sábado, 19 de enero de 2013

¡Explican el origen de la “Gente Sólida”!


Salvatierra despertó levemente mareado, mirando el techo de un lugar ajeno, extraño y envuelto en un aroma repugnante a alcanfor, flores rancias y carne picada. Notó con horror que su cuerpo no le respondía, debido a la acción de alguna sustancia química, sus miembros unidos a diferentes cables y mangueras. Entonces recordó el pinchazo en el 168.



El día había comenzado mal. La resaca palpitándole en las sienes le rememoraba su vida solitaria, que había intentado amortiguar con alcohol barato y una conquista fácil en un bar de San Telmo. Al verla por la mañana, con el maquillaje corrido y despidiendo un penetrante olor a cerveza, comprendió además que no era nada para vanagloriarse. Lo peor fue la ríspida negociación para expulsarla de su departamento (aunque notó con una mezcla de alivio y decepción que ella ni siquiera fingió, siquiera por cortesía, algún deseo de volverse a ver) antes de salir corriendo hacia la oficina, donde lo esperaba quien ya era una compañía permanente: El Sr. Trabajo Atrasado.



El 168 llegó, para variar, lleno. Pero esto le daba la oportunidad de ejercer una de sus escasas satisfacciones. Luego de 15 años realizando exactamente el mismo recorrido, Salvatierra haía desarrollado una habilidad casi sobrenatural en el arte del escurrimiento interpersonal. Por más lleno que estuviera el colectivo, era capaz de detectar los intersticios más amplios y vulnerables entre pasajeros, como para penetrar en ellos haciendo cuña con su codo; la presión justa, ni demasiado considerada ni demasiado agresiva, lograba empujar a un lado y otro a los humanos que parecían conformar un muro impenetrable, para luego introducirse en los resquicios y, con una mezcla de tozudez, sabiduría y estómago (había que estar endurecido para atravesar ese túnel de epidermis sudorosas, por lo general pertenecientes a voluminosos oficinistas o portentosas amas de casa sesentonas, a veces rozando espaldas, nalgas, bultos y barrigas durante interminables segundos) abrirse paso hasta los espacios por lo general más respirables del fondo del vehículo.



Existían por supuesto pasajeros que, fuera por testarudez o incredulidad (es llamativa la cantidad de gente que a esta altura del partido no acepta que siempre, por lleno que esté el colectivo, uno puede trasladarse hacia el fondo) ejercía alguna resistencia, endureciendo el cuerpo y tensando músculos. Pero Salvatierra no se rendía, y si la negociación no funcionaba, apelaba a su conocimiento del resquicio humano para presionar, empujar, codear y finalmente introducirse, aunque debiera tolerar una que otra putiada.



Excepto, claro, en el caso de la Gente Sólida.



Desde hacía unos meses, Salvatierra había notado la proliferación de estos especímenes. Gente impenetrable, inconmovible, que no parecía estar hecha del material habitual. Gente que, por mucha presión o diplomacia que se aplicara, y sin oponer resistencia muscular alguna, no cedía un milímetro, ni siquiera para un experto con la técnica de Salvatierra. Eran por lo general de baja estatura, pero anchura notable, pelo corto y ropa poco llamativa. A éstos, Salvatierra los llamaba “Gente Sólida”, e imaginaba para su divertimento personal, que carecían de espacios y órganos internos, de huesos, sangre, gases, bilis y cartílagos, estando constituidos en su totalidad de carne humana. Cuando se topaba con uno de estos seres, Salvatierra rempujaba un par de veces, y luego de detectarlos desistía completamente.



Siendo el escurrimiento interpersonal un deporte en el que se destacaba, estos pequeños fracasos lo desanimaban un poco. Pero se consolaba sabiendo que la “Gente Sólida” era completamente anti-reglamentaria. “No hay forma de que pueda trabajar en estas condiciones”, se justificaba. A veces ocurría que debía atravesar un mini-túnel cuyas paredes estaban conformadas por una persona normal y un “persona sólida”. Entonces aplicaba mayor presión sobre la persona normal, que se veía prácticamente aplastada contra un asiento y soltaba algunas protestas vehementes, pero antes de que pudiera encarnizarse contra él, Salvatierra ya estaba lejos. No se enorgullecía de su proceder, ya que el “obstáculo normal” no merecía semejante trato; pero tampoco tenía demasiadas opciones.



Pero ese día ocurrió algo inesperado. Presa de la resaca, la cabeza latiéndole y los sentidos embotados, Salvatierra intentó escurrirse entre dos pasajeros, sin detenerse a evaluarlos demasiado, aunque se le pasó por la cabeza que uno de ellos podía ser un “Sólido”. Lo que pasó entonces fue algo que no había entrado en sus cálculos: Ambos lo eran. Dos “Sólidos” en un colectivo, algo estadísticamente imposible. Lo peor es que Salvatierra, de un impulso, había logrado penetrar en el micro-túnel formado por ambos, pero ahora no podía salir. Sintió que sus pulmones le estallaban. Desesperado, comenzó a emitir algunos gemidos de auxilio. Entonces, uno de los “Sólidos” giró la cabeza y lo miró.



Los “ojos” del Sólido, tal como había fantaseado risueñamente Salvatierra, estaban hechos de carne. No había globos oculares, ni iris ni pupilas, sino dos pequeñas pelotas de carne humana que sobresalían apenas del lugar donde deberían estar las cuencas. Salvatierra inició un grito de horror, y entonces sintió el jeringazo.



“Lamento todo esto, Sr. Salvatierra”, dijo el Sr. Lovatto (h), dueño del antiguo taller de moldeado de caucho donde ahora Salvatierra estaba prisionero. “Pero mis homúnculos me han transmitido –incluso con sus magras capacidades de comunicación- que ud. viene observándolos desde hace meses. Y eso lo convierte en un testigo.”



“El arte del moldeado de caucho es una tradición familiar. Empecé a trabajar con mi padre cuando tenía apenas 11 años, y él siempre me decía ‘quien domine el caucho, hijo, dominará los Secretos de la Vida’. Siempre pensé que mi padre estaba un poco loco…Como todos los grandes hombres.”



“Y un día pensé: ¿Qué tal si aplicara los mismos principios de moldeado del caucho, pero con seres humanos? Siento que Dios nos hizo demasiado frágiles. ¿Por qué tantos espacios internos? ¿Por qué tanta variedad de órganos y sustancias, huesos que se rompen y venas que revientan, cuando un muñequito de goma de los pitufos puede sobrevivir a veinte catástrofes? ¿Por qué no crear una raza de Super Hombres indestructibles y solucionar el problema de la mortalidad humana?”



“Y después de mucho trabajo lo he logrado. Una a una, voy secuestrando frágiles e inferiores ‘personas normales’, que lanzo a esta gigantesca licuadora de carne (Salvatierra vio el monstruoso aparato y quiso gritar, sin lograrlo). Luego, echo el material resultante en este molde, lo fundo a la temperatura adecuada y ¡presto! Obtenemos a mis amados homúnculos, rellenos de sí mismos, completamente indestructibles y libres de las miasmas asquerosas que nos pueblan a ud. y a mí, Salvatierra. Es cierto, la ausencia de gándulas, hormonas y mecanismos de transmisión del ADN impiden la reproducción de esta nueva especie. Pero no lo necesitan. ¡Sobrevivirán para siempre, libres de envejecimiento, de enfermedades y prácticamente irrompibles! Tiene ud. suerte, Salvatierra, ya que gracias a mí pasará a formar parte de esta nueva Raza. Soy yo quien quedará solo, como último representante de una raza débil e inferior. No importa. Cuando haya solidificado a la última persona de la Tierra, acabaré con mi vida, para que no quede sobre nuestro planeta ni un rastro de imperfección.”



“Y ahora discúlpeme, Salvatierra”, susurró el Sr. Lovatto (h). “Voy a poner en marcha su Nueva Vida.”



El motor de la licuadora fue lo último que escuchó Salvatierra, y comprendió entonces que la resaca era el menor de sus problemas.



(Escrito después de toparme en el colectivo con uno de esos tipos que no hay caso, los rempujás y nada, se quedan ahí, incólumes, como piedras, yo no sé, para mí que son de otra especie)


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