martes, 25 de enero de 2011

¡Crónicas de T: El Desperfecto Final!


Desperfecto n° 149: Nada, llegó el desperfecto de que el Taunus se murió.



No sientan una pena excesiva. En primer lugar, porque es un auto, no una persona, ni siquiera un perrito o un gatito. Y en segundo lugar, porque su muerte existe no en tanto “auto”, sino en tanto “mi auto”. Vale decir, logré encaj… digo, transferirlo a un precio razonable. A otra persona. Cosa que nos ha hecho felices a todos: a la otra persona, que aparentemente “se da maña con la mecánica” (y el Señor sabe que va a tener mucho para divertirse), a mí, que ya no tengo que volver a subirme al ataúd con ruedas, y al Taunus, que ya hace tiempo manifestaba a través de fallas y desperfectos más cercanos a lo perverso que a lo estrictamente mecánico (lo de no tener frenos, por ejemplo, me pareció de lo más jodido a nivel actitud que puede hacer un automóvil) que no estaba muuuuuy contento con mi desempeño al volante.



Por mucho que lo intente, por mucho amor por las metáforas, símbolos y alegorías que uno tenga, no logro transportar esta situación a la vida humana: es decir, si se muriera, no sé, mi abuelo, ponele (que lleva varias décadas muerto; no me animo a poner como muerto hipotético a alguien vivo, por esa cosa de uy uy uy y mirá si justo pasa), pero alguien me dijera “mirá, tenés la siguiente opción: en vez de que se te muera, tu abuelo pasa a ser el abuelo de otra persona. No, vos no vas a poder visitarlo, ni sentarte en él ni pisarle el acelerador a fondo, pero tu abuelo va a seguir vivo, sólo que el nietito va a ser otro.” Sí, ya sé, la parte de sentarse y el acelerador le quitan un poco de prolijidad a la metáfora; pero yo aclaré de antemano que me costaba.



La cosa es que los seres humanos somos criaturas posesivas, y curiosamente lo somos más respecto de otros seres humanos, que de objetos. Probablemente habría terminado transfiriéndole mi abuelo a otro nietito, y ni siquiera movido por la ambición monetaria -o sea, tampoco es que por mi abuelo me iban a dar una fortuna- sino por una cuestión del qué dirán (“Mirá qué choto, prefirió que se muera el abuelo antes que dárselo a otro nietito”); no porque me hiciera feliz la Celebración de la Vida. Menos aún si además estuviera obligado a hacerle una revisión policial, pagar multas atrasadas, etc. No, íntimamente siempre preferimos la muerte antes que la cesión (la muerte de otro, claro). Afortunadamente, la vida nos da la oportunidad de ser alegremente generosos en la cesión de otras entidades, como en el de los automóviles, los perros de gran porte (“come tres kilos de carne por día y le tenés que pasar este cepillo unos cuarenta minutos, o te morís de alergia al pelo”) y las ex media naranjas.



Todo esto no obsta para que te salude, ¡Oh, Taunus!, y cante tus alabanzas. ¡Vive una vida de provecho en el Gran Taller mecánico de tus Antepasados! ¡Atrás quedaron nuestras peripecias juntos, tus ruidos misteriosos, tu cuentakilómetros de una vuelta y media, tus ruedas de auxilio jamás capaces de auxiliar a nadie, tu asiento hundido y desflorado, tu radio rota, tu dirección a prueba de mantequitas y tu aire acondicionado inexistente!



¡Sé que extrañarás mis modos particulares: mi negación del concepto de “estacionar paralelo al cordón”, mis cambios sin embrague, mis retrasos en llevarte al mecánico, pero pronto serán para ti anpedotas lejanas y risueñas! ¡Vive una nueva y provechosa vida, en manos de un propietario que se da maña! ¡Yo te dejo partir!


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