martes, 3 de enero de 2012

¡Macabra reflexión sobre carterismo!


ENCUENTRO QUE EL MASCULINO DE CIERTA EDAD SE VE ATRAPADO POR UNA ESPECIE DE “MANIOBRA DE PINZAS DEL RECEPTÁCULO”. LA TEORÍA VENDRÍA a ser la siguiente: A medida que crecemos, necesitamos más “cosas”.



El niño no necesita “cosas”, y si las necesita, no necesita llevarlas, ya que cuenta con dos receptáculos auto-motores (sus padres) que se encargan de llevarlas por él. Existe una excepción: la escuela, a donde se ve obligado a llevar un receptáculo con “cosas”,pero de esto hablaremos en otro momento.



Cuiando el niño va a la plaza o a comprar el pan lleva, como mucho, una pelota o el dinero exacto para la compra (para evitar que alguna monedita se transfigure accidentalmente en Gogos o figuritas del Mundial). Nada más parece hacerle falta. El mundo son sus “cosas”. El sol, los pájaros, los autos, las porquerías que hay en el suelo, los freaks que azotan nuestras calles son todo el estímulo, interés y entretenimiento que necesitan. Porque el resto de su Universo de interés -la tele- quedó en casita.



Luego, en su adolescencia o juventud, parece seguir ejerciendo cierta resistencia contra las “cosas”. Se han incorporado sin embargo las llaves, que le permiten volver a una hora razonablemente tardía como para que los mencionados receptáculos auto-móviles no lo vean tambalearse o vomitarse dentro de la boca. Y algo de dinero extra, que por suerte y juventud, nunca es demasiado. Por lo que el joven humano y masculino es un verdadero “manos libres”.



Entonces algo ocurre a mediados de los treinta y, como una bola de nieve malvada y con pensamiento propio, puede llegar a un tamaño y poderío monstruosos. En cierto momento, parece que ya no puede salir sin “cosas”. Llaves de la casa, de la de su novia y/o amante, de la de su padre anciano, de la máquina de café, del auto -porque tiene auto-, el celular, porque el muy boludo tiene celular, un aparatito para escuchar música de esos que hay ahora, la billetera (que es obesa y deforme, llena de tarjetas bancarias, fotos de los niños, tickecitos que guarda para hacer sus cuentas semanales, papelitos con números de teléfono, recetas médicas e instructivos para tratar su media docena de semi-enfermedades crónicas y, de vez en cuando, algo de efectivo), el desodorante porque a Dios gracias aún le funcionan las glándulas sudoríparas, el cepillo de dientes, el DNI y papeles para trámites inconclusos y blísters incompletos y decajetados de diferentes píldoras energizantes, antioxidantes, antihistamínicas, analgésicas e hipotensivas (porque el organismo de este masculino ya no funciona sin ayudantes químicos).



El masculino urbano de más de treinta y pico no funca solo. Le faltan cachos. Carece de autonomía anatómica, y cuando sale debe llevar como medio ser humano más, empaquetado en la forma de estos repuestos químicos, electrónicos y cerrajeros para poder llegar al final del día. Pero, agregando el insulto a la ignominia, ni siquiera puede hacerlo con tranquilidad de conciencia.



A diferencia de las mujeres, que tienen resuelto el tema mediante la aceptación social de la cartera, el hombre aún no ha logrado resolver el problema del receptáculo; el viejo portafolios es incómodo, y no está bien visto fuera del mundo corporativo; los bolsillos, el ámbito natural de nuestras “cosas”, ya no tienen espacio suficiente, a menos que decidamos convertirnos en skinheads y adoptar el pantalón de fajina; la riñonera es capaz de despojar de toda dignidad humana al ser más majestuoso, rebajándolo al rango de animal estúpido; El bolso de gimnasia peca por exceso de tamaño; El morral, por jipismo, y la mochilita, por adolescencia (incluso aunque intentemos disimularla cubriéndola de “pins” de Frank Sinatra y María Marta Serra Lima); también está quien lleva sus “cosas” en la mano, y cada vez que llega las desploma haciendo ruido sobre la mesa, como un mendigo “junior” llevándole el botín a su harapiento Fagin.



Y luego están, claro, las “carteras de hombre”. Mediante un intenso trabajo de diseño, forma, colores sobrios, pendorchitos de alpinismo, correas de materiales deportivos, etc., extraordinarios profesionales del carterismo dan lo mejor de sí desde hace décadas para intentar que lo que a todas luces es una cartera, no lo parezca. Vista en el anaquel del negocio, hasta podemos convencernos de que no es exactamente una cartera sino un “Reservorio de Objetos Portátiles Necesarios para el Hombre de Hoy”.



Pero, ¿para qué engañarse? Una vez colgada, podemos intentar todas las evoluciones posibles; no hay forma d eesconder, disimular o justificar moralmente que estamos usando una cartera. Entonces, el hombre con cartera vive haciendo unas evoluciones incómodas e imposibles para evitar toda connotación femenina. Por ejemplo, se debe evitar apoyar el Reservorio en la mesa del bar para revisarlo, porque parece que estuviéramos buscando el estuchecito para polvearnos la nariz. No importa que estemos buscando Viagra, una petaca de ginebra, un póster de Pamela David o un arma, la actitud física es irremontable.



Tampoco es bueno pasar mucho tiempo revisando (aunque lo hagamos apoyando el pie en una cerca, ponele), porque no queremos que le estereotipo de “uhhh, las cosas que llevan las minas en la cartera” se aplique a nosotros. Hay que meter la mano, sacar lo que encontremos y usarlo, sea lo que sea.



Algún día, tal vez a fines del siglo XXI, un genio inventará un reservorio masculino práctico e irreprochable, que tal vez se cuelgue de la nariz o la rodilla, no sé, estoy improvisando, o quizás sea como una caja fluorescente que flota junto al cachete, que solucionará este terrible problema. También es posible que un microchip en el pulgar haga innecesarios dinero en efectivo, tarjetas, llaves y telefonito; habrá que ver quién gana la carrera del Carterismo. Mientras tanto, a resignarse con hombría y usar de la manera más digna posible nuestra cartera de hombre, porque la otra opción (guardar instrumentos metálicos punzantes, tarjetas cargadas de la fuerza más misteriosa de la naturaleza, ¡el magnetismo! y aparatitos radiactivos en el bolsillo, a –como mucho- diez centímentros del totolocho) sigue siendo temeraria.


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