miércoles, 18 de abril de 2012

¡Denuncian nuevo defecto argentino!


“¿De verdad iríais a una guerra contra los argentinos? ¡Santo Dios, si son capaces de alargar una conversación durante cuatro horas solamente con adjetivos, imaginad de lo que serían capaces con un arma! ¡Esa guerra duraría 500 años! Además, si ganaran sería horrible porque nos obligarían a beber mate y a mirar sus horribles películas en las que todo el mundo habla mucho todo el rato pero nadie hace nada y entremedio Cecilia Roth enseña una teta.” (Fragmento de una nota de la revista humorística española “El Jueves”, sobre lo de YPF)



Pocas “visiones de marciano” han sido tan reveladoras como este breve fragmento. Porque lo de las películas horribles donde nadie hace nada uno ya lo sabía, pero eso de que sólo hablamos con adjetivos es DEMOLEDOR! ¿En serio SE NOTA TANTO?



No sólo eso sino que entiendo que va de mal en peor: tengo la perturbadora e inquietante impresión de que somos una insegura y acomplejada raza que vive buscando, ansiosa y perseverante, nuevos, modernos e impactantes adjetivos para aplicar presurosos en nuestra monótona vida diaria. Bástese con prestar profunda y rigurosa atención al bizarro fenómeno que se repite cada vez que estalla una ardiente, repentina y colorida polémica: Algún exitoso, importante, descarado y renombrado pez gordo de nuestros infames medios de masiva comunicación lanza al ruedo un novedoso adjetivo para calificar una particular, determinada y puntual situación y al escaso, breve, corto y poco rato ya hay docenas de torpes, huecos, inoperantes, gritones y grotescos perejiles repitiéndolo y encajetándolo en cada frase vacía, innecesaria, fútil, inconsecuente, baladí, insustancial y vacua. Algunos de los cargosos, molestos, plomos, machacantes, fastidiosos, pesados y pelotazos adjetivos que en los últimos años se han puesto de rigurosa, inevitable, insistente, inescapable y estricta moda y luego –con suerte- ya nadie se acuerda de ellos: “Confiscatorio”; “Bipolar”; “Chauvinista”; “Sojero”; “Mamarracho”; “Fundamentalista”; “Apocalíptica”, etc.



El adjetivero se aferra a estos juguetes nuevos como un molusco al casco de un buque carguero, y arma extensos monólogos y argumentos basados casi exclusivamente en la repetición y/o acumulación de los mismos, cuanto más nuevecitos mejr. Basta pedir al adjetivero que intente repetir su argumentación sin adjetivos y se sentirá descolocado y desnudo, caminando para atrás en dirección a la puerta y poniendo pies en polvorosa en cuanto parpadeemos.



¿Se trata acaso de un defecto lingüístico de nuestro pueblo? Más bien creo yo que el origen está nuestro deseo furibundo de tener una opinión, y nuestra incapacidad de reconocer su ausencia o vaguedad (algo que nomocurre en otros pueblos, como los australianos o esquimales). Armar una opinión a través de la aplicación instantánea de adjetivos es relativamente sencillo, lo que explica la aplicación tan extendida de este método.



Deberíamos tal vez ser más selectivos con nuestros adjetivos, o por lo menos usarlos sólo con determinados fines, porque lo contrario me parece tonto, idiota, estúpido, imbécil, fronterizo, subnormal, anormal, tarado, inútil, mentecato, bobo, lelo, salame, papa frita, zanahoria, gaznápiro, necio, bruto, zopenco, papanatas, cronco, estulto, basto, alcornoque, cabeza de chorlito, babieca, atontado, tontaina, memo, boludo, pelotudo, forro, nabo, otario, pajarón, paparulo, gil, gilastro, gilastrún, gil de goma, gil de lechería, gil a cuadros, gil a cuerda, cabeza de termo, paspado, menso, mamón, gilipollas, ceporro, bobalicón, cenutrio, burro, asno, pollino, borrico, jumento, orangután, Neanderthal, corto, falto, simple, simplón, guachinango, huelepega, jilote, jorjón, zorimbo, zurumato, lerendo, mangungo, tunteco, Forrest Gump, Corky, no le da, se le escapa la tortuga, tira un tiro al aire y le erra, le venden agua deshidratada, inventó el diccionario con índice, etc.


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