Escribe el Lic. Isaías Baralt
Bon Vivant Extremo
lotomosinsodaporqueasipegamas@gmail.com
Aníbal Ontiveros Klein viene trabajando en el desarrollo de la Exagerated Charged Poor People Food o “Comida de pobre cobrada exageradamente cara” desde los años ’90, en el que volvió de un viaje iniciático a Liberia con las alforjas llenas de recetas a base de insectos y ano de cerdo frito. Las astronómicas el servicio, que podrían calificarse de “astronómicas” –más teniendo en cuenta que las materias primas, obtenidas gracias a la empresa paralela de control de plagas de Ontiveros Klein, no constituían un gasto sino un ingreso- proporcionaban el necesario toque lúdico para que la experiencia no se estancara en un mero “comer”. Locales como Miseria Espantosa, We are the world y Una limosnita de trescientos pesitos por favor fueron sólo algunos de sus emprendimientos.
Al acercarnos a su nuevo local, La ONG de Aníbal, lo primero que sentimos es una verdadera orgía de aromas compuesta de sudor rancio, cabezas de pescado podrido y verduras hongueadas (hablamos, claro, de una orgía sadomasoquista). El local recrea un arrabal inmundo y lleno de alimañas, y está ubicado en lo que realmente semeja un arrabal inmundo y lleno de alimañas, con un cuidado por el detalle tal que realmente nos sentimos en un arrabal inmundo y lleno de alimañas. Es exactamente la sensación palpable, casi real, de estar en un arrabal inmundo y lleno de alimañas, efecto conseguido entre otras cosas gracias a la suciedad –diseñada a la perfección- y a las alimañas que ramonean alegremente por el restaurante.
Luego de sentarnos en los inmundos asientos que el maitre –caracterizado como un leproso medieval, harapos, campana y una afección en la piel que semeja muchísimo la enfermedad de Hansen incluidos- nos ofrece, pedimos la presencia del camarero (aunque debemos hacer notar que Naty, nuestra fiel compañera de aventuras gastronómicas, no se atreve a apoyar sus graciosas posaderas en la banqueta cubierta de sustancias innominadas, manteniéndolas prudentemente a unos centímetros de distancia como si de un émulo de Marcel Marceau se tratase. Un conmovedor esfuerzo que a los pocos minutos se manifestará en su frente –de habitual límpida y juvenil- cubierta de arrugas y sudor).
Media docena de camareros se nos acercan, también cubiertos de harapos, algunos ciegos, otros tullidos, otros refregándonos un bebé berreante por las narices; pero en lugar de ofrecernos su asistencia, nos ruegan –con voces fantasmales y suplicantes- monedas o mendrugos de pan. En vano es explicarles que hemos venido a ser alimentados y no viceversa. La desesperación y el impétigo impregnan sus rostros miserables. Sólo luego de darles las pocas monedas que tenemos en los bolsillos (y que agradecen ululantes), nos dejan un menu a cambio.
El breve estudio del mismo nos transporta a un viaje alrededor de los parajes más miserables y sucios del globo, desde los slumdogs de la India a los barrios bajos de Lesotho, pasando por el Obelisco porteño un domingo a la una de la madrugada. Tentador el Conejito de Caño a la Plancha Untada en Aceite Sobrante con Ensalada de Cáscaras de Papa, así como el Potaje de Arroz y Gorgojo Machacado con Timbal de Tronquitos de Acelga y los Bollos de Garbanzos de Lata Vencidos. Una fiesta para el paladar y un baño de conciencia social al mismo tiempo. Sin embargo, como “pobre” no necesariamente significa “exótico”, optamos por un plato autóctono: La Porción de Pizza de Ugi’s Servida en Suave Colchón de Muzzarela Vieja Pegoteada en Caja de Pizza. Naty, en cambio, pide un Revuelto de Labio de Vaca, que luego comenta y evalúa verbalmente con gran entusiasmo como compensación por no probar un bocado.
“Lo que el paladar argentino no entiende”, explica Ontiveros Klein, caracterizado como el Rey de la Corte de los Milagros, “es que la Exagerated Charged Poor People Food, si se la hace bien, conlleva un cuidado y unos gastos astronómicos. Sin ir más lejos la Sopa de Espinazo de Pescado y Cebada que está comiendo ese señor no fue cocinada aquí (habiendo ubicado el local en un arrabal inmundo y lleno de alimañas, de más está decir que no tenemos cocina) fue traída directamente, vía FedEx desde el ‘rancho’ de los trabajadores de una mina de coltán en la República Democrática del Congo, con todos los estipendios en refrigeración y traslado que ello exige”. Menos categórico se muestra el hombre de Núñez cuando le preguntamos si la ración es compensada de algún modo al trabajador al que ésta le correspondía. Elevando las cejas, atina a sonreir “¡Qué buena pregunta! Después voy a preguntar, por mail”.
Ontiveros Klein nos cuenta además –mientras Naty, debido al dolor en los gemelos se desvanece unos minutos sin abandonar su posición en momento alguno- la interesante tournée que realiza todos los años buscando nuevas ideas por barrios, villas miseria, ollas populares, campamentos piqueteros, cárceles, lazaretos, trincheras de matanzas étnicas, hogares para moribundos, comedores infantiles y fábricas de sandwichs para maxikioscos de todo el globo (viaje en el que “aparte en comida gastás dos mangos”, aclara con cierto espíritu mezquino nuestro anfitrión). Entre algunas conclusiones que le dejan sus recorridos, Ontiveros Klein explica que “parece que pobres hay un montón” y “si todavía hay tantos es porque tan tan tan mal no les va, sino se habrían acabado”. Aclaremos piadosamente que lo de Ontiveros Klein es la gastronomía, no la sociología.
Es menester agregar que lo de Ontiveros Klein tampoco parece ser la finesse: Asumiendo que nos acercamos a su local como clientes y no como lo que somos –¡Ni más ni menos que los autores de las críticas gastronómicas con más prestigio del país!- nos acerca, ansioso y con una sonrisa estúpida cruzándole en el rostro, la cuenta. Donde no se explica el alto precio de la porción de pizza de Ugi’s, cuyo viático -a diferencia del la Sopa de Espinazo de Pescado congoleña- no debe haber superado el precio de un boleto de colectivo para empezar.
Ofendidos, despertamos a Naty sacudiéndola delicadamente y nos marchamos presurosos hacia la puerta. El hombre de Núñez, de un gesto, envía su ejército de camareros-mendigos a por nosotros, y tal como ocurría en la Corte de los Milagros mencionada más arriba, vemos cómo el que parecía un ciego se conduce sin ayuda de lazarillo alguno, cómo el pobre tullido se acerca ejecutando triples saltos mortales y cómo del interior del “bebé” otro mendigo extrae una semiautomática.
Afortunadamente el entrenamiento actoral strasbergiano previo al que se han visto sometidos puede más, y arrojamos a la marchante medio alfajor que teníamos en un bolsillo. El miserable ejército de Ontiveros Klein se lanza, desesperado, sobre la golosina, dejándonos el camino limpio y despejado mientras nuestro anfitrión chilla a lo lejos, frustrado.
Un excitante viaje a través del lado oscuro de la gastronomía, malogrado por las evidentes falencias humanas del chef. Pero no todo son perlas negras, porque una pizza de Ugi’s es una pizza de Ugi’s, verdad que celebraremos con una porción de parados, de regreso a nuestro asilo. ¡Cheers!
miércoles, 20 de junio de 2012
Comida de pobre: ¿Privilegio para unos pocos?
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