lunes, 13 de agosto de 2012

¡Novela con problemas técnicos: El múltiple!


(Novela hipotética con el problema técnico de que el tipo se encajeta mucho con escribir desde el punto de vista de varios personajes)



No fue una buena noche. No, no lo fue. Se suponía que era una elegante salida familiar a un elegante restaurante italiano. Yo con corte de pelo del mediodía, Eve preciosa en su vestido color melocotón, los gemelos recién bañados y expectantes. ¿En qué momento se desbarrancó todo? Empezó con un chiste, un sencillo sarcasmo dicho entre dientes. No pensé que Eve se sentiría herida, ni tampoco fue mi intención. ¿O tal vez sí? Años de resentimiento matrimonial. Ya es difícil discernir dónde termina al amor y dónde empieza esa mezcla sucia de comodidad, acostumbramiento y deseos de asesinato reprimidos que, por otra parte, está presente en todas las relaciones humanas. Y luego, la paulatina agresividad surgiendo de nuestras bocas, los gritos, las acusaciones, las lágrimas. Y Jill y Tommy mirándonos con ojos tristes. Pero ahora esto. El policía que me detiene para inspección “de rutina”, y al que no le hará falta ser Columbo para adivinar lo completamente borracho que estoy. La humillación que faltaba. No necesito esto frente a Eve, y menos frente a los gemelos. No lo necesito frente a mí mismo.



En la mañana llamaré a Horton. Esta fue la gota que rebasó el vaso. No puedo seguir junto a él. Horton intentará calmarme. Me preguntará si aún lo amo. ¿Y yo qué sé? ¿Acaso tiene algo que ver? Ya hace tiempo que el amor no forma parte de mis preocupaciones. Simplemente ya no puedo mirar a Loomis, porque de Loomis estoy hablando -porque yo soy Eve, la esposa de Loomis, como me gusta aclararme mentalmente cada tanto, en la eventualidad de que mis pensamientos fueran leídos por alguien a continuación de los de Loomis y hubiera que evitar confusiones- sin una sombra de ira. Sin el desprecio que me inspira su hipocresía, su tacañería, su gusto barato. Iba a hacer una noche especial, donde intentaríamos por un rato volver a ser la familia que éramos. Pero no, él no lo permitiría. Él tenía que hacer esos comentarios sobre Esther. Él sabe bien cuánto me duele. Por esas cosas es que no soporto verle a la cara. O por la pantomima patética que está a punto de ensayar, tratando de ocultarle al policía que está borracho. Si hacía falta algo para que revise mi celular buscando el teléfono del bufete de Horton, era este espectáculo ni siquiera triste.



¿Irá papá a la cárcel? ¿Mi papá, que se llama Loomis (así como yo me llamo Jill, porque soy Jill)? ¿Y mamá? ¿Mamá irá a la cárcel, también? ¿Quién conducirá el coche en ese caso? ¿Tommy? ¡Espero que no sea él! ¿Cómo llegará a los pedales?



Ok, tenemos un 412. Puedo sentirlo desde aquí. Pobre bastardo. Se nota desde lejos no sólo su borrachera sino su completa y total infelicidad. La veo en sus ojos, y en sus manos. Papá decía que se puede adivinar la felicidad de un hombre mirando cómo mueve sus manos. Cómo sus dedos se agarrotan por la tensión constante de negar que su vida es un infierno, amoratando sus nudillos. Dejándole marcas varicosas. Y el Señor sabe que aprendí a prestarles atención. Un policía debe hacerlo –porque soy un policía- o no sobrevivirá mucho a las calles, a las armas de los adictos al crack surgidas de entre la ropa, a los puños lanzados por los borrachos beligerantes, a los puñales de los jóvenes miembros de las mafias latinas. Pero nada debo temer esta noche. Este tío está demasiado vencido para intentar mano, así que sus manos son sólo eso: Manos tristes.



No debo tambalearme. Si algo útil me enseñó papá –papá, con su eterna ebriedad leve de whisky de centeno- es cómo disimular el tambaleo en cuanto uno se acomoda fuera del auto. Porque soy Loomis –el que estaba manejando recién- y el policía me ordenó salir del auto. Eso es. El pie derecho se golpea, como para enterrarlo en el asfalto y el tercero lo sigue, amagando la misma patada pero aterrizándolo levemente, como para que el cuerpo tenga tiempo de acomodarse y disimular el serpenteo involuntario. La mirada tranquila, pero los párpados deben tironear un poquito hacia arriba, sólo un poquito, porque los ojos de huevo duro no suelen ser una señal tranquilizadora. Y todo debo hacerlo fingiendo que los ojos de Eve taladrándome la nuca me importan un comino.



Si Tommy, mi hermano gemelo, porque yo soy Jill, intenta manejar, le recordaré que soy la mayor por quince minutos. Y que tengo piernas más largas. Él puede mirar el mapa. Papá lo guarda en esa puertita que hay en el asiento donde viaja mamá y Tommy puede leerlo y decir por qué camino podemos ir. Sé cómo entrar luego a casa, por la ventana por la que entra papá los viernes de madrugada. Le he visto, sé cómo hacerlo y luego cómo dejarla para que parezca cerrada. De ese modo cuidaremos que no entre ningún ladrón hasta que papá y mamá vuelvan a casa.



Yo creo que decididamente si pelea un Megazord contra un Autobot, debería ganar un megazord. Parecen más grandes. Estoy seguro. Jill, que es mi hermana gemela –por eso pensamos de forma parecida y si nuestros pensamientos estuvieran escritos aparecerían con el mismo tipo de letra- no sabe nada de estas cosas, con sus tonterías de Barbie y Hannah Montana. No, no lo sabe. ¿Y por qué tarda tanto papá?



Patético. Esa es la única palabra que se me ocurre. Eres patético, Loomis, y estoy cansada de negarlo, de negárselo al mundo y sobre todo de negármelo a mí misma. Pará. Porque soy Eve. No me canso de aclarármelo a mí misma. Especialmente por las dudas, por si se me rompiera la función que pone las letras en itálica en el caso de que nuestros pensamientos estuvieran por escrito, y eso me importa porque, porque, esteee, porqueeee, ¡porque trabajo de editora en una pequeña editorial de New Jersey! Sí, eso es. Por eso siempre pienso en estas cosas y ando aclarándomelo mentalmente, incluso en esta situación. Bueno. En fin, la cosa es que es patético. Hasta ese triste policía, que no parece muy feliz de estar en el camino a las dos de la mañana, ve a Loomis con lástima. Patético.



Debería dejarlo ir. No es un mal tipo. Sólo ha tomado algunas decisiones equivocadas. Como tomarse un par de copas de más en una salida familiar. O como hacer una salida familiar, o como formar una familia. Ya se nota que tiene castigo suficiente con su propia existencia Y Dios sabe que necesito tanto arrestar un tipo y pasar el resto de la noche llenando el papeleo como una segunda apendicectomía. Ojalá que todo eso sea lo que esté pensando el policía, así me deja irme (pará, porque soy Loomis y me quiero ir a mi casa). Y ahora, ¿por qué va a hasta la patrulla?



Ok, lo dejaré ir. Pero obviamente no tiene que salirle gratis, así que fingiré que voy a la patrulla, a hablar con el precinto. Diré mis palabras y números técnicos de rigor, algunos inventados, con los que a los policías (porque yo soy el policía) nos gusta aterrorizar a estos pobres diablos, y luego volveré y le diré “Vuelva a casa, señor, y maneje con cuidado” Y pensaré “y choque contra un poste, como si me importara”. Ojalá que eso sea lo que esté pensando el policía –porque soy Loomis y me estaba imaginando lo que pensaba el policía. Y ahora me lo imaginaba con otro tipo de letra, porque me imagino que si todo esto estuviera por escrito cada uno de nosotros hablaría con un tipo de letra distinto, en el párrafo anterior (porque si esto estuviera por escrito lo que pensé hace un ratito estaría como en otro párrafo) medio que no me di cuenta y pensé todo con la misma tipografía; y aparte pienso mucho en estas cosas porque yo que soy Loomis trabajo en una pequeña editorial de New Jersey, ¡claro! La misma donde trabaja Eve, de hecho ahí fue donde nos conocimos. Claro, no es una casualidad, o sea, es perfectamente creíble todo esto que estoy pensando. Todo cierra. Bueno. Bueno, ojalá que el policía piense todo eso.



Si no fuera por los niños desearía que lo arresten. Tal vez eso le enseñe algunas cosas. ¡Maldita sea! ¿Cómo terminamos así, dos jóvenes promesas del mundillo editorial de New Jersey? Arrinconados a un costado de un camino oscuro, evaluados por un policía que no parece muy feliz de estar aquí a las dos de la mañana. Pará, porque ahora soy Eve. Y mi otro problema es que yo también me tomé dos bloody marys (Dios sabe que antes de casarme con él lo más fuerte que bebía era Ginger Ale), así que, ¿quién manejará? ¿Tommy? ¿Cómo llegará a los pedales? Y encima con esta extraña sensación de que, si mis pensamientos fueran transcriptos a una novela, estaría tan borracha que ni siquiera podría pensar con mi propio tipo de letra, sino con el tipo de letra del policía, y que encima a él sí le funcionaría la itálica. ¡Maldita sea, no puedo dejar de pensar como editora! ¡Voy a volverme loca, loca, loca, ja, ja, ja, ja!



Señor, deberá acompañarme a la jefatura. Eso debería decirle. Sí, es lo más prudente. Eso es lo que el policía está pensando decirle a papá. ¿Y quién manejará? Mamá también tiene ese olorcillo gracioso. ¡Tengo miedo! ¡No creo que pueda manejar, y Tommy aún no lee bien! ¿Cómo leerá el mapa? Pará, eso es lo que están pensando mis hijos, y con ese tipo de letra, porque soy Loomis. Y yo sigo pensando en ese tipo de letra (en el caso hipotético de que esto estuviera por escrito), para expresar lo identificado que estoy con ellos y porque estoy borracho y medio cagado en las patas y no puedo cambiar de tipo de letra. Patético. Eso es lo que estoy pensando. Ah, no, pará, esa es Eve. Ahí está, soy Eve. No, pará. Ahí está, eso es lo que está pensando mamá de pap… No, pará, los niños no pensarían en una forma tan compleja y sofisticada. Loomis nunca los estimula. La última vez que los llevó al teat… Pará. Pará. No, pará, si Loomis soy yo.



Si sólo apareciera Optimus Prime, podría llevarnos y podríamos ver la tele. Eso es lo que debe estar pensando el niño, que tiene cara de ser medio fanático de los Transformers. Me lo imagino así, con ese tipo de letra, pienso en esas cosas porque soy edit… No, pará, Soy policía, porque soy el policía, y… Esteeeee…



(Se suspende la novela por problemas técnicos)


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