lunes, 13 de agosto de 2012

¡Macabra conclusión sobre cerrajería!


Y ALLÍ UNA VEZ MÁS ESTABA YO COMO TANTAS OTRAS VECES, TREPÁNDOME A UNA MEDIANERA COMO UN VULGAR RATERO PARA ENTRAR A mi propia casa. Pasando –como tantas otras veces- por la casa del vecino de la ocasión (en este caso una anciana que no paró de demostrarme que estaba completamente aterrorizada por mi presencia en su hogar mientras me conducía hasta su terraza al gemido de “Ay, Dios”, “Ay, Dios”) y perturbando la vida y los negocios de otras personas. Pero pregunto: ¿puede alguien declararse totalmente libre del Pecado Venial de Dejarse las Llaves Adentro, o de Ser Víctima de los Cerrojos que se Rompen? Y no es que quiera echarle la culpa a la casa en sí –ya que el chiste me fue realizado en por lo menos tres propiedades diferentes- pero evidentemente la culpa no es enteramente mía, sino de la Sociedad, ya que no se habría creado la profesión de Cerrajero Urgente 24 Hs. de no ser esta calamidad “algo que más tarde o más temprano, te pasa”.



Pero voy aún más allá: ¿Puede el Hogar considerarse un Hogar si uno aún no ha accedido a él por medios no tradicionales? ¿Puedes tú jactarte de ser el Amo y Señor de tu castillo si entras a él todos los días maniobrando con tus patéticas llaves como un boludo? ¿Acaso la verdadera Libertad –en este caso, la Libertad de entrar a nuestra casa para estar con nuestras cositas- no es aquella que se toma sin permiso? ¿Acaso debemos pedir anuencia para abrirle nuestro corazón a la mujer que amamos, confesarle la verdad a nuestros hermanos de Alma o enviarle un mail amenazante (precavidamente anónimo) a Fernández de Cotaduría?



¡Declaro, expongo y postulo que no! ¡Rechazo enérgicamente la idea de que MI casa, el lugar donde el Guerrero reposa sus huesos, donde descansan ordenadamente mis libros de numismática y criptozoología forrados en cuero marroquí, donde me relajo putualmente a las 19:30 con un vaso de scotch con soda junto a mi cuervo embalsamado, donde mi amada y mis niños duermen cuando nos cobija la Reina de la Noche deba permitirme su acceso a través de un ingenio mecánico confeccionado por un artesano cuasi-medieval, como si fuera un extraño y no el Dueño de Casa (en el sentido amplio de la palabra “Dueño”), como si una entidad robótica me concediera todos los días la gracia de entrar a mi cubículo mediante un santo y seña y riera entre dientes mientras ironiza “sí, sí, entra a ‘tu’ casa… mientras tengas tus llaves”! ¡No! ¡Te he vencido, Entidad! ¡Mediante mi ingenio, las fuerzas –en decadencia, pero fuerzas al fin- de mis poco entrenados músculos, la ayuda de escaleras, sillas, bancos y macetas y la colaboración de los vecinos cuyo apoyo, confianza y solidaridad he sabido ganarme yo solo (A través de ocasionales saludos consistentes en lúgubres movimientos de cabeza), he sorteado tus salvoconductos y condiciones, hasta penetrar en el corazón de mi propia Vida!



Ahora YO tengo el Poder. Sí, Entidad, luego de una breve visita al artesano vuelvo a tener tu llave, pero por comodidad, como parte del lujo fatuo y “extra bonus” que nos dan los tiempos modernos. Pero he tomado posesión de mi casa por mis propios medios, y ahora ésta se rinde a mis pies, refriega su hocico contra mis rodillas y me mira con la adoración de la más fiel de las mascotas.



Así que si me dejo de nuevo la llave adentro ya sabés, no es que sea un boludo, es otra cosa, otra cosa, otra cosa.


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