lunes, 5 de septiembre de 2011

¡El Abominable Experimento del Dr. Heiffefr!


El Dr. Hanszs Heiffefr esboza una malévola sonrisa. Su nuevo experimento con cobayos humanos está dando resultado. Desde que el Centro Wiesenthal descubrió su escondrijo en el corazón de la selva ecuatoriana –obligándolo a incendiar su laboratorio para no dejar rastros, y a enterrar vivos sus horrorosos injertos de humanos con utensilios de limpieza- su vida había sido una zozobra constante, ocultándose en los arrabales más inmundos de diversas metrópolis del Tercer Mundo.



Ahora, la ayuda del Conciliábulo de Sigfrid (una organización secreta apoyada por poderosos capitalistas dementes, que impulsa la purificación de la raza humana “a través de todos los medios existentes”) había llegado, depositándole jugosos fondos en su cuenta apócrifa. Y no podía perder el tiempo: la Enfermedad de Heiffefr, que se inoculó a sí mismo impulsado irracionalmente por el SAEH (Síndrome de Abstinencia de Experimentación con Humanos) avanzaba a toda velocidad, mutándolo genéticamente en negro. Cuando el proceso estuviera completo (ya estaba empezando a disfrutar del conjunto “Public Enemy”), la úica salida honorable sería el suicidio.



Por lo que se lanzó de lleno a su último proyecto: la alteración quirúrgica de funciones cerebrales muy muy muy específicas. Si terminaba la Fase 1 antes de morir, estaría satisfecho.



No era obstáculo desde luego que la especialidad del Dr. Heiffefr no fuera la neurocirugía (sí en cambio los litigios sobre accidentes de tránsito, ya que era doctor en abogacía), o que no contara en absoluto con el instrumental adecuado. Al Dr. Heiffefr le bastaba saberse miembro de la raza superior para lograr sus objetivos, cayera quien cayese en el intento. Y así, tras 12.366 experimentos fallidos, había logrado el éxito en los últimos 500 especímenes que la Fuerza de Choque del Conciliábulo trajera a su galpón en el barriode Barracas, ciudad de Buenos Aires.



La operación –realizada con tenedores de plástico, espirales de cuaderno y sacabocados de artesano hippie- había resultado sencilla, una vez que se encontraba el “cómo” a través del ensayo y error. Consistía en el hallazgo y posterior destrucción de la zona del cerebro que controla la interacción de los seres humanos con los cajeros automáticos. El procedimiento transformaba a las víctimas en bestias inferiores sin capacidad de discernimiento, ni criterio ni capacidad intelectual alguna, especialmente a la hora de encontrarse con estos aparatos. Solo liberando a la calle a estos monstruos, el Dr. Heiffhefr lograría uno de los objetivos base del Conciliábulo: sembrar el caos y destruir los nervios y la paciencia de los honrados ciudadanos que esperan para retirar su dinero, sangre y motor a la vez de la Sociedad Moderna.



Ahora el Doctor afloja una a una las correas que sujetan a su pequeño ejército de Golems de carne (aunque se estremece al pensar en los paralelos de su creación con esta bestia mítica de origen hebreo), y les ordena “¡Ahora salgan, y destruyan mediante la lentitud y la inoperancia el funcionamiento de esta sociedad decadente!”



Entonces, lo inesperado: ¡Uno de los experimentos humanos, confundido y fuera de control, se lanza sobre el perverso científico! Éste le ordena “¡Suéltame, abominación! ¡Soy tu Dios!”, pero el solo esfuerzo de decir la complicada palabra “abominación” pulveriza las mermadas energías del anciano. Y el Golem del Cajero Automático, encarnado en el cuerpo de una señora de sesenta años de clase media y de expresión estólida, oprime la garganta del buen doctor hasta arrancarle el último aliento.



Así es el fin del Dr. Hansz Heiffhefr, doctor en abogacía y creador de innombrables experimentos. ¿Acaso entonces tiene la humanidad una esperanza?



¡No! Las bestias, dueñas de una fuerza sobrehumana, destrozan el galpón a manotazos, ganan la calle y se dispersan por toda la ciudad.



Ahora, movidas por una fuerza extraña e inefable, que a duras penas podríamos llamar “voluntad”, las criaturas se introducen en miles de prestigiosas entidades bancarias, e intentan realizar operaciones de Banelco y/u otras. Y es el Caos. No saben cómo hacerlo. No saben. No les sale. No entienden. Largas filas de hombres y mujeres normales se forman detrás de ellas, sufriendo pequeños ACV ante la irritante estupidez bancaria de los Golems.



Los monstruos aprietan los botoncitos del cajero como si tocaran el acordeón, van para adelante y para atrás, lanzan salivosas expresiones de pasmo, le hacen consultas improcedentes al guardia. En ningún momento retiran dinero, sino que hacen cosas innecesarias como consultar su saldo o CBUs de sí mismos u otras personas u objetos u Ovnis, o no se acuerdan la clave. También “pagan cosas” a través del cajero, cosa que debería estar prohibida por la Convención de Ginebra (¡eso se puede hacer en el rapipago, señor!), tardan y se equivocan y quieren anular la operación, y llaman al guardia -abrazándose al cajero para que nadie se lo quite- pidiéndole ayuda, y el guardia es tal vez también un Golem disfrazado y tarda, y llama a un bancario que también es un Golem disfrazado que tarda.



Y tardan y son enanos o ancianos, y tienen perros ciegos que meten irreglamentariamente en el banco, y tardan y la cola cada vez es más larga y vos tenés que sacar plata para llegar a tu puto trabajo y los Golems de mierda tardan y se rascan cabeza y profieren sonidos inarticulados y tardan. Y cuando la bestia en cuestión desiste o se desploma, muerta de rabia y estupidez, le toca a otro que está adelante tuyo. ¡Y resulta que también es un Golem y hace cosas raras y se le “queda” la tarjeta y tarda y llama al guardia y tarda y aprieta los botoncitos al azar y tarda y así y así y así, hasta que algo –el tenue hilo de plata que te ataba a la Civilización- se quiebra en tu interior, y salís a matar gente!



La escena se repite en toda la ciudad y el baño de sangre es inminente. En alguna dimensión oscura e inerte, “algo” del Dr. Heiffhefr lanza una carcajada. Que Dios se apiade de nosotros.



(Escrito tras esperar unos veinticinco minutos en un cajero automático tras tres especímenes de esta calaña)


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