domingo, 21 de febrero de 2010

¡”Juntos por el Separadito”: Winifred, la Biblioteca!





(Se inicia así la serie de crónicas destinadas a retratar la vida del recién separado, narrada por los objetos que le son regalados para enllenar su nueva locación)


10:30 a.m: Mi nombre es Winifred, y realizo tareas de Asistencia Literaria en Casas, especializada en Almacenamiento, o como se llama comunmente a mi profesión, “Biblioteca”. Trabajo en la residencia de mi Amito, el Sr. D., un reconocido dibujante profesional con quien es un orgullo colaborar, que me acaba de informar que debido a su mudanza me transferirá a la casa de un colega, el no tan reconocido Sr. E. Si bien me embarga la tristeza por separarme de D., confío en su buen criterio y espero con impaciencia conocer a mi nuevo amo.

10:45 a.m: El Amito D. me da más precisiones sobre mi futuro patrón. Se trata de un dibujante que no dibuja demasiado y que hace algo llamado un “weblog humorístico”. La noticia me inquieta levemente y sobre todo me pregunto para qué necesita una biblioteca alguien que se dedica a esa, llamémosle así, “ocupación”. Pero de nuevo, D. nunca me traicionaría.

02:22 p.m: Llega E. No puedo decir que me impresione demasiado el aspecto del nuevo Amito. Comprendo sin embargo el gesto del Amito D., movido exclusivamente por la compasión ya que el nuevo Amo da algo de lástima, y no sólo eso, ¡qué bien que lo hace! De no ser por algunos aspectos inherentes al hecho mismo de dar lástima, su técnica me provocaría admiración.

02:45 p.m: El nuevo Amito no parece excesivamente apurado por llevarme. Algo me dice que esta falta de ansiedad tiene que ver con el acto inevitable de cargarme y realizar un esfuerzo físico. En lugar de ello se dedica a hablar de bueyes perdidos con el Amito D. y L., el editor de una reconocida revista de narraciones gráficas que se encuentra de visita. Por fi el Amito D. sugiere poner manos a la obra; después de todo se está mudando, cosa que parece pasarle inadvertida a E.

02:50 p.m: El Amito E. y el Sr. L. me cargan y me bajan sin hacer alarde de una excesiva pericia en la tarea. Agradezco a San Jorge el hecho de estar ubicada en un primer piso. En fin, no me quejo. La primera fase ha terminado con éxito y confío que el resto de plan se desarrolle normalmente.

03:12 p.m: ¡Me colocan en el techo de un vehículo que no cuenta con las mínimas condiciones de seguridad, higiene o capacidades técnicas! Escucho -ciertamente indignada- que el nuevo Amito se jacta de estar ahorrándose “como ochenta mangos” por no haber alquilado un flete. Me pregunto si no conlleva una auto-contradicción el jactarse de ser un miserable. En cualquier caso echo una mirada suplicante al Amito D., a ver si se apiada de mí y me lleva consigo a su nuevo hogar. Lamentablemente, si esto es un campeonato de lástima estoy compitiendo contra un peso pesado; llevo las de perder. Sólo espero que esta humillante escena no llegue a oídos de la muchachada del Club “Inerte” (el centro de reuniones donde los objetos inanimados nos juntamos cuando nadie nos ve).

04:15 p.m: Las cosas van de mal en peor. Mi viejo Amito, su visitante y el nuevo Amito pasan alrededor de una hora por reloj tratando de atarme al techo, algo que a cualquier profesional de la mudanza le llevaría unos cinco minutos, con la ayuda de unos cablecitos encontrados al fondo de una bolsa. No sólo me preocupa la ineficiencia en la tarea sino sus resultados finales. Me despido de este mundo con resignación. Estoy convencida de que a la primera curva terminaré estampada contra el adoquinado. Con su agudeza habitual, el Amito D. elogia la proactividad y capacidades de organización de L., y comenta “por algo él es un editor y nosotros sólo dibujantes”. Debo decir que las profesiones de los tres se ven reflejadas en el reparto de tareas: L. el editor planifica, trabaja y produce, D. el reconocido dibujante y obrero del lápiz corta cables, ata y sigue las indicaciones de L. con gran empeÑo, y E., el “escritor de weblogs”, es decir, nada, se limita a observar y acoger con gran entusiasmo y apoyo moral las acciones de los otros dos. No, no veo mi futuro con gran algazara.

04:20 p.m: Al alegre trío se le acaban los cables. Y todavía falta seguir atándome (me siento como la protagonista de un folletín del siglo 19). Por un momento “escucho” dentro de mí que alguno de ellos dice “no, mirá, asi no va, se suspende todo, vamos a llevar la biblioteca arriba de nuevo”. En lugar de eso, consideran que el cable faltante se puede reemplazar con largas tiras de cinta de embalaje retorcidas. Pronostico catástrofe inminente.

04:25 p.m: Estoy atada muy precariamente, arriba de un automóvil a punto de hacerse pedazos que va a ser conducido por un inútil. ¿Puede pasarme algo peor? Como respondiendo a mi queja retórica, el Amito D. -a quien en este momento detesto con toda mi alma- coloca adentro de mi cavidad a Tchang, la mesa de plástico. Sí, mi nuevo amito no tuvo el menor reparo en sablear también una mesa de plástico, así, como al pasar, como si estuviera en un mercado y llenara el changuito; hay que reconocer que no es tímido para el mangazo. En una novela picaresca, tal vez sería el héroe y un personaje gracioso y entraÑable. Lamentablemente habito una Tragedia. Y otra cosa, nunca me cayó bien Tchang, ni sus costumbres poco higiénicas ni su aliento a bambú hervido.

04:34 p.m: El nuevo Amito descubre que no puede entrar al auto. Además de atarme a mí, el trío Catrasca ha atado firmemente las cuatro puertas de este Carro del Averno. Al descubrirlo, ríen y hacen comentarios risueÑos y ese tipo de cosas. Bueno, supongo que la escena debe ser hilarante para quien no esté atado arriba de un auto.

04:39 p.m: El Amito E. entra al auto por la ventana, lanzándose de cabeza. En el transcurso de su maniobra y como si no tuviera material suficiente para adornar mis futuras pesadillas, obtengo un inolvidable primer plano de la raya de su culo.

04:42 p.m: Está todo dispuesto para iniciar mi nueva y miserable existencia, y como no podía ser de otro modo, se larga a llover. Desde luego no le echo la culpa al nuevo Amito por la lluvia. Eso sería ser poco racional. Aunque, claro, no la estaría sufriendo si no hubieran perdido tanto tiempo en mis ataduras, si no se hubieran quedado hablando de fruslerías en la calle durante veinte minutos o si se hubieran molestado en leer el pronóstico meteorológico o, qué se yo, mirar el cielo. Pero no le echo la culpa. Sólo digo lo que me parece, nada más.

04:43 p.m: El auto arranca. Quisiera preguntarle al vehículo si cree que llegaremos en buenas condiciones, pero no conozco su idioma. Como todos sabemos, un auto será cualquier cosa menos un objeto inanimado.

05:12 p.m: Además de cuidar mucho su economía personal, el nuevo Amito parece ser prudente en todos los aspectos y va a 10 por hora, por lo que mi suplicio se estira al máximo posible. Cada tanto saca la mano por la ventanilla y me palpa. Supuestamente para ver si todavía estoy allí. “Ahorrativo”, “prudente”, físicamente cariÑoso… El desfile de virtudes del nuevo Amito me llena de expectativas.

05:23 p.m: Milagrosamente no me he caído, no he escorado, no me he deshecho en astillas ni he protagonizado ningún episodio humillante con el coche parado en medio del tránsito, bocinazos y policías. El viaje se desarrolló normalmente y ahora estoy en mi nuevo hogar, rodeada de otros objetos usados, recolectados gracias a la “lástima del separadito”. En fin, la cosa termina con una nota positiva porque el Amito E. será lo que será (y es bastante) pero haciendo la ecuación prepaativos/resultados, es evidente que tiene un Dios aparte. Y eso no está nada mal, porque entre la Capacidad y la Suerte ya sabemos qué conviene elegir.


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