimentar, salpimentar, rehogar, todo bien. Se entiende y todo. Y de golpe, en la mitad de la receta, te ponen una palabra en otro idioma. Por ejemplo, ‘bermize las alcaparras’. O ‘sampopie las zanahorias. Reservar’. Y ahí, viste, es como que me taro. No puedo seguir concinando si no sé lo que es la cosa que tengo que hacer, entendés.” Y entendemos. Claro que entendemos. Porque también nos hemos topado con ‘chupine los limones’, o ‘sumbudrule los tomates en sorquejos’.



“Lo que pasa es que hay mucho libro de cocina editado en España, y estos gallegos de mierda hablan en otro idioma”, dice Germán Morrales, Presidente de la Cámara de Edición de Libros Bien Argentinos y Peronistas. “Y eso le trae a la gente muchos perjuicios, porque lee las recetas y se frustra, porque no las puede hacer.” “¡Y encima las fotos!”, se queja Martín, casi en un hilo de voz. “¡No sabés lo que son las fotos! ¡Se me hace agua la boca! Pero claro, llego a la parte en la que hay que desmejar el besugo y sorrobollarlo en aceite de jíjola, y no puedo seguir. Me quedo a la mitad y el besugo se queda crudo y lo tengo que tirar!”, confiesa, aguantando el llanto.



A veces, cuenta Martín, la pesadilla ya empieza en la lista de ingredientes. Dos cebollas, OK. 400 gramos de jamón, OK. Una taza de harina, OK. Al final de todo dice “Media docena de fuldabros tiernitos, en lo posible de granja”. En esos casos, Martín prefiere arrancar la hoja y tirarla. Vemos el resultado: una biblioteca repleta de libros desgarrados y magros, como un campo de batalla sembrado de soldados mutilados.



“La otra vez ya había marinado el pollo”, cuenta Martín. “Lo había cortado, salpimentado, condimentado y rehogado. Iba todo bien. Pensaba ‘esta la termino, esta la termino’, no te imaginás la emoción. Y entonces, después de sacarlo del fuego, vino la puñalada: ‘Azbudije el pollo con un mochoto de acero inoxidable’.” Martín suspira, lleno de desaliento. “Lo tuve que tirar. A partir de entonces, cada vez que me sale ‘azbudijar’ algo, yo pruebo igual. Por ejemplo, ayer intenté hacer una mezcla de ‘rehogar’ con ‘cernir’, a ver si azbudijar es eso: Rehogué medio kilo de carne picada en un colador. Y sí, el colador lo tuve que tirar. La carne picada también.” El presupuesto de Martín en sartenes, ollas, panquequeras, planchas, asaderas, pizzeras, fuentes de vidrio y hasta palanganas empieza a ser preocupantemente alto. “Mi jermu me dijo que si vuelvo a freír camarones en la licuadora, que me vaya buscando un depto”, dice, y por su semi-sonrisa amarga, no sabemos si es en serio o no (o sea, no sabemos a qué parte de la semi-sonrisa hacerle caso).



“Lo que hay que hacer acá es cerrar las fronteras a los libros de cocina de España”, predica Morrales con vehemencia. “No puede ser que con el hambre que hay en la Argentina la gente tenga que tirar un lechón porque en el momento apropiado no sabe ‘bermizarlo’. O que caiga el consumo de pescado porque la mitad de las recetas tienen pogochos de Balmacete como guarnición. Es una vergüenza.” “¡Y la humillación! ¿Sabés las veces que el verdulero de la esquina me vendió perejil a precio de oro diciéndome que eran sofroluchos –que parece que con salmón van como piña? Pero yo te juro que la próxima vez no le compro, o se lo compro a mitad de precio!”, se indigna Martín. Y agrega “¡Uuuuna quiero hacer! ¡Uuuuuna!”



Antes de dejarlo le prometemos a Martín, para apaciguar su llanto, que le enviaremos un kilo de bogdabolos para hacer el mondongo a la Metusalena que tanto lo frustra, ya que tenemos un tío que los cultiva en Florencio Varela. Mentira, pero nos da cosa.



Esta es una campaña de bien público. No seamos indiferentes al drama de tantos argentinos que, como Martín, no saben leer recetas de cocina de libros editados en España. ¡Glarsopémolos!


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