lunes, 19 de septiembre de 2011

Coso 92: The Arm


El más reciente orgullo de Janet era su vistosa birome de tinta azul, que había encontrado en una tienda de baratijas de segunda mano. En su mitad superior contenía un pequeño receptáculo con agua, donde se veía una escena portuaria. Un pequeño barquito bidimensional se encontraba en primer plano, y cuando Janet ponía el bolígrafo patas para arriba, el barquito se deslizaba graciosamente. El día que lo llevó a la Oficina Municipal de Patentes Automovilísticas, por primera vez se había convertido en el centro de atención de sus compañeros de labor.



Por eso no estaba dispuesta a permitir que los visitantes -gente grosera y ansiosa, apurada para que Janet solucionara sus problemas burocráticos- se lo “llevasen distraídamente”, como solía ocurrir con las biromes que se ofrecían para llenar formularios. La solución vino en la forma de una pequeña sopapa a la que estaba adosado un cable espiralado, cuyo extremo se conectaba a la birome (al que en un rapto de poesía no habitual en ella, llamó “El Brazo”), dispositivo adquirido en una extraña tienda de artículos de oficina de la zona.



La efectividad de El Brazo, sumada a cierto perfil obsesivo de Janet -todos recordaban aquella vez en que había terminado en el hospital, por no soltar el bolso que dos delincuentes habìan intentado arrebatarle, en el que Janet no llevaba más de diez dólares- despertó en ella una suerte de fanatismo por la propiedad privada que terminaría mal; a las pocas semanas, todos sus objetos personales -su tazón para el café, su cartera, su celular y hasta el táper donde llevaba su almuerzo- estaban sostenidos por diferentes “Brazos” que Janet había adquirido; y las sopapitas que los aseguraban, pegadas gracias a la magia del Vacío Hidráulico al propio cuerpo de Janet. El Sr. García, jefe de sección, estaba seguro de que su empleada menos favorita estaba violando algún tipo de “dress code”, pero no logró determinar cuál era, a pesar de revisar de arriba a abajo el Manual de Ética del Empleado.



Dos meses después, Janet volvió a ser atacada por un par de delincuentes callejeros, que terminaron arrancándole todos sus “Brazos” y empujándola contra una reja, y despojándola de su querida birome. Janet, llorando, juró que esto no volvería a ocurrirle.



Tras cuatro días de ausencia sin aviso el Sr. García se vio obligado a visitar la casa de Janet. Tocó el timbre, deseando que ella no le atendiera.



“No se preocupe por mí, Sr. García”, dijo Janet con voz mecánica. “Por primera vez me siento a salvo. Gracias a El Brazo, nadie me atacará, ni me arrebatará, ni me hará daño. El Brazo no permitirá que me quiten del lugar al que pertenzco. El Brazo cuidará de mí y de todas mis Posesiones.”



El Sr. García intentó no tambalear, pero ver a Janet, completamente desnuda, con ese inmenso cable espiralado de fabricación casera, injertado bajo la piel de su espalda, y una sopapa que parecía estar hecha de algún tipo de material orgánico (pequeñas venas asomaban bajo su superficie traslúcida, y el Sr. García hubiera podido jurar que RESPIRABA) adosada firmemente a la pared del fondo, y centenares de “Brazos” asegurando la totalidad de los objetos de Janet -desde su sofá cama hasta la más insignificante cucharita-, conformando una maraña de cables entrecruzados e interconectados mediante sopapitas de distintos colores y tamaños, incluyendo “Brazos” que sostenían otros cables, cuyas sopapitas a su vez se pegoteaban a otras sopapitas, como si se tratara de una pesadillesca orgía umbilical, resultó demasiado para su rudimentaria mente oficinesca. El Sr. García soltó una carcajada demencial y luego se retiró, trastabillando, apenas escapando a un “Brazo” que intentaba insertarse lascivamente bajo su ropa.



Siendo como era un hombre decente y sociable, aún hoy es visitado por acongojados familiares en la Clínica Miskatonic para los Irreversiblemente Catatónicos. Su piquiatra dice que ha hecho grandes progresos en su capacidad de comunicación: Hoy, por ejemplo, dejó escapar un sonido inarticulado, algo parecido a un reprimido grito de horror.



(Fragmento de “The Arm”, película de horror nortemaericana, adaptada de la película japonesa “Kenzaburi No Aramo”)


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