martes, 20 de mayo de 2014

La lección de Paco, el Burrote


Se podría decir que la historieta tuvo sus años ’60 durante la década del ’80: Una enloquecida fiebre de vanguardismo, experimentación y obsesión por quebrar barreras estéticas junto a la cual las obras de Warhol –o de su hermana perdida, Marta Minujín- podrían pasar por cuadros de barquitos para decorar cuartos de hotel.



En España, donde publicaciones como Tótem, Comix Internacional, 1984, El Víbora y la edición ibérica de Metal Hurlant difundían las obras de Moebius, Joost Swarte y Dick Matena, reinaba el posmodernismo. Los autores del momento prácticamente no concebían una historieta que no hiciera referencia cultural a una obra preexistente o que no jugara con las convenciones del género. Aquel que no dibujaba una historia de agentes secretos retrofuturistas en el estilo de la línea clara de los 40, narraba herméticos relatos mudos o ilustraba con montajes fotográficos sus visiones de LSD. Todo contenía ironía, referencialidad y doble lectura y era extremadamente confuso.



En este contexto el crítico Jordi Courreilles estaba en el pináculo de su carrera gracias a los sesudos artículos que publicaba en el suplemento cultural de La Vanguardia. Entre sus descubrimientos figuraba el universo referencial de Daniel Torres y los estilos, también llenos de referencias culturales, de dibujantes como Gallardo y Max. “Max toma en sus manos los mundos sexual y polìticamente reprimidos de Hergé y James M. Barrie y los transforma, merced a la alquimia de su pincel, en una galaxia nueva basada en el sexo, la violencia y sobre todo la multirreferencialidad, donde caben tanto Elvis Presley como Conan el Bárbaro”, decía, sin atragantarse, acerca del muy ochentoso cómic Peter Pank. Leyendo El Niñato, la obra de Gallardo y Mediavilla, se relamía de este modo: “Gallardo y Mediavilla toman los universos de Popeye, Robert Crumb y Francisco Ibáñez y a través de la violencia y la referencialidad múltiple los convierten en una experiencia completamente diferente”.



Algunos autores se quejaban de que ya no había forma de tener cierta repercusión a menos que uno hiciera una referencia a algo o rompiera con algún código establecido. Resentido con el crítico, un dibujante bastante conocido le envió a Courreilles un pequeño libro que recopilaba las historietas de Paco el Burrote, del gallego Manuel Sánchez, acompañado de una carta que dedía “Fíjate Jordi, qué vanguardista es este tío.”



El análisis de la obra de Sánchez lo desquició por completo. Al principio creyó no entenderla. Luego, supuso que las chabacanas humoradas de Paco el Burrote estaban escritas “irónicamente”. Pero por fin, estudiando la obra en más profundidad (lo que, según cuentan sus familiares cercanos, empezó a ocupar cada vez más tiempo de su jornada diaria), estalló de entusiasmo. Transcribimos un fragmento de la crítica que Courreilles intentó enviar a La Vanguardia:



“Paco el Burrote, a diferencia de otros tebeos modernos, no juega con la referencialidad de obras ajenas. El inmenso Sánchez, al hacer por ejemplo ese chiste aparentemente burdo donde Paco se tira un pedo y su novia se desmaya, está realizando una referencia a su propia historieta, y la hace, además, simultáneamente a la historieta que está transcurriendo en ese momento. Esta es la genialidad del autor manchego.”



El éxtasis de Courreilles no terminaba con ese hallazgo: “Porque además Sánchez –según la exhaustiva lectura que estoy haciendo- también es capaz de hacer referencia a esa primera referencia, detectable también al mismo tiempo y exactamente en el mismo lugar físico que la primera. Sólo que otra. Y esto no se termina ahí: Desde que he empezado a analizar –sin prisa pero sin pausa- a Paco el Burrote, ya he detectado 12.678 referencias superpuestas a las otras referencias, todas todas todas incluidas en la primera página del libro. De hecho me gustaría poder seguir leyéndolo, pero me temo que no puedo, hasta no llegar a la última capa de autorreferencialidad de la primera secuencia, una tarea que se me está haciendo cuesta arriba.” Y agregaba, con angustia: “También me gustaría parar de encontrar referencias para hablar con mis hijos. O dormir. O comer.”



El artículo llegó a ocupar unas 3.800 páginas, lo que explica que nunca fuera publicado en el periódico. Un párrafo de la página 3.230 da algún indicio de la fuerza que llevó a Courreilles al manicomio: “Me asalta la duda de si Sánchez en realidad no está haciendo ninguna autorreferencialidad, sino lisa y llanamente ua historieta, pero para un hombre en mi posición esa idea resulta incomprensible y aterradora.”


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Yo contra Ponete de Perfil!



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lunes, 12 de mayo de 2014

Mandel, el opositor universal


Tradicionalmente se ha dicho que el humor político debe ser un humor de oposición: El humor siempre ha sido una herramienta crítica contra los gobernantes de turno. Sin embargo, como bien señaló alguna vez Alejandro Dolina, es posible hacer “humor político oficialista”, lanzando pullas contra la oposición. Pero pocos humoristas debieron ejercitarse en estos mecanismos como Aaron Mandelbaum (más conocido como “Mandel”), el creador de la celebrada tira norteamericana “Really!” (“¡Realmente!”).



Corría el año 1977 y algunos vientos de cambio se percibían en la política estadounidense, cuando el demócrata Jimmy Carter fue electo rompiendo más de una década de hegemonía republicana, incluyendo los infames tiempos de Richard Nixon. Carter intentó desde su gobierno luchar por los Derechos Humanos, lo que despertó grandes simpatías entre el progresismo yanqui.



Mandel ya había logrado cierto éxito con su tira, protagonizada por un ex-profesor de física devenido en heroinómano llamado Willliam W. Really, desde donde lanzaba sarcásticos dardos contra el establishment, y no fue la excepción: En su historieta comenzó a criticar a los sectores de derecha que rechazaban la política de derechos humanos de Carter (a lo largo de toda una serie donde el drogadicto Really estaba convencido de que un boy scout quería torturarlo). Mandel incluso fue invitado a la Casa Blanca y sus fotos junto al Presidente recorrieron los principales medios.



Esto le valió la crítica del humorista Al Capp, conocido por sus posiciones de derecha, que advirtió sobre los peligros de coquetear con el Poder. La crítica de Capp hizo reflexionar a Mandel, y decidió no ahorrarse “palos” contra el gobierno demócrata, ahora atacando duramente la ineficiencia económica de la administración Carter.



Ante este vuelco, el humorista Garry Trudeau escribió una carta pública donde acusaba a Mandel de “recalcitrante” y de haberse vendido al Partido Republicano. Mandel reaccionó volviendo a criticar a la oposición, cuidando al mismo tiempo de no dejar de criticar a Carter, pero fue inútil: simpatizantes de ambos partidos acusaron a Mandel de “no querer comprometerse políticamente”. Para demostrar lo contrario, Mandel decidió afiliarse al izquierdista Labour Party y a bajar línea política (muchas veces transcripta literalmente de la plataforma del partido) desde su tira. Fue entonces que varios sobrevivientes del movimiento Underground, con Robert Crumb a la cabeza, criticaron a Mandel por haber caído en “la trampa de los partidos políticos”.



Mandel entró en una profunda crisis personal y espiritual. Su tira se volvía cada vez más oscura y nihilista, hasta que “Los odio a todos por igual”, aplicado a partidos políticos, movimientos sociales, empresarios, deportistas, artistas y colegas se convirtió en el lema de la serie. Entonces fue que varios intelectuales y referentes del cómic (de toido el espectro político) acordaron en que Mandel ya no era el de antes, y que criticar a todo el mundo era lo mismo que no criticar nada; el periódico de izquierda East Village Other publicó un dibujo de “Really!” en la tapa, explicando que la falta de mensaje de la tira demostraba el origen pequeño-burgués del autor y su absoluta falta de contenido ideológico.



Lo que nadie entendía era que el joven humorista padecía de una atroz dependencia afectiva patológica. El menor desacuerdo con sus seres queridos lo sumía en terribles depresiones. A través de su profesión había logrado canalizar este padecimiento, utilizando feroces críticas contra determinados sectores para ganarse el aplauso de sus opositores; así, la confrontación era en realidad un medio para sentirse querido, admirado y sobre todo aprobado (un método en realidad más frecuente de lo que parece).



Sin embargo, esta vez sus ataques indiscriminados contra el resto del Universo sólo le valieron el odio y el rechazo este mismo Universo al que él insultaba (¡Algo completamente inesperado!). Con su ego hecho trizas por la desaprobación universal, completamente desorientado, sin saber si ponerse de éste lado u otro y totalmente huérfano de aliados, convirtió su tira en un vehículo de autodegradación. Ahora los gags de “Really!” iban dirigidos contra sí mismo, revelando al mundo sus peores miserias y debilidades.



Lamentablemente este recurso fue duramente criticado por su psiquiatra, quien le recriminó con disgusto que su tratamiento parecía haber retrocedido años y años. Esto fue demasiado para Mandel, que decidió abandonar el dibujo y dedicarse, sorpresivamente y sin ningún tipo de experiencia previa, al boxeo (¿). Poco se sabe de la carrera boxística de Mandel, excepto que cuenta con un 100 % de derrotas por K.O., récord poco feliz pero que lo ha convertido en uno de los boxeadores más queridos por sus contrincantes.


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lunes, 28 de abril de 2014

¡Demuestran que el Socialismo se encuentra dentro de todos nosotros en estado latente y sólo necesitamos que alguien nos obligue a implementarlo!


Existe en el humano una especie de “Sentimiento Socialista de la Lástima”. Como todas las cosas que no cuestan dinero, la Lástima es una de esas actividades donde la gente es capaz de sostener un criterio de reparto justo y razonable, dando a cada quien lo suyo, surcando su frente de diez mil arrugas ante desgracias irreparables y bajando gradualmente la cantidad de las mismas a medida que la desgracia parece implicar un previo estado de bienestar pequeño burgués al parecer inmerecido, culminando en un indiferente encogimiento de hombros en los puntos más opuestos del gradiente.



Por eso es que la gente te entrega palabras de aliento y palmadas de simpatía si les contás que se te murió alguien y, en cambio, reacciona casi festivamente (en el sentido amplio de la palabra “casi”), lanzando unas carcajadas ácidas e involuntarias y bastante desagradables si les contás -con gran congoja de tu parte- que perdiste las llaves del auto; es eso o mi prójimo ya ha decidido no disimular cuánto me odia.


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jueves, 24 de abril de 2014

¡Determinan que libro no es un libro!


Me quiero comprar este libro.



464 páginas de Landrú, el humorista argentino que más me ha hecho reir; contiene -digo yo- cientos de dibujos y escritos con sus personajes; un libro, además, de gran importancia histórica debido a las diversas intervenciones de “Tía Vicenta” en los medios y la política argentina. En fin, un “must”, muchachos, un “must”.



El primer problema es el precio. $690. Seguramente tengo una falla en la percepción de lo que debe salir o no debe salir un libro, seguramente todo está más caro de lo que creo y es cierto que hoy un billete de 100 es como caquita (aunque siento que me arrancan un trozo de riñón cada vez que me desprendo de uno). Pero, ¡690! Para mí es una cifra que se acerca más a lo que tiene que salir un electrodoméstico que un libro.



Y no es una exageración: algunos electrodomésticos son más baratos. Por ejemplo, una tostadora, o una pava eléctrica. Creo que podría comprarme tres o cuatro de esos ítems con un Landrú. Y el electrodoméstico tiene cables, lucecitas, microchips, cosas caras. ¿El Landrú tiene microchip? No, no tiene. ¡Jaque mate, flaco! ¡No me cobres cosa sin microchip como dos o tres veces algo que tiene! ¡Es lo único que te pido!



El segundo problema es el tamaño, que claro, acá en la fotito no se nota, pero es grande. Me refiero a grande de grande grande, grande de que no podés dudar si está entre “mediano” o “grande”, no, es grande a simple vista, es un flor de pedazote de cacho de libro. No es un “ladrillo” sino varios.



Es grande, gordo e incómodo, es un libro que te invita a dejarlo en la biblioteca, que se ve re lindo, no a llevártelo a la cama o al baño. Ahí en el aviso te lo ponen, así casi al pasar, medio traicioneramente: ¡Pesa 2.500 gramos! ¡Dos kilos y medio! Ya que te lo pongan ahí, yo digo que tipo advertencia es para preocuparse, como si el librero se quisiera sacar la responsabilidad de vendértelo y que después necesites un flete. También dice “encuadernación rústica”. No me quiero imaginar lo que pesaría el tapa dura.



No me imagino cargando esa bestialidad para leer en el colectivo (si es que yo tuviera la peregrina idea de viajar en colectivo. Pero ese es otro tema), o yendo a un bar con el Landrú bajo el brazo, o sea, no creo que lo pudiera llevar, técnicamente, “bajo el brazo”. No creo que la presión del brazo contra las costillas que soy capaz de hacer fuera suficiente para mantenerlo en su lugar. No, es un libro que lo tenés que ocupar con las dos manos o un carrito. Es ese tipo de libro, tipo libro de arte, grande.



Y acá está la parte más preocupante del asunto ¿Puede, un libro que supera ciertas dimensiones, llamarse “libro”? Por ejemplo, cuando una pelota de ping pong tiene el tamaño de una número cinco, yo creo que ya no es una pelota de ping pong. Es una número cinco, o una bola de cristal, o un plafond esférico para alumbrar el jardín. ¿Un clavo de un metro de largo es un clavo o es un florete? Un anillo de un metro de diámetro no es un anillo, es un hula-hula, y una gomita elástica grande no es una gomita, sino una cámara de auto. Bueno, podemos estar todo el día así.



No, no sé qué es el Landrú. Sé que no es un libro, pero las características del objeto, sumado a su tamaño, lo hacen difícil de recategorizar. No hay cosas rectangulares con miles de hojas gigantes que contienen letritas y dibujos. Lo más adecuado que se me ocurrió es que es una especie de puerta. Pero las puertas no tienen, atrás, otras cientos de puertitas (de una consistencia más meliflua) que tenés que seguir abriendo indefinidamente, salvo en las escenas de algunos dibujos animados.



En fin, no sé lo que es, ya quedamos en que no es un libro, y sé que a pesar de todo, quiero ese Landrú. Escucho ofertas, pero tienen que incluir gastos de transporte, logística y probablemente traumatología. Gracias, espero acá.


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