jueves, 19 de abril de 2012

¡Festejan particular aniversario con Gran Lanzamiento de Neologismo!


Hoy se cumple el no sé qué aniversario del levantamiento carapintada contra Alfonsín (donde se lanzó al estrellato a Aldo Rico), y leyendo una nota sobre el tema me vino a la mente –como un puñetazo cargado de memoria- un evento que se me había volatilizado por completo: ¡La intervención del General Alais, encomendado a reprimir a los rebeldes!



Al General Alais le dijeron “andá y meté a estos botarates en cintura”; la estrategia que empleó el tipo para no quedar mal con sus camaradas de armas y al mismo tiempo no desobedecer fue ir, con tanques, armas y todo, pero muuuuuuuy despacito. Y me acuerdo, me acuerdo, me viene a las orejas como si la estuviera escuchando ahora de la pregunta que rondaba en la Sociedad por esos días –una de esas preguntas recurrentes y angustiantes que reflejan todo un momento histórico, como “¿Y hoy cuánto estuvo el Riesgo País?” o “Uhhh, ¿todavía siguen con lo del Campo?” o “¿Al final se sabe de dónde sale el humo?”- que consistía en algo así como: “¿Todavía no llegaron los tanques?”. Pregunta que lluego se convertiría en variaciones cargadas de humor amargo tipo: “¿Se habrá perdido? O “¿Pero qué pasa, lo agarró la hora pico?” o “¿Qué pasa, van en carreta los tanques esos?”.



Este accionar infame y bastante cagueta podría traducirse como “Querer quedar bien con Dios y con el Diablo” o más precisamente como una estrategia muy común, consistente en “tardar mucho en hacer algo que uno no quiere hacer, con el secreto objetivo de que el problema se resuelva solo o que lo resuelva otro pero que a mí no me metan”; algo que, digamos, todos hemos hecho una o dos veces en nuestra vida. O tres, o cuatro, o veinte. O treinta o cuarenta y no necesariamente en una vida, capaz que en un mes o una semana o, si me apurás mucho con los encargos, en un día. Propongo que esta modalidad o esquema organizacional o filosofía de vida se llame “Alaisismo” o “la Gran Alais” o “Hacer un Alais” (propongo además que se pronuncie “Alais” y no “Alé”, queda mejor).



Por fin, confío en que Alais no esté todavía (en el caso de que nadie le haya avisado de la situación), enjuto y cano, yendo para allá a su lúgubre ritmo, acompañado de unos espectrales chóferes de tanques con ojos muertos y al grito ululante de “¡Más despacio! ¡Más despacio que no llegamos!”



Miren, un tren fantasma.


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