lunes, 23 de julio de 2012

¡”Stupid Food”: Nueva tendencia gastronómica!


Baralt.gifEscribe el Lic. Isaías Baralt

Bon Vivant Extremo

lotomosinsodaporqueasipegamas@ubbi.com


Don álvaro Béccar Bedoya produjo un verdadero chambardement en el mundo de la gastronomía allá en los 60, cuando compartía boutades y provocaciones varias con sus compaÑeros de ruta del Di Tella Minujín y Peralta Ramos, aunque desde su particular trinchera: la cocina experimental. DueÑo de una visión audaz y teatral, su especialidad no era la alquimia de ingredientes en sí, sino el contexto altamente dramatizado y, por decirlo de alguna manera, .puesto en escena..


Fue mundialmente famoso su local en Recoleta Antígona, donde se podía consumir aceitunas, gyros pitta y queso fetta, mientras el personal de cocina y los camareros actuaban una muy personal versión del drama de Sófocles, encaramados a sus coturnos (completamente inútiles, ya que el público se encontraba a medio metro de los actores). La crítica teatral de su época la destrozó, ya que el diálogo se veía continuamente .enriquecido. por intervenciones de los espectadores al estilo de .¿Y el pulpo a la parrilla cuánto sale?. o .¿Me hacés la cuentita?., mientras que la crítica gastronómica cuestionó la lentitud del servicio, que se dignaba a escuchar los pedidos sólo cuando terminaba de emitir sus extensos soliloquios. Mejor le fue con el restaurante El Restaurante, de Harold Pinter, donde tanto cocineros como mozos e incluso clientes eran interpretados por actores en un estilo estrictamente naturalista, donde no se desarrollaban más conflictos que los que podemos encontrar habitualmente en un restaurante: impaciencia por la tardanza en confeccionar la cuenta, la ebriedad de un marido, consternación ante la cifra a abonar, etc. El naturalismo era llevado a un extremo tal que actores y clientes estaban superpuestos; y por supuesto no quedaba sitio alguno para potenciales espectadores. Los críticos se maravillaron ante esta audaz apuesta, incluso sin haberla presenciado: .La idea suena fantástica; le doy cinco Zufriateguis., dijo Miguel Zufriategui, pope de la crítica de su tiempo.


Lamentablemente esta misma audacia llevó el local a la quiebra, ya que el restaurante (al igual que El Restaurante) no tenía posibilidades de contar con un público que lo sostuviera económicamente, y Béccar Bedoya tampoco pudo implementar su idea de que los actores/comensales abonaran su cuenta (por no hablar de la entrada) al chocar con la sorprendida indignación .expresada casi con violencia- de su elenco.


Estos dos fracasos comerciales obligaron a Béccar Bedoya a un ostracismo de treinta aÑos en Europa, donde se dedicó a los más disímiles oficios, desde los bienes raíces a su rol como Juez de la Suprema corte en Gran BretaÑa, pasando por su actuación como .el Maradona de las Ramblas. en Barcelona. Un par de operaciones de cambio de sexo (primero, para convertirse en mujer; luego, a hombre nuevamente, cuando decidió que ser mujer no le gustaba) aÑaden algo de pimienta a la leyenda del personaje.


Pero hoy Béccar Bedoya vuelve al ruedo, gracias a la cuantiosa herencia que le dejara la Condesa de Uzandisaga, decrépita seÑora de la realeza vasca que desafió los prejuicios sobre matrimonios con diferencia de edad al casarse con nuestro hombre (le llevaba alrededor de tres aÑos) y hoy podemos solazarnos con su nueva creación, que está causando furor en toda Latinoamérica: La Stupid Food.


Luego de los trámites de rigor en la Clínica (esperamos que el narcótico casero no haya dejado secuelas permanentes en nuestros captores), llegamos junto a nuestra protegée Naty .ataviada en un elegante conjunto color melocotón- a Se me Chispoteó, el coqueto local de Béccar Bedoya ubicado en el nuevo polo gastronómico de Villa Santa Rita. El local es una agradable casa reciclada decorada con objetos de segunda mano, tales como un armario sobre el que hay varias bolas de bowling y pedestales griegos con jarrones de la Dinastía Ming. Quien nos recibe es un robusto maîe (le calculamos unos 250 kg., a pesar de lo cual se mueve con bastante gracia), calzado en un jaquet cinco talles más pequeÑo (se le ve el puppo), peinado a la gomina .con un par de mechones pegados sobre la frente- y unos bigotes en forma de manubrio de bicicleta notoriamente falsos. Con un acento francés algo chapurreado, nos dice .Oh la la, sacgé bleue, adelant mademoiselle e monsieg, passé poug aquí que tenems la mess, allonsanfant su la patgiiiggge, ho ho ho, ho ho ho. y nos conduce a la mesa.


A continuación hace sonar sus palmas y aparece el mozo, un hombre pequeÑo y enjuto, de ojos saltones y bizcos y una cabellera inquietantemente arremolinada. Luce nervioso y tartamudeante. .Attendez a les clientés, mon cheri ami., le dice el maîe. A continuación y de un salto, el camarero se sienta a nuestra mesa y apoya la cabeza en el regazo de Naty, con una sonrisa de oreja aoreja y mirándola con ojos soÑadores. .¡Non, pedaz de animal!., ruge el maîe. ¡Attendé le pedid!.. Jean-Pierre, tal el nombre del maîe, toma al camarero de las solapas y, en un ejemplo de disciplina gastronómica que algunos locales excesivamente informales deberían tomar en cuenta, le pega una sonora bofetada.


Dando vueltas a toda velocidad como un trompo, Stanley .nuestro mozo y factótum- atraviesa el local y desaparece tras las puertas vaivén, reapareciendo medio segundo más tarde con dos bandejas repletas de platos, copas y cubiertos. Luego de arrojar los utensilios sobre nuestra mesa .que caen grácilmete y en su lugar exacto, como si hubieran sido quitados con ayuda de un invisible cordel y filmados hacia atrás-, nos sirve la entrée: Una Sopa de Mejillones que se Asoman sobre la Superficie y nos Escupen un Chorro en la Cara.


Luego de intentar beber la sopa varias veces, con los resultados esperados .y limpiarnos el líquido de los ojos agitando ambas manos hacia abajo simultáneamente, con un gesto lento y adusto- llega el segundo plato: Tallarines a la Vongole sobre Cabeza del Cliente a Modo de Peluca, cuyo título nos resulta más que intrigante; el misterio se revela pronto al tropezar Stanley con un pliegue en la alfombra y acertar los platos sobre nuestra testa canosa (y sobre el planchado azabache de Naty). A continuación, el camarero intenta congraciarse con nosotros tratando de acomodar los tallarines en nuestra cabeza, explicándonos que fue estilista en su juventud, y que el pelo rubio es .la que se viene., incluso extrayendo un peine y una enorme tijera de mango amarillo de su bolsillo y recortándonos el flequillo, mientras lo miramos con furia y tensión y emitimos un gruÑido impaciente.


Jean-Pierre acude a la brevedad, y pidiéndonos disculpas con un gesto, se permite disciplinar una vez más a Stanley, que gira sobre su eje una media docena de veces y se topa con otro mozo que trae Huevos Duros sobre Colchón de Lechuga que Salen Volando por el Aire y se Introducen en Partes de Gente. Los huevos duros salen volando y uno acierta en la boca entreabierta de una seÑora de Alta Sociedad, mientras que otro desaparece en el escote de nuestra Naty. Stanley se apresura a intentar extraerlo, armado de una cuchara, pero Jean-Pierre (luego de pasarse la mano por la cara con fastidio y emitir unos sonidos guturales) interviene rápidamente, le amaga con una mano al grito de .Sabez qual este ésta?., para luego abofetearlo nuevamente al grito de .La sorelle de ésta..


Stanley se va haciendo saltos mortales, y recibimos entonces la visita de Beccar Bedoya, que se sienta junto a nosotros como buen anfitrión: .Las pretensiones artísticas son cosa de la juventud., nos dice el ex mujer. .Luego de ver el mundo, sus miserias y su ridículo, uno vuelve a las fuentes, a los gustos más sencillos y populares. A mis 72 aÑos, Antígona me provoca más indigestión que admiración.. Béccar Bedoya sonríe beatíficamente y se reclina sobre la silla, que cae hacia atrás desmaÑadamente y hace tropezar a Stanley, que justo estaba llegando con el postre: Una Crépe Flambée Encendida que Cae sobre la Cabeza de la AcompaÑante del Tipo en plena ignición. Sorpresivamente, la crépe da varias vueltas en el aire y cae sobre la cabellera de nuestra protegée, que empieza a emitir unos grititos, sin perder nunca la delicada gracia que la caracteriza.


Es aquí donde se nota alguna costura, alguna deficiencia en el servicio, ya que el camarero extrae un sifón de soda -¡que en ningún momento habíamos pedido!- y apaga el incendio, baÑando a Naty completamente. El maîe toma un cuchillo de una mesa vecina y empieza a perseguir a Stanley alrededor de nuestra mesa, quien para defenderse va tomando piezas de la vajilla y se las va a arrojando .mientras intentamos terminar lo que queda de la crépe, que por cierto está deliciosa; la persecución termina cuando Stanley le arroja a su perseguidor el balde del champagne, que queda atrancado en la enorme cabeza del maîe. Luego de forcejear un rato para extraérsela y de intentar quitársela con una barreta de hierro (una microcámara en el interior del balde conectada a un plasma nos permite ver cómo la barreta le retuerce la nariz y el bigote a Jean Pierre), el balde sale disparado, cayendo sobre un mozo que trae una torta de varios pisos que se desploma sobre el Embajador de Masdrulvia (que se encontraba allí casualmente), con el consiguiente y lógico intercambio de proyectiles de crema entre la clientela. A esta debacle se suman Jean-Pierre, que persigue a Stanley (cuyo pie derecho ha quedado atascado en el balde del champagne y va haciendo “¡Clang! ¡Clang! ¡Clang!”) por todo el local, quien en su carrera va destruyendo todos los jarrones de la Dinastía Ming mientras hace unos exraÑos gestos con las manos y lanza unos quejidos indescriptibles (algo como “weque-weque-weque”, con voz entre aguda y gangosa), hasta que finalmente ambos chocan estrepitosamente y caen desmayados sobre el armario. Entonces, las bolas de bowling caen sobre sus cabezas, haciendo sonar tres notas consecutivas en la escala musical.


Creemos que Béccar Bedoya aún debe perfeccionar el servicio .la gaffe del sifón se nos ha quedado atragantada- y ajustar ciertos excesos en cuanto al condimento de los tallarines, pero no podemos quejarnos del don de gentes del gastrónomo y artista: a la hora de pagar (unos $80 por cabeza), le pedimos $400 prestados, nos dijo .sólo tengo 300., le pagamos $180 y le solicitamos .bueno, dame $300, me debés $100., utilizando el restante para adecentar un poco la cabellera de nuestra protegée antes de volver a la Clínica. ¡Cheers!


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