miércoles, 25 de abril de 2012

“¡Elefante!”, una película del Dr. Tranca


Escribe el Dr. Tranca

Premio Nobel de Facto de la Medicina Ilegal

ayudemedrtranca@gmail.com



EMPIEZA: Que Juan Carlos Morgiandolfi, un recio matarife muy querido por su método de liquidar animales, que ante todo es muy digno (los hace salir afuera y los boxea) es nombrado Rey de su país, un país de gente tan tan tan maricastañuela que hablan con la “Z” y dicen “Sois” y “Estáis” y “Coño”, en lugar de “Sos”, “Estás” y “La reverenda cajeta de tu hermana mal atendida, a ésta sabés lo que le hace falta, le hace falta un buen Totolocho, hijo de puta”.



SIGUE: Que entonces agarra y se pone la corona y sale al balcón, y agarra y escupe al suelo con desprecio y dice “Ahora van a ver cuántos pares son tres botas, derechitos los voy a sacar”. Y para empezar prohíbe que haya cantautores y diseñadores gráficos y los “trajes de luces”, que bastante grave es que la viril profesión de torero sea ejercida con traje de bataclana, y les dice que si quieren ser toreros, que sean, pero con pantalón de fajina y remera con mancha de grasa. Y nada de espaditas, que se enfrenten a la bestia a los golpes, como él. Como mucho con una sevillana, o una 45. ¡Pero nada de espaditas de maricón! Esplosión.



SIGUE MÁS: Que vienen unos financistas del no sé qué internacional a decirle a él lo que tiene que hacer, y si no, que se ponga con diez mil fantasticatrillones de pesetas, y él dice “A mí nadie me dice lo que tengo que hacer, si quieren salimos afuera y lo arreglamos como los hombres”. Los cosos esos se van corriendo y meándose encima del cuiqui, pero al rato llega Myrka, una serbo croata de grandes senos que alguna vez había sido poseída sexualmente por el rudo matarife. Viene semidesnuda y con senos más grandes que antes, y llorando. “Juan carrrrlos, Juan carrrrlos”, le dice, “han secuestrrrrado a nuestra hija”. “¿Qué hija?”, dice Juan Carlos. Parte de sexo, porque Myrka es muy muy ligera de cascos y no se aguasnta. Y después sigue: “La hija tuya que tuve, que no te dije nada porrrrque sabía que no era posible atarrrrte a una sola mujerrrr”. “Sí”, dice Juan Carlos. Más parte de sexo. Se suma una princesita real (prima en tercer grado de Juan Carlos, pero viste cómo son los nobles estos, no respetan ninguna barrera genética). Esplosión. Después sigue: “Y ahorrra la han secuestrrrrado esos del coso interrrrnacional (Nota: Buscar nombres de cosos, cómo se llaman, etc.), y dicen que si no pagas toda la deuda exterrrrna de Hespaña (porque así se llama este país imaginario), ¡zácate!”.



SIGUE MÁS AÚN: Que Juan Carlos (después de volver a satisfacer sexualmente a Myrka veinte veces más, que se queda hecha un trapo y con una sorisa de oreja a oreja) agarra y golpea la mesa, destruyéndola en mil astillas, y dice “¡Estos maulas a mi hija no le tocan un pelo!”, y se calza el traje de fajina y sale, no sin antes enzarzarse en una lucha cuerpo a cuerpo con Myrka, que después del chucuchucu que le dio nuestro héroe no puede pensar en otra cosa, tipo ya se olvidó de la hija, etc. Así que JC la satisface cuarenta, cincuenta veces más y se va, dejándola en coma sexual. Agarra y hace una declaración por radio, porque lo de declarar por tele no le gusta por eso de que te maquillan y dice: “Así que quieren la platita, la van a tener la platita. Me voy a África a cazar elefantes y les voy a pagar en marfil.” Y se va a África, armado de sus hercúleos puños, a enfrentarse con el más traicionero y ponzoñoso de los animales: El elefante.



SIGUE TODAVÍA MÁS: Que agarra y llega a África y empieza a diezmar la población de elefantes, convirtiéndose en un héroe de los locales: “No se puede salir a la calle que te pisan esos bichos de mierda”, “Sí, o te bañan con la trompa, y no con agua precisamente, y no con la trompa precisamente”, le dicen. Los va matando con sus conocimientos clásicos de matarife, ora de un piñón en la trompa, otra de un patadón en el colmillo, y con más frecuencia quebrándoles el cuello con una media Nelson (con cierta dificultad porque se tiene que subir a una escalera). Y les va sacando el marfil ese que tienen adentro, con una espátula y va llenando las alforjas (cada vez qe se muere un elefante hay una esplosión, para que no digan que hay pocas esplosiones).



VIENE LA PARTE CENTRAL: Que llega, barbado, sucio y con los músculos brillantes del sudor, después de cruzar la selva y haber juntado tres mil kilolitros de marfil, a Sudáfrica. Y lo ve venir Gudrun, una sudafricana que, apenas lo ve le ofrece sexo. Parte de sexo, incluso una parte en la que él agarra y usa el marfil para lubricarla y que quedará en los anales del cine (justamente). Y la mina, que es experta en elefantes y lucha por su conservación (pero que luego de conocer a JC cambia radicalmente de opinión, llegando a ofrecerse ella misma para exterminarlos) agarra y agarra y le dice que para completar la misión, lo mejor es enfrentarse al “General Dumbo”: Un elefante legendario, de trescientos años de edad, color azul petróleo y de varios pisos de altura, que contiene tanto marfil en su interior que no sólo se le podría pagar al FMI (Nota: Que al final así se llama) sino que hasta se les podría comprar la sede y poner un club barrial con mesa de ping pong y venta de fernet. Pero, ¡cuidado! Este viejo cetáceo (Nota: Averiguar si los elefantes son cetáceos), además de poderoso y enorme, es artero y mezquino como un catalán. Sintiendo la quemante llamarada de un desafío de verdad en las entrañas, Juan Carlos agarra y apenas se toma tiempo para satisfacer sesenta, ochenta, ciento veinte veces a Gudrun (que termina en un psiquiátrico) y luego agarra y agarra y parte raudo, untándose el puño con manteca y marfil.



VIENE LA PARTE QUE UY UY UY MIRÁ ESTA PARTE UY UY UY QUÉ PARTE: Han pasado treinta años. Juan Carlos está sediento (hace quince años que no toma una gota de agua, calmando su sed apenas con su petaca de grappa), agotado y loco, carcomido por la obsesión. Empieza a creer que “El general Dumbo” no es más que una leyenda, o –peor- que tal vez haya muerto de viejo. Ya ha olvidado los destinos de Hespaña, el de su hija y el tendal de hembras que lo añoran en las cinco partes del globo. Entonces cae, por primera vez en su vida, de rodillas. Hundido por el peso del desaliento. Y cuando su travesía parece haber terminado en un abismo vacío, siente un mugido cínico frente a él. Y lo ve. Y la mirada que el anciano e increíblemente astuto General Dumbo le devuelve es una mirada que no tiene nada de inocente. Una mirada donde la malicia se derrama al son de la perversidad. Una mirada que también es cómplice: una mirada que expresa “Sí, me he cansado de jugar al escondite contigo. Pero tú también estás cansado. Viejo y cansado. Yo no seré más que un animal simple y salvaje, pero tú has dejado atrás todo tu mundo, a todos los que amas y a todo lo que eras. Sólo quedamos tú y yo, y un mundo devastado detrás nuestro. ¿Qué vas a hacer al respecto?”. Y Juan Carlos comprende, y también lo mira. Pero en su mirada no hay el significado presente en la del general Dumbo. Es simplemente una mirada, porque a Juan Carlos con esas mariconadas de expresar cosas con la mirada no le vengan, a él lo educaron de otra manera, a mí dejame de joder. Y como mucho dice, pero no con la mirada sino con las aletas de la nariz: “Así que tú no eres más que un animal simple y salvaje. Muy bien, lo que no sabes es que yo soy diez veces más animal, cien veces más simple, y sobre todo mil veces más salvaje” (Nota: Registrar “Mil veces más salvaje” como título para la traducción cambiada del título en castellano)



PARTE MÁS GROSA: Y Juan Carlos agarra y se levanta y agarra y lo mira fijo y agarra y lo contempla en toda su extensión. El General Dumbo, con sus tres siglos y tres décadas de edad, no ha parado nunca de crecer. Se le ve la decrepitud llena de cinismo y amargura en la cara, pero es difícil abarcar su inmensidad (ocupa varias canchas de fútbol) (Nota: Ver cómo se hace, me parece que hay que hacerlo con computadora) sin sentir vértigo. Excepto para un hombre de verdad como Juan Carlos, que agarra y, sabiendo que tiene una oportunidad única, agarra y escupe al piso con desprecio, revolea el puño tipo Curly y lo lanza contra la trompa del saurio. Y ¡zácate!, agarra y lo liquida. Esplosión.



PARTE FINAL: Agarra y en el edificio del FMI están los financistas a punto de matar a la nena, que ya tiene veinticinco años y está re fuerte y con grandes senos. Pero, digna hija de Juan Carlos, no teme, y les dice: “Mi papá los va a matar”. Entonces alguien derriba una puerta. “¡Papi, papi!”, dice la niña. El jefe del FMI sonríe. “Veo que ha decidido cumplir con lo adeudado, Juan Carlos”. Juan Carlos no dice nada, más que nada porque ya me pudrí de escribir cosas para que diga, y agarra y efectivamente paga su deuda: Saca el marfil de su bolsa y se la hace tragar al tipo, hasta que muere ahogado (Nota: Ya me avisaron que el marfil no es así y que no se traga, pero ya está, ya escribí todo el guión así y eso de andar reescribiendo muy muy muy de hombre no me parece). La niña abraza a su padre y salen y el pueblo hespañol los aclama. Juan Carlos y su hija escupen al suelo con desprecio y después él la lleva a tomar un helado. Esplosión. Fin.


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